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Estamos pasando por experiencias
dolorosísimas, los enfermos fallecen solos, sin el consuelo de la compañía de
sus seres queridos, muchos han muerto por no poder contar con un respirador,
los ataúdes se amontonan en morgues improvisadas, el miedo, por qué no decirlo
con todas las letras, cunde entre los ciudadanos que confinados en sus
domicilios, no saben lo que les va a suceder a ellos o a sus familias.
A la incertidumbre que nos crea
el maldito coronavirus y sus consecuencias hay que añadir la certeza que tienen
millones de españoles que saben que la crisis económica va a acabar con su
horizonte laboral y su seguridad. Hay gente a la que el gobierno ha dejado
atrás y no saben si podrán comer el próximo mes, una incertidumbre angustiosa
que oprime el ánimo al más pintado.
Las noticias son malas tirando a
peor y creo que lo que hoy les voy a comentar y que seguramente algunos de
ustedes ya hayan leído a través de internet, supone una bocanada de aire
fresco, una inyección de optimismo que nos ayudará a afrontar mejor nuestro
oscuro presente.
Sabemos que abundan las personas
que están jugándose la piel por salvar a nuestros enfermos, gente que trabaja
incansable en el abastecimiento de nuestros pueblos y ciudades, personas que
cuidan de la limpieza, bomberos, soldados, policías, empleados de
supermercados, etc. y que lo hacen de una manera generosa y entregada, eso que
quede claro.
Pero lo que quiero contarles me
afecta muy directamente, soy padre y soy antiguo caballero legionario y el
ejemplo de Juanjo me ha llegado al alma. Juanjo perdió a su hijo Alejandro hace
más o menos un año y lo perdió en circunstancias dolorosísimas, su hijo que era
caballero legionario perdió la vida en un ejercicio de fuego real en el que un
proyectil le atravesó el corazón. La versión oficial decía que había sido un
desgraciado accidente, un caso de mala suerte, un rebote.
Sin embargo, en el Ejército estas
cosas no se tapan, la investigación de la Guardia Civil desmontó la versión, no
era un asunto de mala suerte, presuntamente había gente que había mentido,
quizás por evadir la responsabilidad que les cupiera en la muerte de Alejandro,
como es natural el asunto pasó al juzgado.
No puedo ponerme en la piel de
Juanjo, porque perder a un hijo es una experiencia que sólo pueden entender los
que han sufrido esa desgracia; pero el que haya tenido que añadir a la pérdida,
el convencimiento de que la muerte probablemente hubiera podido evitarse y que
compañeros de su hijo y algún superior mintieran para que no se depuraran las
responsabilidades que les atañían, tiene que ser una experiencia durísima.
Juanjo como es lógico ha estado
muy pendiente de la investigación y la instrucción judicial, no creo que nadie
le pudiera reprochar si hubiera desarrollado una profunda animadversión contra
La Legión y los legionarios. Pero la vida nos sorprende, casi siempre para mal
y en ocasiones como esta, para bien.
Cuenta Juanjo que "Un día
noté en mi interior que mi hijo de alguna manera me decía algo", "La
Legión ha salido a la calle a ayudar a los ciudadanos, a colaborar, a mantener
la seguridad en el estado de alarma. Si él hubiera estado vivo, si una bala
maldita no me lo hubiera robado, seguro que habría querido salir el
primero".
Juanjo entendía que uno de los
problemas a los que se enfrentaban los compañeros de su hijo era la escasez de
mascarillas, guantes, etcétera, se puso en marcha y compró a un operador
internacional 500 mascarillas FPP2 homologadas y las pagó de su bolsillo.
Dicen y es verdad, que Dios ayuda
a quien se ayuda y comentando a un conocido, natural del pueblo de Bornos, sus
gestiones y el interés que tenía en proteger a los legías, éste le dijo “No
te preocupes, te voy a ayudar. Puedo conseguirte aproximadamente 10.000
mascarillas de uso quirúrgico". Y así fue, porque en ese pueblo
gaditano un grupo de mujeres altruistas y solidarias trabajan todo el día,
cosiendo mascarillas en sus máquinas de coser.
A Juanjo le faltó tiempo para
hablar con un responsable de La Legión, le explicó que quería donar esas
mascarillas para que los compañeros de su hijo ayudaran a los ciudadanos con la
protección adecuada. De hecho pidió que las 500 mascarillas FPP2, que son de
las buenas como él mismo dice, se les facilitaran a los legías que estuvieran
más expuestos.
Alejandro era un buen legionario,
así nos lo dicen sus compañeros; no me cabe duda de que si hubiera tenido tiempo para madurar, habría
sido un legionario ejemplar. Dice el refrán que de tal palo tal astilla y ahí
tienen ustedes a su padre que me parece todo un ejemplo. La Providencia se lo
llevó, causó alta en la Lista de Revista del V Tercio muy pronto y allí nos
espera a todos los legionarios, junto a nuestro protector el Cristo de la Buena
Muerte.
Mientras aquí, su padre nos da
ejemplo; hay que tener un corazón de los que no caben en el pecho y una bondad
espectacular para saber separar a La Legión de aquellos, que sirviendo en sus
filas, presuntamente no supieron estar a la altura de las circunstancias. Un
padre ejemplar que homenajea el recuerdo de su hijo ayudando a sus compañeros.
Y aquí y ahora, ausente su hijo
Alejandro, Juanjo ha cumplido con el espíritu de compañerismo del Credo
legionario que dice "Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un
hombre en el campo hasta perecer todos", demostrando con hechos hasta dónde
puede llegar el amor de un padre por su hijo.
Esta es la historia que les
quería contar, a mí me ha emocionado. Creo que es de las que te reconcilian con
el género humano.