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La insoportable necesidad de diversión


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29/03/2020


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La humanidad necesita tanto de la diversión, de la evasión, como de las costumbres, de la rutina. Ello ha sido así desde tiempos inmemoriales, y lo seguirá siendo hasta que llegue aquel por algunos ansiado día en que nos convirtamos en dioses. La diversión es, así, condición fundamental e ineludible para una vida sana y feliz, pero, ¿puede la diversión llegar a convertirse en insana, en una necesidad enfermiza?


La teoría hipocrática afirmaba que la salud corporal consistía en un correcto equilibrio entre los diversos «humores» del cuerpo. En la biología moderna, encontramos un cierto paralelismo con tal idea en el concepto de «homeostasis», consistente en el conjunto de procesos orientados a mantener el equilibrio interno en un determinado organismo. A pesar de los descubrimientos y avances en el campo de la Biología y la Medicina, la idea de equilibrio sigue estando, pues, en gran medida relacionada con la salud.

De igual manera ocurre en la esfera psíquica, como no podía ser de otra manera. Una persona que estuviese constantemente seria nos resultaría tan desquiciante como otra que no fuese capaz de estarlo en momento alguno. Todo ser humano tiene la necesidad de divertirse, en esto estamos todos de acuerdo. Pero, ¿en qué consiste realmente “divertirse”?

Divertirse consiste, simple y llanamente, en crearnos una versión (di-versión) alternativa de la realidad en que podamos olvidar y evadirnos de sus aspectos más dolorosos, de todos los problemas que vivir trae consigo y también, cómo no, del que más cercano nos resulta: nosotros mismos. Toda persona sana necesita descansar de sí misma durante un cierto tiempo. ¡Imagínense qué sería de nosotros si no tuviéramos, por ejemplo, la posibilidad de dormir y, con ello, de soñar!

Pero ya lo decía Ortega y Gasset: «dime cómo te diviertes, y te diré quién eres». Yo me atrevería a extender un poco más dicha afirmación, y diría: «dime cuánto necesitas de la diversión, y te diré quién eres». ¿Es un síntoma de salud necesitar mucho de divertirse? ¿Requerimos nosotros demasiado de la diversión?

Hay un ejemplo muy ilustrativo que permite responder a tal pregunta. Vivimos —¿vivíamos?— en una sociedad en que una costumbre muy habitual, de la gente joven y no tan joven, consiste en «salir de fiesta». No es extraño encontrarse con personas que tienen el hábito de «salir de fiesta» no ya una, sino... ¡varias veces por semana! Tal necesidad, sí, es “normal” en nuestros días, pero, ¿debería serlo?

«Es algo perfectamente normal, puesto que la humanidad siempre ha festejado a lo largo de su historia», podría decírseme. Pero lo característico —e inédito hasta nuestros días— de la «fiesta moderna» es que en ella no se celebra nada. La gente «sale de fiesta» sin motivo concreto: no se conmemora algún hecho histórico, no se celebra hazaña alguna, no se festeja el nacimiento de nadie, ni unas nupcias, ni una recolección, ni nada: simplemente, se «sale de fiesta». Esto nos lleva a concluir que, cuando la gente «sale de fiesta», no celebra nada en realidad: simplemente se divierte. Y, como decía anteriormente, la diversión es un olvido de uno mismo, y de la realidad en que se vive. ¿No resulta sospechoso que sean tantos quienes necesitan de forma tan acuciante olvidarse de sí mismos y de su realidad?

No hace falta ser un observador muy agudo para percatarse de la ingente cantidad de entretenimiento que la vida moderna nos ofrece. Yo diría aún más: las urbes modernas son, en esencia, colosales factorías de entretenimiento. Todo cuanto surge de tal modo de vida acaba, de un modo u otro, convirtiéndose no ya sólo en entretenimiento, sino en mero entretenimiento. Lo son la inmensa mayoría de series, películas y libros que se producen y consumen —nótese que empleo tales palabras con toda la intención— en nuestros días. Lo son los programas de televisión, lo son las noticias de actualidad, lo son las salas de fiestas, las cadenas de comida rápida, los centros comerciales. Todo ello pasa por nosotros sin dejar huella alguna, nada permanente de provecho: se consume, se desecha, y se vuelve a consumir. Nosotros no somos más que meros receptáculos de tan infinita cantidad de vacuidades. ¿Se puede ahora, tal vez, ir entreviendo la causa de nuestra insoportable necesidad de diversión? ¿No esperamos, una vez tras otra, ver nuestro vacío subsanado con más vacío?

En esta «sociedad posmoderna», todo, absolutamente todo, es producto de consumo, que nadie se engañe: las ideologías, los movimientos de masas, el «mindfullness», el yoga, las redes sociales, tal vez incluso este mismo artículo. La «sociedad posmoderna» no es más que una descomunal industria de divertimento baldío o, dicho de una manera un tanto menos fina, de resplandeciente estiércol.

El confinamiento a que estamos sometidos estos días no invita, desgraciadamente, a la esperanza. Si algo nos está salvando de que los psiquiátricos no estén acabando más desbordados que las UCIS de los hospitales es que disponemos de una infinita cantidad de estiércol enlatado que seguir introduciendo en nuestras bocas. Naturalmente, un cambio tan profundo no puede producirse en tan poco tiempo. Además, nuestra cuarentena, como ocurre con todo hoy en día, es una «cuarentena light». ¡Afortunadamente, en aquellos momentos en que empezamos a aburrirnos, a angustiarnos de nosotros mismos, disponemos de mil maneras de distraer nuestra pesada conciencia! Veremos un programa de televisión, una serie, una película, escucharemos alguna cancioncita o leeremos algún articulito que, con un poco de suerte, al cabo de un par de días habremos olvidado por completo. «¡Salve, Estiércol!».

Pero será mejor que, en este punto, me despida: no es mi intención aburrir a nadie...



Etiquetas:   Sociedad   ·   Filosofía Social   ·   Coronavirus

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