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¿Volveremos a la normalidad?


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26/03/2020


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¿Qué es lo que hace pueblo a un pueblo? ¿Cuál es el secreto de la felicidad humana? ¿Por qué la situación de excepción, causada por la crisis sanitaria derivada de la emergencia del Coronavirus genera, en muchos de nosotros, la ambigua y confusa sensación de haber perdido unos hábitos a los que deseamos volver, pero también de haber ganado algunas cosas que, tal vez, nunca habíamos experimentado? ¿De qué carecía nuestra normalidad que sí encontramos en este estado de excepción? Si bien son estas preguntas demasiado ambiciosas como para ser respondidas en un simple artículo, las respuestas a todas ellas se hallan entrelazadas, y en estas líneas trataré de esbozar el nexo que las une.


Toda reflexión nace de un asombro, de una estupefacción ante algún hecho al que, de manera inmediata, no somos capaces de otorgar explicación. Tal sorpresa, en este caso, se formula de manera muy sencilla: ¿por qué son muchas las voces que afirman que podemos ganar mucho de esta desgracia que a todos, de un modo u otro, nos afecta? ¿Qué es eso que ahora sentimos tener, y antes no?

Se ha convertido, en gran medida, en vox populi, la afirmación de que ahora estamos más unidos. No sólo eso, sino que, además, se dice que «el pueblo», de muy diversas formas, está «mostrando su grandeza». El hecho de que algo se repita mucho no garantiza su veracidad, pero, al menos, ha de invitarnos a cuestionarnos sobre ello. ¿En qué se basa tal sentimiento de unión que dicen muchos experimentar? ¿No será acaso una fantasmagoría, una ilusión, un delirio surgido del confinamiento?

No, no lo es. Tal sentimiento de unidad, de comunidad, se debe a que, por vez primera desde hace mucho tiempo, todos tenemos un objetivo común: lograr vencer la batalla contra el virus. Y es en ese sentido que, sumidos en mitad de la angustia y la tragedia, nos invade una secreta satisfacción, nos sentimos reconfortados: la labor que cada cual desempeña, ya sea permanecer recluido en su casa, ofrecer atención sanitaria, proveer de alimentos, garantizar el orden público, o cualquier otra, tiene un sentido, está orientada a un fin claro y, sobre todo, común. Hay algo más grande e importante que nuestra propia comodidad, que proporcionar satisfacción a nuestras necesidades, algo que nos trasciende. Volvemos a ser pueblo; volvemos a ser personas. ¿Lo éramos antes? ¿Estamos, tal vez, atisbando por primera vez en nuestras vidas en qué consisten de verdad ambas cosas?

Un pueblo no es un mero agregado de gentes, igual que una persona no es un simple conjunto de procesos fisiológicos y psíquicos. Un pueblo es un horizonte común, que se persigue en base a unos principios y valores fundamentales. Y ahora, no hay duda de ello, hay un horizonte común, algo que nos une. Por desgracia —resultaría tan ingenuo como mezquino pretender obviarlo—, ese algo que nos une no es más que el temor, y el ansia de retornar a la normalidad. Y, sin embargo, ¿no hay una secreta voz, en lo íntimo de nuestra conciencia, que nos susurra que ahora estamos, de algún modo, mejor que antes?

Es el miedo el que nos une, sí, y nada más que eso, pero, sea como sea, estamos más unidos que antes. Y, ¿no es cierto que sentimos una extraña felicidad al salir a aplaudir cada noche a nuestros balcones? ¿No colma nuestro ánimo de sentido y esperanza agradecer a otros su labor y, a su vez, ver agradecido por otros nuestro esfuerzo? En tales momentos, en algún lugar recóndito de nuestro ser, nos asalta el pensamiento que tantas veces en nuestra vida hemos rechazado: ¿qué clase de «progreso» es ése en que prácticamente nadie es feliz? A veces, el «progreso» nos indigna porque olvida a gran parte de la humanidad. Pero, ¿y si, en realidad, el «progreso» no tuviese «olvidados»? ¿Y si, en verdad, fuésemos todos olvidados del progreso?

Entonces, por un instante, acude a nosotros la dolorosa certeza, casi siempre relegada al más oscuro rincón de la conciencia, interesadamente olvidada, de que no somos un pueblo, sino una mera masa de seres sin horizonte; de que no somos felices, sino que sólo estamos cómodos; de que hay un algo terrible y anormal en nuestra «normalidad», un algo que brota a borbotones, desnudo, cuando tal normalidad se ve quebrada.

Pero pronto damos la espalda a tan angustiosa certidumbre. Encendemos el televisor y criticamos al político de turno, culpable por antonomasia de todos nuestros males, sin percatarnos de que tal acto es, prácticamente, idéntico a colocarnos ante un espejo y comenzar a proferir insultos contra nuestro propio reflejo. Silenciamos aquella incómoda vocecita que todos llevamos dentro: escuchamos música, vemos Netflix, distraemos con pesar nuestros pesares.

Y, cuando el político, al caer la noche, aparece ante nuestras pantallas, asentimos sólo ante una de sus afirmaciones: hemos de conservar la calma, pues volveremos a la normalidad. «Volveremos a la normalidad...», nos decimos, emitiendo un suspiro de alivio. Pero, entonces, aquella voz vuelve a resurgir, indignada ante nuestra cobardía: «¿Volveremos?», nos pregunta. Y nosotros, incapaces de responder, con semblante serio y compungido, encogiéndonos de hombros, enmudecemos.

Etiquetas:   Crisis Social   ·   España   ·   Coronavirus

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