Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Pandemia   ·   Periodismo   ·   Escritores   ·   Lectores   ·   Crisis Social   ·   Crisis Económica   ·   Coronavirus   ·   Música   ·   Colombia



Cartas desde mi habitación II. Un viaje a través de los libros.


Inicio > Ciudadanía
11/04/2020

142 Visitas



Reparó en esto último uno de los circunstantes, preguntándole juntamente luego por qué llamaba señor al diablo siendo la más vil criatura del mundo. A que respondió tan presto el enfermo diciendo:






-¿Qué pierde el hombre en ser bien criado? ¡Qué sé yo a quién habré de menester ni en qué manos he de dar!





Francisco de Quevedo, Sueños y discursos (Prólogo)









No he leído más en estos días de encierro y aislamiento, por el famoso y temible coronavirus, que en otros en los que gozaba de compañía y libertad de movimientos. Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre aquellos y estos: antes, apenas iniciaba un libro, ya estaba en la librería en busca de otro, o de otros, que iban a ocupar su lugar. Ahora no me puedo permitir esos lujos. No salgo de casa. Llevo días sin pisar la calle. Y ya he sido advertido, por varias personas cercanas, para que ni se me ocurra pedir nada a través de ninguna mensajería. No porque quienes me lo aconsejan tengan un cierto temor por mí, que lo tienen, sino, fundamentalmente, por respeto al sufrido repartidor.





-Van a ir todos al paro -me justifiqué aunque no había pedido ningún libro a nadie, pese a la persistente insistencia de anuncios y mensajes.





-Todos vamos a ir al paro -me respondieron-. Así que ya buscarán soluciones cuando termine esta peste y el confinamiento.





-¿Tú crees? -pregunté escéptico y sin obtener respuesta.





No. No creíamos que esta pandemia fuera a cambiar nada.





Volví a mis viejos libros.





Dio la casualidad, si es que esta existe, que por aquellos días estaba releyendo la Historia, de Heródoto. Por cierto, no sé si la forma correcta es esta o la otra, Herodoto. Las he visto escritas de las dos formas. A mí particularmente, me gusta más la primera, inclinado como soy a las esdrújulas. Me encantan las palabras como Mármara, Tesalónica, la Prepóntide, Calíope, Kinoscéfalos, etc. Así que, aducido todo lo anterior, me quedo con el nombre del historiador acentuado en la primera o.





Una enseñanza que me parece importante, y que se deduce de la lectura de Heródoto, es la importancia de la unión. Si los griegos, o las polis griegas, dado que Grecia no existía como nación, se hubieran unido, seguramente ni Jerjes ni los persas hubiesen llegado tan lejos cuando invadieron Europa, allá por la primavera del 480 a.c. El año sin primavera, como lo califica el historiador. No hubo unión entre los helenos: cada ciudad hizo lo que le vino en gana, o lo que le dictaban sus intereses, sus rencores o sus viejas rencillas. Muchas de ellas, con soldados y dinero, ayudaron al invasor. Predominaba más, sin duda, y de ahí algunas apelaciones de los estrategos griegos, el interés, lo inmediato, que el sentimiento de una misma lengua, unos dioses y unos antepasados comunes. No contaban mucho estas cosas. Al menos no lograron una sólida unión.





No por eso dejaba de preguntarme el porqué de esa desafección de muchas ciudades a sus vecinos. En el fondo creía, y creo, que se debe a lo mismo de siempre: la estupidez humana, el predominio de lo inmediato, el ansia de poder, el orgullo... No me satisfacía del todo mi explicación. Tenía la impresión de que se me escapaba algo. Y no conseguía, ni consigo, dar con ello.





Me hubiera gustado mucho seguir investigando, si hubiera sido posible, por qué se producían esas defecciones, por qué se prefería aliarse con un rey que estaba lejos antes que hacerlo con un vecino con quien se compartían, además, muchas cosas. Es posible, me he dicho en más de una ocasión, al no hallar una respuesta que me satisficiera, que esté planteando mal el problema. Quiero decir que la mentalidad de aquella época tal vez no fuera como la de ahora. No lo sé. Viene esto a cuento por lo que me decía un amigo poco antes de que estallara esta peste. Comentando algunas apreciaciones que se hacen sobre la sociedad griega y romana, me decía que estaba harto de oír la necedad de que eran aquellas unas sociedades machistas.





