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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Un mundo de locos.


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06/04/2020

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UN MUNDO DE LOCOS


(A propósito de Cervantes y Galdós)

Vicente Adelantado Soriano





Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero, antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura.





Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.













Quizás uno de los aspectos que más llame la atención de los Episodios nacionales, de Benito Pérez Galdós, sea la enorme capacidad de fabulación de don Benito. Esta parece no tener límites: son infinitos los personajes que desfilan por los Episodios; y se puede decir, sin temor a equivocarse, que cada uno de ellos tiene su propia personalidad, sus características y su única e irrepetible forma de ser. Es un mundo, pues, en el que palpitan infinitas vidas, perfectamente trazadas y maravillosamente diferenciadas. Ni una sola de ellas, como se puede suponer, es igual a la otra. En los Episodios, y sólo por esto, se va de sorpresa en sorpresa. Además, todos y cada uno de los episodios tienen un trasfondo histórico.





Otra de las características que, inmediatamente, saltan a la vista del lector es la enorme influencia que Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ejerció sobre Galdós. Este, por supuesto, no lo disimula. Lleva a Cervantes metido en la masa de la sangre. Hasta el punto de que, a veces, dice la más nimia de las cosas, y esa huele a Cervantes. Si nos pusiéramos a rastrear todas las frases, situaciones y evocaciones del Quijote en los Episodios, nos saldría un trabajo bastante voluminoso; y, sin duda, tan aburrido como estéril.





Hay dos personajes que, a grandes trazos, sin necesidad de profundizar mucho en ellos, evocan enseguida el mundo de Cervantes: don Patricio Sarmiento, que adquiere protagonismo en El terror de 1824; y Juan Santiuste, protagonista de Aita Tettauen y de Carlos VI en la Rápita. Ambos, por supuesto, don Patricio y Santiuste, a lo largo de sus andanzas, van a enloquecer. Así, don Patricio, condenado a muerte, provoca, estando en capilla, la ira de los frailes porque de nada tiene que arrepentirse. Va hacia la muerte con la firme convicción de que, colgado de la horca, será la antorcha que ilumine el camino de la libertad. Al menos el hombre, en su locura, muere feliz. Los frailes no consiguen de él ni el temor, ni el miedo ni el arrepentimiento. No hay nada en su vida de lo que tenga que avergonzarse, como no sea vivir bajo la monarquía que le tocó en suerte.





Santiuste, alias Confusio, lleva una vida llena de aventuras, participa en la guerra de Marruecos, y conoce allí a una especie de Cide Hamete Benengeli, cronista de la campaña de Prim, que no es sino un cristiano convertido al Islam. De regreso a la patria, Satiuste corre varias aventuras que, por fin, como se venía anunciando, lo llevan a la locura. Y desde su locura comienza a escribir la Historia de España; pero no la historia como sucedió sino como debería haber sucedido. Y así Fernando VII, a fin de evitar el terror de 1824 y las guerras carlistas, es fusilado en Cádiz por orden de los liberales.1 Claro está que el pobre historiador se las ve y se las desea, luego, para seguir relatando la historia que nunca sucedió. Y es quizás por eso por lo que abandona ese proyecto y se lanza a otro más descabellado todavía:





“Ya sé que tendrá usted por extravagancia el escribir un reinado antes que nos lo dé construido el tiempo en sus talleres inmortales. A eso digo que escribir lo que ha pasado no tiene ningún mérito; la gloria de un historiador está en narrar los hechos antes que sucedan, sacándolos del obscuro no ser con el infalible artificio de la lógica y de la naturaleza…”2





Y Santiuste, Confusió, se lanzará a tan magno proyecto porque según dice, “mi vida está estrechamente enlazada a estas dulces mentiras.”3 Como puede verse no se engaña el historiador sobre la veracidad de cuanto está contando.





La historia ideal se mezcla con la real, y con ambas trata de explicarnos el autor de los Episodios cuanto acontece en palacio y en las calles. Algunos de esos acontecimientos nos pueden ser útiles para comprender ciertas cosas que suceden hoy en día. Y así no deja de ser interesante la reflexión que hace Eufrasia, la Marquesa de Villares de Tajo, a Manolo Tarfe, un personaje con un apellido, redundante es decirlo, que está lleno de resonancias cervantinas. Habla la Marquesa de la influencia del Papa sobre Isabel II, y sobre la negativa de esta a dar entrada a los liberales en el gobierno, y a reconocer al estado italiano:





“… La libertad entra de lleno en el alma de la Reina, y avanza posesionándose de sus efectos, hasta el momento en que dentro de dicha alma se encuentra con el confesor… En este encuentro se acabaron las amistades; la libertad sale despavorida del alma de la Reina...”4





Por si la explicación no le queda clara a Manolo Tarfe, y al lector, la Marquesa de Villares de Tajo, ahonda en el problema, en el poder de la Iglesia:





