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"Sociedad del bienestar" y "moral de victoria": un cuento infantil


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05/04/2020


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Las comparecencias-mítines de Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno de España, resultan bochornosas y aun repulsivas por muy diversas razones. Pero quizá lo más esperpéntico de los discursos motivacionales a que nos somete, más propios de un «coach» que de un Presidente de Gobierno, sea el tono churchilliano que se empeña en adoptar, hablándonos de «sangre, sudor y lágrimas» y de «moral de victoria».


En un panorama político en que el espectáculo es el mayor y, tal vez, el único valor imperante, por ser el único lenguaje que las masas comprenden, todo gesto político adquiere, en mayor o menor medida, la dimensión de farsa, de ficción más o menos burda. Ello ocurre así por norma general, pero, en los últimos tiempos, a causa de la crisis generada por el CoVid-19, estamos presenciando situaciones que resultarían absolutamente hilarantes de no esconder tras de sí la muerte de decenas de miles de personas y, posiblemente, una crisis social sin precedentes.

De entre tales esperpentos, uno de los más rocambolescos consiste en presenciar a un Presidente de Gobierno, pacifista y pánfilo declarado como lo son la inmensa mayoría de gentes en la actualidad, enarbolando en su discurso la bandera de la «moral de victoria» y adoptando en sus palabras un tono propio de tiempos bélicos. ¡Qué ocurrencias tienen, a veces, los farsantes! ¡Jamás dejarán de sorprendernos!

Pero, si esto por sí solo fuese poca pantomima, también el señor Sánchez se atreve a poner en su boca, en repetidas ocasiones además, para mayor ensañamiento, la palabra «comunidad». ¡Qué osada es la ignorancia! ¡Y cuánto más lo es la perversidad!

Pero de ningún modo quisiera convertir este artículo en otra más de las innumerables diatribas contra Sánchez que están teniendo lugar a lo largo de estos días. Sánchez, como individuo, me importa tanto como el sexo de los ángeles, es decir, nada. Entre otras razones, porque cualquier otro que pudiese ocupar su lugar resultaría tan esperpéntico y vergonzante como él, sólo que tal vez de otra manera.

De lo que toca hablar, más bien, es del régimen político y social que todos los partidos representan de un modo u otro, es decir, eso que se ha venido a llamar «socialdemocracia» o, en un alarde de irrisoria prepotencia, «sociedades del bienestar».

En realidad, tal modo de autodenominarse, en un mundo espiritualmente sano, sería percibido más bien como un ejercicio de autocrítica. Porque lo característico de las «sociedades del bienestar» no es que busquen el bienestar de sus ciudadanos —pues la práctica totalidad de regímenes políticos habidos hasta ahora lo han buscado también, cada cual a su modo—, sino que dicho “bienestar” constituye su mayor valor, aquello a lo que todo lo demás remite. El éxito, según esta concepción, consiste en que “estemos bien”, independientemente de cómo seamos.

Tal concepción del éxito constituye, tanto a nivel individual como colectivo, una auténtica barbarie. Porque el “bienestar”, cuando es buscado por sí solo, no solamente es expresión de una actitud abiertamente indigna, sino que, además, nunca es encontrado —por eso la humanidad jamás alcanzó tales niveles de apatía y depresión anímica como agrupada en «sociedades del bienestar»—. Todo verdadero “bienestar” es, más bien, el fruto derivado de un modo de ser. Y, cuando se logra la victoria, el éxito a la hora de lograr ser lo que queremos ser, encontramos la felicidad. Pero lo que no puede obviarse de ninguna manera es que no hemos de buscar “estar bien” sin más, sino “estar bien” como consecuencia de “ser buenos”, de ser dignos, de ser gentes de provecho.

Por eso las «sociedades del bienestar» son, en su esencia misma, pacifistas, siendo el pacifismo aquella ideología que entiende que la guerra siempre es mala y la paz siempre es buena. Porque de lo que se trata es de “estar bien”, de “vivir en paz”, a todo precio... aunque dicho “bienestar” o dicha “paz” sean más propias de bestias que de seres humanos.

¿Y cómo logran el “bienestar” general dichas «sociedades del bienestar»? ¿Lo hacen, como dice Sánchez, por medio de la «comunidad»? ¡Ay, pobres! Nuestra idea de «comunidad» está tan hondamente pervertida que, estoy prácticamente seguro de ello, nuestros amigos socialdemócratas piensan no ya sólo que su ideología sirve de ayuda a la comunidad, sino que, además, vivimos hoy día el momento de mayor desarrollo histórico de la misma —¡la mentalidad progresista, otro fruto más en esta cornucopia de errores!—.

La realidad, por desgracia, es antagónica. Porque, tengámoslo presente, no lo olvidemos nunca: la máxima aspiración de las «sociedades del bienestar» consiste en que nadie necesite a nadie. El ideal que la socialdemocracia persigue es, justamente, el de destruir todo vestigio de comunidad para sustituirla por el infalible y omnímodo poder del Estado: que nadie necesite a nadie, que todos necesiten al Estado y, además, que únicamente necesiten al Estado.

Naturalmente, esto no es más que un ideal que, por supuesto, no ocurre a día de hoy y, probablemente, no llegue a darse nunca. Pero lo más deseable para la socialdemocracia consistiría en que el Estado, además de proveernos de una educación —adecuada, como es lógico, a la idiosincrasia estatal—, un sistema sanitario eficiente para cuando enfermamos, o pensiones de jubilación, pudiese facilitarnos la felicidad misma encapsulada y lista para servir. En cierto modo, esto es algo que ya en nuestros tiempos se intenta: ¿a qué responde, si no, el proceso de inaudita infantilización a que se somete, con tremendo éxito, cabe decir, a la población, a través de innumerables frentes? El Estado moderno es forzosamente paternalista y despótico. No crea «comunidad», sino masas de sujetos tan sumamente necesitados del “bienestar” que el Estado les proporciona, tan acomodados en su placidez que, cuando los aspectos más trágicos y cruentos de la vida asoman mínimamente la cabecita, son por completo incapaces de sostenerle la mirada a la crudeza, y requieren de inmediato del arrullo de cancioncitas, eslóganes y adulaciones.

Porque no, no somos “héroes” por quedarnos en nuestras casas. No estamos llevando a cabo un “enorme sacrificio”, aunque así pueda parecérnoslo, a causa de nuestro desconocimiento de la cara más dura de la vida. El niño deja de ser niño cuando comprende que, cuando sus padres le dicen que esos cuatro rallajos que pinta en el papel son “muy bonitos”, o “súper guays”, le están complaciendo con mentiras. Entonces, se siente estafado, entiende que le toman por un inferior, y desea liberarse de tal situación. Y el primer paso para hacerlo es asumir que no, que sus garabatos no son obras de arte. Y, sólo tras aceptar que no es un gran pintor, habrá dado el primer paso para serlo algún día.

Así pues, no toleremos que nos llamen “héroes” sólo por ser víctimas secundarias de una situación desagradable. Asumamos que no es la nuestra una “moral de victoria”, sino de súbditos. Reneguemos de ese bienestar frívolo que se nos inocula y esforcémonos en ser mejores. Sólo así, creciendo cada cual como individuo, nos será posible algún día hacerlo como «comunidad».

Porque, ¿qué “moral de victoria” puede profesar alguien que prefiere ser halagado en el error, antes que le hagan ver con claridad su fracaso?



Etiquetas:   Reflexión   ·   Sociedad   ·   Socialdemocracia   ·   Coronavirus

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