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El derecho al luto


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14/04/2020


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La vida sólo nos es posible gracias a cierto olvido de la muerte. De tener siempre presente aquel “blanco día”, que a todos nos espera, nos sería imposible sumergirnos en la vanidad de nuestras ambiciones mundanas, gracias a las cuales vivimos. Pero hoy, a ninguna mirada honesta y audaz puede escapársele, hemos optado por obviar a toda costa nuestra mortalidad. La humanidad, hastiada de sí, pretende de tal manera claudicar de su heroica condición.





Nos une a todo otro ser viviente el hecho de que, como ellos, hemos de morir. Pero el ser humano no es un animal más: él es el único animal consciente de su propia condición mortal. Tal es la radical novedad que representa el hombre en la naturaleza. Y es a través de ese sufrimiento específico que el ser humano se eleva sobre toda otra criatura viviente.

La vida humana, auténticamente humana, ha de ser capaz de sostener la mirada al sepulcro. Porque el sepulcro nos recuerda que, por más que estemos hechos “a la imagen y semejanza de Dios”, no somos dioses. Y, dado que la muerte es aquello que, por definición, no puede experimentarse en carnes propias, hemos de tomar conciencia de ella a través de los otros. Guardar luto ante la partida de nuestros semejantes es nuestra manera de reconocer nuestra fragilidad y, con ello, nuestra grandeza. La humanidad sólo puede ser grande cuando reconoce y se muestra orgullosa de su fragilidad.

No osaré yo negar que, para poder vivir en este mundo, son necesarias cierta insensibilidad hacia el padecimiento ajeno, cierta dureza de corazón y cierta dosis de ignorancia. No hay duda de que todos nosotros, para poder no ya ser felices, sino simplemente vivir, hemos de sepultar y apartar de la memoria cuanta tragedia nos precede, los innumerables sacrificios que han sido necesarios para que nosotros podamos vivir como vivimos, y también cuanto dolor oprime al mundo en cada hálito que nosotros respiramos. Por más que la muerte la aceche a cada instante, la vida ha de seguir.

Pero no ha de seguir de cualquier manera, y hay una línea muy delgada entre la supervivencia y la frivolidad. No hay persona, país, ni civilización que pueda vivir en constante duelo: también ello supondría un triunfo de la muerte sobre la vida. Pero mayor victoria de aquélla sobre ésta supone el hecho de que seamos incapaces de guardar un mínimo luto a las decenas de miles de compatriotas que nos están abandonando. Por mucho que nos cueste admitirlo, hay momentos en la vida ante los cuales no es digno evadirse, ni ocultarlos, ni olvidarlos; no todo dolor debe evitarse: hay dolores que es necesario soportar.





Ya que no podremos evitar nuestra propia muerte, mostremos al menos un mínimo respeto ante la de aquellos que han hecho posible que vivamos como vivimos. Yo me cuento entre aquellos afortunados que no tienen ningún familiar ni amigo afectado por esta pandemia. Por ello, todos esos fallecimientos son, para mí, anónimos, distantes y, a causa de ello, en cierta medida indiferentes. No hay ningún rostro conocido para mí en esa hecatombe de cadáveres, muchos de los cuales han dejado este mundo sin ninguna clase de consuelo humano ni espiritual.

Pero no por ello quiero tolerar que se me niegue mi derecho al duelo y a la tristeza. No quiero permitir que aquellos benefactores míos, que tan generosamente se ocupan de mi constante bienestar, transmuten ante mis ojos seres humanos en cifras; ni que oculten, con aplausos y canciones, el silencio de los camposantos; ni que con frívolas risotadas pretendan silenciar los justos y debidos lloros.

No. Esta vez no. Tenemos derecho a llorar a nuestros muertos, a que no nos los oculten. Tenemos derecho a dirigir nuestra mirada al sepulcro. Tenemos derecho a intentar, por difícil que resulte en estos tiempos, ser personas humanas.



Etiquetas:   Política   ·   Sociedad   ·   Coronavirus

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