. Inmersos en la
idea de progreso imparable, básicamente promovido por las
nuevas tecnologías para el mercado, a casi nadie se le hubiera
ocurrido pensar que eso se detendría, pero ha sido así. Parece que,
pese al alivio pasajero que procura internet, a la vista de lo que
realmente acontece, el país se ha parado y emprendido el recorrido
de retorno, aunque no precisamente respondiendo a la tesis del eterno
retorno.
Basta
con asomarse a la ventana para observar que las calles están casi
muertas de gentes, acaso algún despistado que camina acelerando el
paso portando un bolsa de plástico o dos o tres más que empujan sin
aliento el carro de la compra. Por lo demás ni hay coches, la
calzada ha quedado vacía cumpliendo órdenes. Así pues, se ha
impuesto la ley del silencio. Por otro lado, aquellas viejas imágenes
de la contaminación ya no existen, el cielo se ha vuelto azul y
trasparente, pero se le nota triste afectado de ausencia. Animando el
paisaje en un intento de darle vida, sí se puede ver a los agentes
de la autoridad repletos de energía, reforzando su presencia con los
destellos de los coches policiales, en plena faena de vigilancia, a
la caza de quien no puede justificar su presencia en la escena.
Cualquiera pudiera pensar, a la vista de este panorama, que el tiempo
se ha parado o, ya imaginando, que camina en sentido contrario o
simplemente que lo de hasta hace unos días era un producto
virtual y ahora toca despertar de aquel sueño.
Lo
que sucede parecen fantasías impropias de la época del consumismo,
de la democracia, de las constituciones y de los derechos y las
libertades, es decir, de todas esas cosas con las que se les llena la
boca a los progresistas. No obstante, ya a ras de calle,
tratando de despertar como de un mal sueño, viene la realidad. Sin
estar blindado por una disculpa creíble —lo de los medicamentos o
hacer la compra, por ejemplo— los agentes de la autoridad,
cumpliendo con las instrucciones del mando, abordan a cualquiera de
forma eficiente, le exigen la documentación acreditativa de su
persona, indagan todos los datos referidos a su existencia, incluso
se adentran al detalle en ella tratando de desvelar pensamientos y
creencias; al final resulta que todo era porque no se podía salir a
la calle, puesto que rige el toque de queda permanente. Luego,
cumpliendo con su obligación, sancionan por violar la reclusión
y sin más contemplaciones, si el afectado se muestra tolerante y no
siente la tentación de ser contestatario, le escoltan hasta su lugar
de confinamiento con severas advertencias sobre la cuarentena, todo
ello como si miraran por la salud colectiva más que por el principio
autoridad. En otro caso, la desobediencia se paga con la
detención a la espera de responder del delito.
Resulta
que todo este panorama —que recuerda las viejas libertades y
la apacible paz de los años 60— es el resultado de haberse
dictado un bando que, entre otras medidas más o menos
llamativas, viene a decir que se prohíbe salir del hogar
—aunque se contempla, entre otras, la excepción del que tenga que
sacar a pasear al perro—. Quien disponga de dos casas, solo
puede permanecer en la primera, no vale lo de escaparse a la segunda
residencia —para garantizar su cumplimiento los contadores de
agua y luz inteligentes ejercerán de vigilantes —. Hay que
circular de uno en uno, guardando la distancia que marcan las
leyes. Se ha prohibido trabajar,
no obstante se va a cobrar igual, sin temor a la quiebra
acecha por todas partes e incluso al más alto nivel. Hay que hacer
la compra conforme a la lista de alimentos autorizada por la
autoridad, no vale disculparse adquiriendo cualquier antojo. Debe
hacerse cola manteniendo la debida separación entre uno y otro;
después, conformarse con lo que hubiere en las estanterías,
aunque puede ser que no haya nada por la escasez
temporal. Se dice que además están o estarán en vigor otras
medidas complementarias de carácter obligatorio, tales como
ponerse mascarilla, someterte a tests, proveerse del carnet de
inmunizado, ser objeto de geolocalización permanente, los viejos
deben ceder el respirador a los más jóvenes e incluso se habla de
que te van a encerrar en un arca y muchas más cosas con las que,
cuanto menos, es posible aumentar la tirada de los diarios, porque ya
hay materia para contar, pero no está claro si todo esto y algo más
son verdades o fake news. Lo peor de la situación es que, al estar
bajo control, ya no se puede abrir la boca, porque por ahí ronda
la censura poniendo bozales para no ladrar y evitar que se
alborote el vecindario.
Dedicada
a conectar con la realidad está la televisión, con un amplio
surtido de imágenes de ambulancias, camillas y hospitales, seguida
de ese machaque cotidiano de datos, estadísticas cojas, mascarillas
no homologadas, respiradores que no llegan y oradores que cuentan sus
cosas al que quiera oírlas. Se trata en definitiva de educar
a los videntes en los temas de actualidad e incidir en que la
situación no responde a una marcha atrás, sino que se trata de algo
coyuntural derivado de la pandemia y solo se está a la espera de que
la curva se aplane para volver a la vida. No obstante, el tiempo
pasa demasiado lento y todo sigue igual, el panorama no cambia, y
para acentuar la ansiedad y agravar la depresión de algunos está el
trajín de las noticias permanentes sobre el estado de la epidemia en
todo el mundo. Amenizando la programación, las informaciones se
alternan con bodrios televisivos del pasado cercano y más
lejano, repeticiones y más repeticiones, programas insulsos que,
pese al color, recuerdan al blanco y negro de los 60; aunque quizás
se les encuentre algo aprovechable, porque a veces sirven para
conciliar el sueño.
Al
final de todo esto queda la reflexión. Parece estar claro que
el ambiente del momento remite a los años 60, o quizás más atrás
en lo que se refiere al racionamiento
en ciernes. Es un retroceso sin precedentes que incide en casi
todo. Como entonces, socialmente las personas viven afectadas por la
idea de un futuro gris, sin horizonte. Económicamente, la esperanza
en la naciente industria nacional del turismo de los 60, ahora se ve
peor porque se esfuma por momentos; de lo demás es mejor no hablar.
En el plano político, la cosa es más grave, puesto que, pese a la
constitución y la democracia, con el estado de sitio y la situación
excepcional que se proyecta sine die, el panorama actual se asemeja
demasiado al de aquellos años. Y todo esto a causa de un
microorganismo. Imaginemos por un momento lo que sucedería si se
tratara de algo mucho mas grande, si fuera así, quizás se
retornaría directamente a la Edad Media. En todo caso, seguramente
algún día volverá a pasar por aquí el tren del progreso .
Antonio
Lorca Siero