-No se puede aplicar -me dijo un tanto enfadado- a las sociedades de entonces los presupuestos de ahora. Es -añadió con una sonrisa- como si me dijeras que los Romanos eran del Madrid y los Griegos del Barça.





No pudo por menos que reírme.





-Me parece que eres un poco exagerado -le repuse-. Yo creo que el respeto está bien en todo momento y en toda época.





-Nadie dice lo contrario -me repuso-. Pero la historia es como es. Tampoco aquella gente podía ser ecologista: necesitaban los bosques para hacer barcos y empalizadas, para calentar el agua de las termas, y no se planteaban si estaban dañando al planeta o no.





-Y tampoco eran vegetarianos -apunté.





-Hubo sus conatos, no creas. Algunos defendían la metempsicosis o transmigración de las almas. Y, claro, un alma de un difunto igual puede caer en otra persona que en una gallina. Y si te la comes, puedes estar devorando a tu abuelo.





-En algún sitio leí que ciertas tribus se comen a los muertos para evitar la corrupción de los cuerpos de sus familiares.





-En esta vida hay para todos los gustos. Hubo, si prestamos oídos a consejas y leyendas, quien prefirió morir antes que ocultarse en un campo de habas.





¿Eran necedades? ¿Se acostumbra el hombre a cualquier cosa? ¿Es capaz de todo por la causa que sea? ¿Aun creyendo que hay un posible premio o castigo después de esta vida? Al respecto, siempre me ha puesto los pelos de punta leer lo que hizo la Inquisición. Fue capaz, pese a sus creencias, de torturar y matar a muchas personas. Sencillamente porque negaron cualquier cosa que la Iglesia consideraba importante. O a aquellas que tuvieran un comportamiento que juzgaba inadecuado. Siempre me ha parecido una enorme salvajada que se quemara vivo a un ser humano por negar la divinidad de una paloma, o por intentar curar a un enfermo con remedios caseros. Creo que para darle tormentos por eso, y arrojarla a una hoguera, como si de un leño se tratara, hace falta estar mal de la cabeza. Máxime cuando se hace en nombre de un Dios. Con él o sin él, igualmente me resulta incomprensible lo que hicieron los nazis en los campos de concentración. Y siempre me hago la misma pregunta: ¿esas personas, en otras circunstancias, hubieran sido tan crueles como lo fueron? ¿Nunca pensaron que estaban torturando y matando a seres humanos? Hay demasiadas cosas que no entiendo. No sé. Tal vez plantee mal la cuestión.





En esas volví a recordar a Gustavo Adolfo Bécquer. Las piruetas de la mente.





Es la cosa más terrible que contiene su bellísimo libro, Cartas desde mi celda. Me refiero a la historia de la bruja de Trasmoz, la famosa tía Casca. Unos jóvenes, inducidos por supersticiones, ignorancia y bestialidad, terminan, de una forma brutal, con la vida de la tía Casca. Una anciana que no tenía más crimen que el vivir apartada, y creer en el poder de ciertos ungüentos y hechizos. Bécquer pone en boca de un pastor el relato de la brutal muerte de esta mujer. Pespunta el relato del pastor con intervenciones propias de un hombre ilustrado. Achaca aquello, que no deja de ser un asesinato, a la incultura y al atraso de los pueblos de España. Ahora bien, cuando describe Trasmoz, el castillo, sus ruinas, la puesta de sol, el ligero vientecillo, el abandonado paisaje de rocas, cortados y zarzales, comenta que no deja de recorrerle un ligero escalofrío. Me recordó cierto diálogo de unos personajes de Baroja en Camino de perfección:





-¿Usted cree en el diablo?





-Hombre, aquí en el monte y de día, no creo... en nada: pero en mi casa y de noche… ya es otra cosa.





