El árbol de la vida

Por Ignacio Eufemio Caballero Álvarez.

 

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Hay multitud de películas en la historia del cine que llegan a nuestros sentidos y muchas que se quedan por el camino. Películas de superhéroes, de dibujos y animación, de terror, de amor, de guerra, de sueños y muchas que, como digo, se quedan en el largo camino de nuestra existencia. Ésta película llega a mis sentidos en un momento peculiar. Necesario, diría yo. "El árbol de la vida", como se titula, nos habla de cabos sueltos que hoy nos viene bien replantearnos, como hicieron los grandes pensadores griegos y romanos. 

La existencia, esa manera tan difícil de expresar todas las ideas, sentimientos, sucesos, incluso, aquellas cosas inimaginables a nuestros sentidos. Y, de eso trata "El árbol de la vida". La mirada más introspectiva que he visto en el cine en lo que llevo de vida. Puede que, a lo largo de mi viaje, encuentre otra capaz de reflexionar de la manera que lo hace ésta, o puede que no. Quién sabe.

Las grandes preguntas de la mente humana a lo largo de los siglos han llevado a numerosos hombres y mujeres el intento de buscar las respuestas adecuadas. Puede que el humano avance con el paso de los siglos, y que nuestra manera de reflejarlo sea con el descubrimiento de nuevas teorías sobre el origen del universo, el origen de nuestra existencia. No solo el hecho en sí, sino a la búsqueda de aquella figura que dio origen a todo. Cada vez que sabemos más nos perdemos en un mar de nuevas preguntas sin respuesta. Resolvemos una duda y nace otra inmediatamente. Puede que la eternidad no sea un espacio vital como figura en los libros, sino que la eternidad sea entendida mediante el descubrimiento sin fin de aquellas preguntas sin respuesta. 

El sentido de la vida y de la muerte son dos de las muchas cuestiones a tratar en esta película. "A través de la búsqueda de la Fe que, de una manera u otra, cada uno en la suya propia, entienda y de sentido a su existencia. No hay un final a las preguntas ni un final a las respuestas, pues lo divino no busca agradarse a sí mismo. Acepta ser desairado, olvidado, no agrada. Acepta los insultos y las heridas. La naturaleza, en cambio, busca agradarse a sí misma y conseguir que otros la agraden. Le gusta dárselas de gran señora, salirse con la suya. Encuentra razones para ser infeliz cuando todo el mundo que la rodea resplandece, y el amor sonríe a través de todas las cosas". Hoy más que nunca nos damos cuenta de ello. El mundo del humano está paralizado por la naturaleza. Paralizado por un organismo insignificante que nos mantiene encerrados en nuestras casas. Entonces, si la naturaleza no entiende de razas, de razón, de sentido, ¿Qué nos queda? Pues, muy a mi pesar, lo divino. El magnífico uso de la palabra, representado, mediante la oración, la súplica, el perdón y el amor. Eso es lo que nos queda, y lo que siempre hemos tenido. 

Las preguntas siempre vendrán nuevas y las respuestas serán más extensas en el tiempo. El humano, la naturaleza y lo divino. Tres elementos capaces de regir la eternidad.

UNETE



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