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A río revuelto


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27/03/2020

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Dice el refrán que cuando las aguas bajan turbias los más avispados aprovechan la ocasión para hacer negocio. Es esto lo que sucede y suele suceder en situaciones de catástrofe generalizada, en la que algunos se disponen a tomar posiciones para sacar tajada, mientras los verdaderamente afectados permanecen impotentes.

En el momento actual, con ocasión del revuelo generado por lo del virus, ya se dice que hay quien no está dispuesto a pagar por los servicios que se les presta, es decir, ni la luz ni el gas ni el alquiler ni la hipoteca ni nada de nada; mientras que, por otro lado, exigen que a ellos se les pague con cargo al resto de los contribuyentes. Es como si se aprovechara la situación por algunos para tratar de incumplir sus obligaciones, por aquello de no pago porque no me pagan o como estoy en apuros que se encargue el Estado de sacarme las castañas del fuego. La disculpa para no pagar no es válida porque repercute en la marcha del sistema, ya que la seguridad jurídica y social se ven comprometidas, aunque se trate de una situación excepcional. Lo que está claro es que si no se paga hoy, difícil va a ser que se pague mañana el total de lo que se debe.

Entre los verdaderamente en apuros tratarán de colarse los oportunistas, ya que el que más y el que menos tantea el panorama, puesto que se mueve al ritmo de los tiempos, y fundamentalmente porque es consciente de que a río revuelto hay que aprovechar para pedir, porque si cuela cuela. A tal fin, los interfectos, por otro lado, invocan que son personas vulnerables, pero pese a ello es posible que no estén dispuestos a renunciar a la jarana, los viajes, hasta a los cruceros y, por supuesto, al espectáculo, debido a que ya casi son derechos fundamentales, y si sus supuestas necesidades las costea el Estado o sus acreedores, mucho mejor que pagarlas de su bolsillo o echar mano del crédito. De lo que se trata es de pasar la pelota a alguien para aliviar el problema que supuestamente afecta a cada uno, tratando de explotar la tendencia al paternalismo estatal o invocando una solidaridad de circunstancias. Pero en todo caso, lo de dejar de pagar o hacerlo con cargo al Estado, salvo situaciones muy especiales, es algo tan grave que, de tolerarse, afectaría a los cimientos del Estado de Derecho y al orden marcado por la sociedad capitalista, en la que, se quiera o no, vivimos.

Hay otro grupo de pescadores más señalado y fuera de la ciudadanía común, integrado en el el gremio corporativo, que les siguen la corriente para hacer una política de tolerancia con la cara amable. pero pensando en el negocio. Dicen que van paliar situaciones puntuales de necesidad, aunque no está claro si lo harán. No obstante ya se ponen la medalla por adelantado, primero, haciéndose publicidad en los medios y, de otro lado, esperando ganar méritos ante los poderes públicos y contar con la empatía de los beneficiados. A la postre, cada acto generoso que realicen con algún afectado, alguien pagará la factura con intereses, porque el negocio es el negocio.

Alentando tales posicionamientos están algunas políticas sociales que siguen la moda, en realidad estrategias faltas de imaginación, dirigidas simplemente a arañar votos de estómagos agradecidos a cuenta del dinero público. El problema de esas llamadas medidas sociales es que por lo general son parches que no alivian el problema de los afectados y solo tratan de dar buena imagen personal al promotor. La cuestión de fondo es que, más efectivas que los arreglos son las soluciones realistas, pero a tal punto no llega la capacidad de la burocracia y, si se aproxima, le vienen golpes de todas partes.

Al margen de la publicidad y la propaganda que quiera darse a las circunstancias presentes, no estaría de más tener en cuenta que el Estado del bienestar es de todos, con lo que procurarse el mejor bien-vivir posible es asunto de cada uno. De ahí que, como medida de elemental prudencia, no sirve como invocación para no pagar lo de vivir al día. En definitiva, hay que estar a las duras y a las maduras, porque papá Estado no fue diseñado para costear la falta de previsión de una parte de la ciudadanía consumista.



Antonio Lorca Siero



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