“Los que absuelven, los que prodigan la indulgencia recaban de la voluntad sometida concesiones proporcionales a la magnitud del indulto. La Reina es creyente: ya lo sabe usted. Teme que por ser demasiado dichosa en la tierra pierda el cielo. La mejor parte del cielo es para los que aquí sufren. Los poderosos, a poco que se descuiden, se quedan sin un rincón celestial en que guarecerse… Isabel es mujer de conciencia: cree en las penas eternas y en el eterno galardón. ¿Cómo alcanzar este? Haciendo concesiones tan grandes como los perdones que recibe… Ya comprenderá usted por qué Isabel II no quiere reconocer el reino de Italia.”5





Obsérvese que en ningún momento, cuando se habla de pecado y absolución, se cuestiona la vida sexual de la reina, al igual que tampoco se cuestiona la de don Fernando Garrote cuando platica, con el cura Respaldiza, en busca de franceses a los que matar6. Todos los pecados, al parecer, residen en no reconocer a la Iglesia de Roma e ir en contra de sus intereses. Así don Fernando, señor de horca y cuchillo, puede tener derecho de pernada sobre toda mujer sin que el clero se alborote porque





“Quería decir que siempre fui ferviente cristiano, y una vez reventé a palos a dos contrabandistas porque hablaron mal de la santidad de Pío VI”.7





No hace falta decir que el cura Respaldiza le perdona todos los pecadillos ya que estos, llenar el mundo de bastardos a los que desampara, son cosa de juventud, sin mayor interés.





Juan Santiuste, Confusio, aparece en la cuarta serie de los Episodios nacionales, al final de las guerras carlistas. Y quizás con él, y con su mecenas, el Marqués de Beramendi, José García Fajardo, nos ofrezca Galdós sus propias reflexiones sobre la historia y su interpretación. Y es aquí donde Cervantes, si es que ha desaparecido, se vuelve a hacer presente en toda su extensión.





Arriesgado es, ante una obra de arte, novela, teatro, película, o lo que sea, decir cuál era la finalidad de su autor al realizarla. No obstante, ya es un lugar común sostener que don Miguel de Cervantes pretendía, con El ingenioso hidalgo…, acabar con las novelas de caballerías. Parece que hay algo más que esta meta en tan importante novela. También se ha dicho, en más de una ocasión, que el propósito de don Benito con los Episodios, dejando de lado el folletín, era advertir a los españoles, advertirnos, de cuanto sucedió a fin de que no volviéramos a repetirlo. Es por eso mismo que no sabemos si tomar la guerra civil de 1936-39 como el último episodio de los espadones, la última sublevación del ejército, que ya no pudo novelar don Benito, aunque lo anuncia en Doña Perfecta, o como el fracaso de los Episodios y de parte de la novelística de Galdós. Claro está que leyendo algunas cosas de las que se publican hoy también podemos concluir que Cervantes fracasó en la misma medida que lo hizo su discípulo.





Ambos, Cervantes y Galdós, tan locos como sus personajes, confiaban en que sus obras fueran leídas. No obstante, en toda locura parece que nunca falta un toque de cordura, de razón, así que Santiuste, Confusio, dice a Santiago Ibero unas palabras que tal vez sean proféticas, o Galdós las considerara como tal:





“Mi historia no es la verdad pedestre, sino la verdad noble, la que el principio divino engendra en el seno de la lógica humana. Yo escribo para el universo, para los espíritus elevados en quienes mora el pensamiento total. Yo abandono el ambiente putrefacto que nos rodea; saco mis pies de este lodo de los hechos menudos y subo, señor mío, subo hasta que mis oídos pierden el murmullo terrestre, y mis ojos el falso brillo de las mentiras barnizadas de verdades. Yo subo, señor, y arriba escribo la historia lógica, y pinto la vida ideal. Mis lectores no son de este mundo.”8





Dicen que la forma más fácil de enloquecer a una persona es obligarlo a realizar un trabajo inútil: hacer un agujero, taparlo y volverlo a hacer. También debe ser de locos escribir para un pueblo que no lee. Sin embargo, se imagina uno el gran placer que tanto Cervantes como Galdós sentirían al escribir sus obras, y el placer de este al leer la novela de aquel. Es posible que Galdós cayera en la cuenta, con Doña Perfecta, de la inutilidad de su obra, o no confiara en que alguien lo siguiera a él como él había seguido a Cervantes. Y también es más que seguro que ni Cervantes ni Galdós se engañaron sobre la condición humana. De ahí, tal vez, la sonrisa y la locura. Y quizás por eso mismo sus lectores, si los hay, no sean de este mundo. Sinceramente, no parece que el encierro por el coronavirus haya despertado las ansias de conocer a tan magníficos autores y a locos tan sublimes. Todos tuvieron la suerte de escribir y enloquecer cuando se podía cabalgar por la ancha Castilla y por otros fabulosos andurriales.













1 Benito Pérez Galdós, Prim, cap. VII





2 Benito Pérez Galdós, La de los tristes destinos, cap. XI





3 Benito Pérez Galdós, La de los tristes destinos, cap. XIV





4 Benito Pérez Galdós, Prim, cap. VIII





5 Benito Pérez Galdós, Prim, cap. VIII





6 Benito Pérez Galdós, El equipaje del rey José, cap. XIV





7 Benito Pérez Galdós, El equipaje del rey José, cap. XIV





8 Benito Pérez Galdós, La de los tristes destinos, cap. XXVIII



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