¿Creían en serio aquellos vecinos que mataron a la tía Casca que estaban matando a una bruja? ¿Creían de verdad que tenía poder para hacer cuanto le atribuían? ¿Creían de verdad los nazis que masacrando a los judíos y a media humanidad iban a lograr un mundo mejor? Sinceramente, nunca he creído en la inocencia ni de los primeros ni de los segundos, ni en sus finalidades ni argumentos. ¿Puede una sociedad, un pueblo, una aldea, girar los sentimientos humanitarios de una persona hasta esos extremos? No deja de ser curiosa la continuación de la carta de Bécquer: vuelto a su celda de Veruela, tras el viaje a Trasmoz, tiene una breve conversación con la muchacha que le sirve. Esta está esperando que termine la carta para enviarla con el correo de la mañana. Hablan entonces de la tía Casca. Y ella se muestra tan inquieta, cuenta tal cúmulo de sandeces, que se hace difícil creer que una persona con dos dedos de frente se pueda creer semejantes patrañas. No hay duda, sin embargo: es sincera a carta cabal. Asusta, por eso mismo asusta.





¿Y qué han contado las religiones a través de la historia? ¿Cuántas veces se ha dicho que si no existieran los dioses habría que inventarlos? Y eso me llevaba una vez más al concepto de justicia, a los sofistas. A la afirmación que la justicia, las leyes, no es lo natural. Lo natural es el predominio del poderoso sobre el débil, de la naturaleza, del impulso: si no nos viera nadie, en la soledad, en la oscuridad, seríamos capaces de las cosas más atroces. Y si esas cosas tan atroces se hace entre todos, dejan de ser tal. Ya lo señaló Lucano en su Farsalia: “El delito que se comete entre muchos queda sin castigo”1. Nunca se expresó mejor lo que puede llegar a hacer un turba que se sabe impune. Sean los nazis, los persas por Atenas, o los mozos por Trasmoz.





Resulta curioso que el hombre le tenga miedo, o eso parece, a la brujería, a la noche y a la soledad del monte, y no tema la justicia, cuando no la venganza, del propio hombre. Por eso no deja de ser curioso que el personaje de Quevedo decida hablar con toda la cortesía del mundo al mismo diablo: tal vez lo necesite algún día; por lo tanto es mejor ser bien criado con él. En esta vida nunca se sabe. Así me lo recordó otro pasaje de Heródoto. Ilustra perfectamente el diálogo de Quevedo.





Cuenta Heródoto la historia de un eunuco de Jerjes, Hermotimo. Este fue castrado de niño, prisionero de guerra, por un hombre que se dedicaba a tan delicado menester. Los eunucos eran muy apreciados por los persas. Hermotimo alcanzó un alto rango dentro de la corte persa. Y un día, un buen día, se tropezó con Panionio, el mercader de carne humana, que lo había castrado. Hermotimo lo llenó de elogios: gracias a él y a su operación había logrado ser quien era. Lo cameló. No obstante, cuando lo tuvo en su poder, cuando le dio audiencia a él y a toda su familia, le hizo la pregunta pertinente: “¿Qué daño te hice yo?, ¿qué daño te hizo alguno de los míos para que del hombre que era, me convirtieras en esta ruina?”2 Acto seguido le ordena castrar a sus hijos. Después estos tienen que castrar a su padre. Y ahí termina la historia, y comienza otra interpretación de los estudiosos: la venganza como explicación histórica en Heródoto.





Sí, cómo no, me acordé de la muerte de Celestina a manos de Pármeno y Sempronio, por ambición, por un collar de oro que no se quiere repartir. No es el caso de los asesinos de la tía Casca, otra anciana, no lo olvidemos, o eso parece. Sí, hay muchas excusas y causas para un crimen o una traición, o para mutilar a una persona; pero en el fondo siempre subsiste lo mismo: la estupidez humana, o la bestialidad, la ganancia rápida, la ambición, el propio interés, la crueldad, la carencia de filantropía y solidaridad... No hay animal más feroz ni salvaje que el hombre. Por eso mismo estoy convencido, cuando termine esta pandemia, de que todo seguirá igual, o peor. Vale.





1Lucano, Farsalia, libro V, 260. Madrid, 2002. Edit. Gredos. Traducción de Antonio Holgado Redondo.





2Heródoto, Historia. Libro VIII, 104. Madrid, 2001. Edt. Gredos. Traducción y notas de Carlos Schrader.



Etiquetas:   Solidaridad

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20667 publicaciones
5136 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora