Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Alimentos   ·   Coronavirus   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Alimentación   ·   Pandemia   ·   Innovación   ·   Literatura   ·   Lectura



Cartas desde mi habitación. I


Inicio > Ciudadanía
04/04/2020

109 Visitas



Que no hay nada peor, en toda empresa, que mala compañía: no da fruto.






Esquilo, Los siete contra Tebas.









Tentaciones he tenido, queridos compañeros, de comenzar estas cartas tal como comenzó las suyas Gustavo Adolfo Bécquer allá por el siglo XIX. Pero, claro está, él salió de Madrid para ir a Veruela; y yo, encerrado, como todos vosotros, por el famoso coronavirus, no salgo a ningún sitio, ni puedo dirigirme, en consecuencia, a ningún pueblo o monasterio que cuide de mi salud. Difícil es hablar de lo que sucede entre cuatro paredes estando aislado además. No puedo narrar, pues, más viajes que los imaginarios.





Casi todo en esta vida, no obstante, es relativo. Estar solo, y no hablar más que con las paredes, ya sabéis que hoy en día, además, nadie escribe, también tiene sus ventajas. Sí, va a decir alguien, pero quien y quien menos tiene ordenador y móvil y está conectado con todo el mundo. Efectivamente, he visto que hasta los niños de primaria van con móvil a la escuela, y hablan a través de él, de buena mañana, y se ríen. Es un aparato ciertamente muy útil. Se ha transformado en el alado y vulgarizado mensajero que no envía, en el mejor de los casos, más que emoticones o frases tan breves que está reinventando el telegrama. Por otra parte, estar conectado con todo el mundo, como se afirma, es igual a no estarlo con nadie… Pero como decía: encerrado en casa y sin hablar ni cartearme con deudos ni parientes, surgen los recuerdos y las vivencias. La mayoría de ellas, dicho sea entre nosotros, las descarto por absurdas o faltas de sentido. Aun así se imponen. Y a fin de arrumbarlas, lo mejor, creo, es hacerles frente.





Me he acordado, durante estos días, de una tarde, allá por los dieciocho o diecinueve años, en la que estaba con un grupo de amigos tomando cervezas y hablando en el rincón de un bar. Alguien del grupo planteó, tras haber leído algunos libros de Sartre, o de Camus, no recuerdo, y como quien revela una gran verdad, que, en realidad, la soledad no existe: siempre estamos acompañados por nuestras voces, nuestros recuerdos, nuestros secretos más inconfesables, etc. La verdad es que aquella tarde, semejantes afirmaciones de un compañero, me impresionaron. Sí. Tenía razón: uno habla y discute consigo mismo, o recuerda esto y aquello y lo demás allá, o responde, con la imaginación, a lo que no se atrevió a decirle a algún profesor en clase... El cerebro no se detiene más que cuando muere. Lo cual, pensé yo, pasado el primer efecto de aquellas afirmaciones, no impide que se esté solo. Habría, pues, que definir la soledad. La soledad es estar solo. Y estar solo es no tener a nadie que te entienda o comprenda lo que dices. Por ignorancia o por puro prurito de no querer entender nada. Con eso di aquella lejana evocación por cerrada.





Quizás estar solo en casa, sin posibilidad de salir, fuera lo de menos. A mí no me pesa.





No recuerdo dónde lo leí. Pero me vino muy bien: yo también quise sorprender a mis amigos, en otro bar distinto, con otras cervezas distintas, hablando de libros y de autores. Alguien estaba comentado las excelencias de una novela ambientada en París. Hablaba con deleite de sus calles, de sus amplias avenidas, de sus famosos barrios con pintores y bohemios, de sus museos y pinacotecas, etc. Y entonces intervine yo para decir lo que leí no recuerdo dónde: hablar de París o de Londres, de Madrid o de Nueva York, o de cualquier capital, aunque sea de provincias, es muy fácil: hay de todo, y todo se puede describir, y de todo se puede opinar. Pero para escribir una novela que discurra en la Mancha, con un personaje no muy en sus cabales, acompañado por un pobre labrador, que no pasado por las aulas de Salamanca, hace falta ser un verdadero genio. En las llanuras manchegas no hay teatros, ni cines, ni bares famosos con tertulias, ni recuerdos o evocaciones de grandes generales o de reinas descabezadas. No hay nada. Solo ellos dos. Ni más ni menos.





