. Aunque después de escuchar los problemas que podían afectarnos
a cuenta del encierro y los procedimientos para resolverlos, decidí escuchar a
los que aconsejaban que adoptáramos rutinas.
Decidí levantarme a las nueve de
la mañana, una hora muy decente, desayunar con calma y después entrar en el
ordenador para publicar el artículo que todos los días escribo para mi blog.
Luego leer la prensa digital y algunos artículos que me mandan mis amigos y
tras pasar un rato por Facebook y Twitter, terminar sobre las doce del mediodía
y a esa hora leer hasta la hora de la comida.
Siempre me ha gustado leer, tengo
en casa unos cuatro mil libros, aprovechando el encierro me impuse la tarea de
quitar con calma el polvo a los volúmenes y limpiar las nueve estanterías que
tengo en casa, he cumplido diariamente con el trabajo. Me toca, porque mi
legítima llegó un momento en el que hasta los mismísimos pelos de limpiar
libros me dijo: Miguel si quieres libros los limpias tú y ya se sabe que aquí y
en Tegucigalpa quién manda, manda y cartuchos al cañón.
Me cogió el decreto del Estado de
Alarma terminando de leer "Fracasología. España y sus élites: De los
afrancesados hasta nuestros días" de María Elvira Roca Barea, autora de
"Imperofobia y Leyenda Negra" dos libros que les recomiendo si
sienten interés por conocer una historia de España muy distinta de la que les
contaron en el instituto.
Terminado el libro decidí escoger
una lectura más ligera. Le di un repaso a una colección de novela negra que
editó el País hace muchísimo tiempo, libros de una narrativa algo anticuada
pero que resisten perfectamente la relectura y escogí algunos títulos. Añadí
"Las aventuras de Harry Flashman" de George MacDonald Fraser, una
serie de trece libros, muy divertida en la que se cuentan las aventuras de
Flashman, un cobarde al que la casualidad y la fortuna convierten en héroe.
Cómo no sabía cuánto tiempo
duraría el confinamiento, seleccioné "Miserias de la Guerra" de Pío
Baroja, obra a la que debía una segunda lectura desde hace años; añadí la
"Colección de Cuentos Completos" de Juan Madrid y como quitando el
polvo me topé con un libro que había dado por perdido, una edición de
"Robinsón Crusoe" de Daniel Defoe, traducida por Julio Cortázar y
prologada por JM Coetzee un escritor sudafricano que siempre me ha interesado
lo agregué a la selección.
Como con mi mujer y mi hijo sobre
las 13,15 horas y después busco alguna película que nos interese, hoy he visto
una que lleva por título Mustang, que me ha gustado y mientras tomamos el café
vemos la película. A las cuatro me voy a la ducha, a las cinco meriendo y sobre
las seis me pongo a escribir lo que publicaré mañana. Entre la escritura, los
repasos y un paseo por Facebook y Twitter me dan las nueve de la noche, cenamos
y tras la cena nos ponemos a ver alguna serie de las que ofrecen Movistar o
Netflix, hasta la una de la mañana hora en la que nos vamos a la cama.
Precisamente en ese espacio
dedicado a las series televisivas es cuando me he dado cuenta de que por muy
entrenado que uno esté, el confinamiento te hace pagar su precio. Me explico,
habitualmente escojo las series, procuro consensuar la serie, pero si he de
decir verdad, vemos muchas de médicos, espías, asesinos en serie,
policiacas..., vamos, que se nota la mano que empuña el mando a distancia.
Un día no sé yo qué estaría
haciendo, mi mujer encontró en Netflix una serie mejicana "La
Piloto", bastante malilla, con un puñado de mujeres guapas, subidas a unos
tacones exagerados, vestidas con pantalones muy ceñidos, minifaldas mínimas y
escotes muy generosos. La serie no estaba hecha para mí, que soy muy
impaciente, resulta lenta y repetitiva. A mi mujer le estaba gustando, lo que
no es raro porque está en posesión de una paciencia franciscana y esta es una
afirmación fácilmente demostrable, Tina, mi mujer lleva casada conmigo cuarenta
y dos años y eso sólo se puede conseguir si se tiene una paciencia a prueba de
bomba.
Yo tascaba el freno esperando que
la serie terminara de una vez, pero una mala noche se me ocurrió mirar cuántos
capítulos me quedaban por soportar y me enteré horrorizado que la temporada 1
de La Piloto tenía ¡ochenta y dos capítulos! De inmediato decidí que
aprovecharía el tiempo de tele para leer y eso hago, leo en mi sillón frente a
la tele y de vez en cuando levanto la cabeza y le pregunto a mi mujer sobre lo
que sucede.
Acepté bastante bien lo de los 82
capítulos, pero lo peor no había llegado, cuando por fin acabó la temporada, mi
mujer que se había apropiado del mando a distancia, encontró "La Bella y
los bestias" otra serie mejicana de 86 capítulos y aún no había terminado
de verla cuando los de Netflix que deben ser unos sádicos de tomo y lomo me
mandaron un mail para anunciarme que ya estaba a "mi" disposición la
segunda temporada de La Piloto.
Y esto no ha acabado, la Bella
terminó con un final abierto que anuncia inexorable otros 86 capítulos del ala.
Aprovecho para leer, que no me viene mal, pero ya he dicho que el confinamiento
te hace pagar un precio. Les juro que soy de los que no creen fácilmente en las
conspiraciones, pero en mis peores momentos de espectador viendo a una
minifaldera con unos tacones impresionantes corriendo por la selva o
contemplando a un agente de la DEA más torpe que Mortadelo o Filemón, o las
escenas de los amores equivocados de las chicas, se me ha pasado por la cabeza
un pensamiento siniestro, estos de Netflix y las productoras mejicanas tenían
que saber que se avecinaba un confinamiento y por eso se pusieron a hacer series
de más de ochenta capítulos como quien lava, para tenernos prácticamente
anestesiados.
Estoy preocupado, el producto del
contubernio entre Netflix y las productoras mejicanas va a acabar conmigo,
intento salvarme parapetado tras las Aventuras de Harry Flashman; tiemblo cada
mañana cuando consulto el correo electrónico, esperando el día en el que los de
Netflix me anuncien jubilosos que ya tengo a mi disposición la segunda
temporada de La Bella y los bestias.
Pero cuando lo veía más negro, un
pensamiento vino a salvarme. Imaginen ustedes, a mí me asusta hasta pensarlo,
que a mi mujer además de las series mejicanas, le hubieran interesado las
intervenciones televisivas de Pedro Sánchez, Fernando Simón y los ministros,
creo que no hubiera podido soportarlo. Me tragué dos comparecencias de Sánchez,
otras dos de Fernando Simón y una de Yolanda Díaz y antes de volver a pasar por
semejante calvario estoy dispuesto a ver a pulso la tercera temporada de La
Piloto y un par más de la Bella y los Bestias de propina.
Así que aquí me tienen ustedes,
quitando el polvo, algo más tranquilo. Sigo instalado en mis rutinas, esperando
el ansiado momento en el que liberado del confinamiento mi amado mando a
distancia vuelva por fin a mis manos.