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"De vuelta a los 60"


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13/04/2020

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A los que sostienen que no se puede viajar hacia atrás en el tiempo, la presente situación parece llevarles la contraria. Inmersos en la idea de progreso imparable, básicamente promovido por las nuevas tecnologías para el mercado, a casi nadie se le hubiera ocurrido pensar que eso se detendría, pero ha sido así. Parece que, pese al alivio pasajero que procura internet, a la vista de lo que realmente acontece, el país se ha parado y emprendido el recorrido de retorno, aunque no precisamente respondiendo a la tesis del eterno retorno.


Basta con asomarse a la ventana para observar que las calles están casi muertas de gentes, acaso algún despistado que camina acelerando el paso portando un bolsa de plástico o dos o tres más que empujan sin aliento el carro de la compra. Por lo demás ni hay coches, la calzada ha quedado vacía cumpliendo órdenes. Así pues, se ha impuesto la ley del silencio. Por otro lado, aquellas viejas imágenes de la contaminación ya no existen, el cielo se ha vuelto azul y trasparente, pero se le nota triste afectado de ausencia. Animando el paisaje en un intento de darle vida, sí se puede ver a los agentes de la autoridad repletos de energía, reforzando su presencia con los destellos de los coches policiales, en plena faena de vigilancia, a la caza de quien no puede justificar su presencia en la escena. Cualquiera pudiera pensar, a la vista de este panorama, que el tiempo se ha parado o, ya imaginando, que camina en sentido contrario o simplemente que lo de hasta hace unos días era un producto virtual y ahora toca despertar de aquel sueño.

Lo que sucede parecen fantasías impropias de la época del consumismo, de la democracia, de las constituciones y de los derechos y las libertades, es decir, de todas esas cosas con las que se les llena la boca a los progresistas. No obstante, ya a ras de calle, tratando de despertar como de un mal sueño, viene la realidad. Sin estar blindado por una disculpa creíble —lo de los medicamentos o hacer la compra, por ejemplo— los agentes de la autoridad, cumpliendo con las instrucciones del mando, abordan a cualquiera de forma eficiente, le exigen la documentación acreditativa de su persona, indagan todos los datos referidos a su existencia, incluso se adentran al detalle en ella tratando de desvelar pensamientos y creencias; al final resulta que todo era porque no se podía salir a la calle, puesto que rige el toque de queda permanente. Luego, cumpliendo con su obligación, sancionan por violar la reclusión y sin más contemplaciones, si el afectado se muestra tolerante y no siente la tentación de ser contestatario, le escoltan hasta su lugar de confinamiento con severas advertencias sobre la cuarentena, todo ello como si miraran por la salud colectiva más que por el principio autoridad. En otro caso, la desobediencia se paga con la detención a la espera de responder del delito.

Resulta que todo este panorama —que recuerda las viejas libertades y la apacible paz de los años 60— es el resultado de haberse dictado un bando que, entre otras medidas más o menos llamativas, viene a decir que se prohíbe salir del hogar —aunque se contempla, entre otras, la excepción del que tenga que sacar a pasear al perro—. Quien disponga de dos casas, solo puede permanecer en la primera, no vale lo de escaparse a la segunda residencia —para garantizar su cumplimiento los contadores de agua y luz inteligentes ejercerán de vigilantes —. Hay que circular de uno en uno, guardando la distancia que marcan las leyes. Se ha prohibido trabajar, no obstante se va a cobrar igual, sin temor a la quiebra acecha por todas partes e incluso al más alto nivel. Hay que hacer la compra conforme a la lista de alimentos autorizada por la autoridad, no vale disculparse adquiriendo cualquier antojo. Debe hacerse cola manteniendo la debida separación entre uno y otro; después, conformarse con lo que hubiere en las estanterías, aunque puede ser que no haya nada por la escasez temporal. Se dice que además están o estarán en vigor otras medidas complementarias de carácter obligatorio, tales como ponerse mascarilla, someterte a tests, proveerse del carnet de inmunizado, ser objeto de geolocalización permanente, los viejos deben ceder el respirador a los más jóvenes e incluso se habla de que te van a encerrar en un arca y muchas más cosas con las que, cuanto menos, es posible aumentar la tirada de los diarios, porque ya hay materia para contar, pero no está claro si todo esto y algo más son verdades o fake news. Lo peor de la situación es que, al estar bajo control, ya no se puede abrir la boca, porque por ahí ronda la censura poniendo bozales para no ladrar y evitar que se alborote el vecindario.

Dedicada a conectar con la realidad está la televisión, con un amplio surtido de imágenes de ambulancias, camillas y hospitales, seguida de ese machaque cotidiano de datos, estadísticas cojas, mascarillas no homologadas, respiradores que no llegan y oradores que cuentan sus cosas al que quiera oírlas. Se trata en definitiva de educar a los videntes en los temas de actualidad e incidir en que la situación no responde a una marcha atrás, sino que se trata de algo coyuntural derivado de la pandemia y solo se está a la espera de que la curva se aplane para volver a la vida. No obstante, el tiempo pasa demasiado lento y todo sigue igual, el panorama no cambia, y para acentuar la ansiedad y agravar la depresión de algunos está el trajín de las noticias permanentes sobre el estado de la epidemia en todo el mundo. Amenizando la programación, las informaciones se alternan con bodrios televisivos del pasado cercano y más lejano, repeticiones y más repeticiones, programas insulsos que, pese al color, recuerdan al blanco y negro de los 60; aunque quizás se les encuentre algo aprovechable, porque a veces sirven para conciliar el sueño.

Al final de todo esto queda la reflexión. Parece estar claro que el ambiente del momento remite a los años 60, o quizás más atrás en lo que se refiere al racionamiento en ciernes. Es un retroceso sin precedentes que incide en casi todo. Como entonces, socialmente las personas viven afectadas por la idea de un futuro gris, sin horizonte. Económicamente, la esperanza en la naciente industria nacional del turismo de los 60, ahora se ve peor porque se esfuma por momentos; de lo demás es mejor no hablar. En el plano político, la cosa es más grave, puesto que, pese a la constitución y la democracia, con el estado de sitio y la situación excepcional que se proyecta sine die, el panorama actual se asemeja demasiado al de aquellos años. Y todo esto a causa de un microorganismo. Imaginemos por un momento lo que sucedería si se tratara de algo mucho mas grande, si fuera así, quizás se retornaría directamente a la Edad Media. En todo caso, seguramente algún día volverá a pasar por aquí el tren del progreso .

Antonio Lorca Siero







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