Nadie me rebatió nada. Nadie dijo una sola palabra en contra de mis plagiarios razonamientos. Eso sí, a partir de aquel día, se me quedó fama de gran lector y entendido en el Quijote. No es para tanto, ni mucho menos. Mis queridos amigos de entonces hablaban más de sus carencias que de mis virtudes o conocimientos.





Debo reconocer, no obstante, que algo de ese genio llamado Miguel de Cervantes se me debe haber pegado. Soy capaz de hablar de lo divino y de lo humano estando encerrado en una habitación. Más pequeña que la llanura manchega, y sin tener en la distancia la venta de Juan Palomeque, ni a las mozas de la casa llana. Claro, que, como quería Unamuno, no solamente hace falta genialidad para escribir una obra; también se precisa para leerla. Por eso el libro de Cervantes es tan citado y tan poco leído. Sucede con él lo que dijo Diógenes cuando volvía de las olimpiadas. Alguien le preguntó si había visto a mucha gente. “Gente mucha”, respondió este, “pero personas pocas”.





Sí, he leído y releído la novela de don Miguel de Cervantes varias veces. Siempre he pensado, de la mano de Séneca, que quien se mete en una droguería acaba oliendo bien. De ahí la importancia de escoger los establecimientos.





Por otra parte, y como dijo aquel, muchos son los llamados y pocos los escogidos. Todo esto viene a colación porque algunas buenas personas creían que con el confinamiento por esta terrible pandemia, el común de los mortales iba a cambiar, iba a reflexionar, y se iba a hacer mejor de lo que ya es de por sí. Hay ingenuos, o perezosos mentales, que creen que es suficiente con cambiar una circunstancia, un país, un suceso, o una forma de gobierno, para que el hombre cambie. No lo veo así. Ahora bien, y por la misma razón, hay otros, quizás los mismos, que afirman que cuando uno se hace mayor se asemeja al niño inconsciente que fue. No. No estoy de acuerdo. Quien fue egoísta, como dicen que es el niño, lo es siempre. Y quien no lo fue, ni en la ancianidad lo es. Es decir, y para imitar a Sancho Panza, “tonto en su villa, tonto en Castilla”. Todo seguirá igual mientras el hombre no cambie. Y no lleva trazas de hacerlo. Esté confinado o pateando la sierra, o cruzando mares y surcando cielos. Fatigando caminos, como quería Borges. Haga lo que haga, todo seguirá igual en tanto él no cambie.





Ahora, como se puede ver, todos los políticos se lanzan contra todos. Han creído ver, y tal tengan razón, en la gestión de la pandemia, una ranura en la armadura del enemigo, el gobierno. Ellos, pese a periódicos, periodistas conmilitones y palmeros, no lo van a hacer mejor. Sencillamente tratan de hacerse con el poder. Ya se sabe: en la cola del paro no hay ningún político. Y menos en este país.





Son tan claros, están tan ansiosos, que se distingue a la perfección la fina crítica de la ciega querencia. La vieja lucha por el poder que no perdona ni los momentos más dolorosos. Nada nuevo bajo el sol.





No es de mi interés, volvamos a lo realmente importante, estudiar pestes ni pandemias. No sé, por lo tanto, cuántas mortandades de este tipo ha sufrido la humanidad a lo largo de la historia. Alguna que otra, desde luego. La más conocida, por mí, es la peste que asoló Atenas durante la guerra del Peloponeso. Y no he visto, a través de los textos, que aquella terrible experiencia hiciera mejor al hombre o más solidario. O más humilde. De hecho, en el siglo XIX hubo un médico, el famoso Semmelweis, que irritó a muchos colegas en el hospital donde ejercía. Les dijo a estos que se levaran las manos antes de atender a las mujeres que iba a dar a luz. Dichos doctores, habían estado en contacto con los enfermos de paperas. E inexplicablemente muchas de esas futuras madres morían de esa enfermedad. A nadie se le ocurrió pensar que este hombre, Semmelweis, podía tener razón. No. Personajes importantes de la época se sintieron humillados por eso de intentar obligarlos a lavarse las manos. Semmelweis fue desprestigiado. Tuvieron que morir algunas mujeres más, bastantes más, para hacer lo que ahora, en esta pandemia, te obligan a hacer en cuanto entras en cualquier tienda o supermercado: imitar a Pilatos.





La peste que se desencadenó en Atenas vino como consecuencia de una terrible guerra. Y, sinceramente, no ha habido pestes más mortíferas que las guerras. Y esas sí que se podían haber evitado, con muy poco gasto y sin guantes ni mascarillas. Cuántas salvajadas se han cometido en todas ellas, y cuántas se siguen cometiendo. No hay virus ni peste más mortífera ni más feroz que la guerra. Y estas siempre es el hombre quien las desencadena. El animal más feroz y sanguinario de cuantos pueblan el planeta.





El hombre siempre se decanta por la solución más sencilla y que menos esfuerzo le exige. Para muchas personas, ahora, la solidaridad reside en salir al balcón y cantar o tocar la trompeta, cuando no el tamboril o lo que tienen a mano. Afortunadamente hay más personas. Algunas de ellas protestaron en su día porque nos estaban privando de todo aquello que ahora nos es tan necesario. Y una vez más tenemos que soportar la hipocresía, la burla de esos llamados políticos con sus soluciones de última hora, su total falta de previsión y sus negros intereses. Y la falta de respeto de sus palmeros. Lo mismo que sucedió en otras épocas. Exactamente igual.





Ilustrativa es, al respecto, la historia de Arístides y su condena al ostracismo. Él mismo escribió su nombre en la teja de una labrador analfabeto, que votó por su exilio. Al preguntarle Arístides porqué votaba por la expulsión de este, no se dio a conocer, le respondió que estaba harto de que todo el mundo dijera que Arístides es una buena persona.





Como Sancho tampoco soy yo tonto maguer que mozo. No tanto. Y como él también tengo yo mi punta de socarrón y de mal pensado. Di en imaginar, pues, que, este encierro, sin escuelas, universidad, bares, terrazas y demás, iba a exigir, como así ha sido, un gran consumo de programas de televisión. No me he equivocado. Imaginé entonces que el poder, sea cual sea este, iba a aprovechar la ocasión para hacer un lavado de cerebro general. No me equivoqué en lo más mínimo. Además, no deja de llamarme la atención que casi todos los días, haya un apartado en los periódicos anunciando las series de televisión que se pueden ver, o las películas que van a pasar. Nada que objetar salvo que dichas series y películas son anodinas, vulgares y carentes del más mínimo sentido de la ética, de una mínima finura y de la verosimilitud. Cierto es que algunas empresas ofrecen libros electrónicos, y descargas gratuitas de los mismos. Por regla general de obras que apenas si tienen interés. Leer y tirar. O tirar antes de leer.





El nivel medio de los programas de televisión da el nivel del país. Ante el cual, el encierro no es tan grave, ni mucho menos. Hay personas a las que les molesta el desagradable contacto humano. Lo evitan cuanto pueden. Y escogen a sus contactos. Por eso mismo cada día es más admirable la figura de Sócrates: no escribir libros porque no sabía en manos de quien o quienes iban a caer. Y hablar con quien quería. Es una postura, lo de los libros, que me llamó la atención, para bien y para mal. A esta, un amigo, estudiante de medicina, se opuso frontalmente: no se puede hacer eso. Yo tengo la obligación, me dijo, de curar a cualquier persona, sin preguntar ni saber nada que no sea la forma más eficaz de devolverle la salud, si es posible. Es un persona. Aunque sea un asesino o un mal bicho. En el fondo, le dije a mi amigo, otro recuerdo de otra tarde de cervezas de cuando éramos jóvenes y estábamos llenos de ilusiones, le estamos dando la razón a Sócrates: vale más sufrir una injusticia que cometerla. Y todos nos equivocamos en algún momento de nuestras vidas. Sólo el orgullo y la necedad nos hace creernos lo contrario. Esa, la ignorancia, es otra terrible pandemia de la que el hombre no se quiere curar, así que hagamos como Sócrates. Vale.







Etiquetas:   Pandemia

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20084 publicaciones
5030 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora