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Entre cuatro paredes


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26/03/2020

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Cuando sientas horror de algo terrible, aunque creas que no puede suceder, debes, no obstante, temerlo.






Séneca, Edipo.









Oídas algunas justicieras voces, y leídos varios escalofriantes artículos, se tiene la impresión de que esta terrible pandemia que estamos sufriendo va a ser la antesala de una feroz y próxima guerra. Se va a desencadenar, ya está en marcha, en cuanto el virus sea vencido. Una vez suceda tal cosa, sin piedad, los justicieros van a exigir responsabilidades a todos los estamentos que han tenido algo que ver con la gestión, pésima según ellos, de la pandemia. Por negligencia, por no haber actuado a tiempo, por no hacer lo que ellos, a agua pasada, pronostican, y cualquier otra cosa que se les ocurra. Cráneos privilegiados, como diría Valle-Inclán. Y sedientos de sangre como un trasnochado Drácula y su caterva de vampiros.





Hoy he leído un chiste gráfico que resume muy bien la situación de una parte del país: un matrimonio, de pie, habla delante de su hija, un bebé. La mujer dice que echa de menos el fútbol. El marido se muestra asombrado, sabiendo que nunca le ha gustado dicho deporte. A lo que ella responde que prefería oír a los hombres como entendidos en entrenadores y arbitrajes de partidos que no como críticos sanitarios. Yo hubiera añadido que también como arbitristas políticos y de cualquier situación de emergencia.





Está muy bien tener sentido crítico, y criticar todo aquello que consideremos que está mal. Pero, como dice la Biblia, hay un tiempo para reír y otro para llorar. Y hay un tiempo en el que debería predominar la solidaridad. Bien entendida, por supuesto. Solidaridad es ayudarse los unos a los otros. Sonreír, dar ánimos. Contestar, por ejemplo, cuando alguien nos saluda. Encerrados en casa con múltiples juguetes, hay personas que siguen aburriéndose. Y la distracción, como siempre, y como es propio de la gente aburrida, consiste en molestar al vecino, así de su enfado hacen befa, y se quedan contentos y satisfechos, se distraen. Es patético, al respecto, el uso que se está haciendo los teléfonos móviles y de artilugios similares. Totalmente insolidario. Recuerdan con su machacona insistencia las llamadas que, hasta hace bien poco, hacían las teleoperadoras para ofrecer gangas y descuentos en todo lo que se tuviera en casa y en el más allá. O esas otras llamadas, un misterio, hechas a través de un ordenador que desconecta la llamada en cuanto se contesta. No he conseguido averiguar qué sentido tiene esto. Afortunadamente los móviles actuales están provistos de un mecanismo que ofrece la posibilidad de rechazar la llamada no deseada, y bloquear el número desde la que se ha producido. Lo cual permite que sólo puede llamar la gente que se selecciona. Es una enorme ventaja. Sócrates tampoco hablaba con cualquiera. Por eso no quiso escribir libros. Seleccionaba a sus oyentes.





No todos pensamos igual. Tengo una amiga, poco socrática en este aspecto, que además es un tanto romántica e ilusa. Me escribió una larga carta, al inicio de la pandemia, para decirme que, seguro, con el largo encierro que se nos venía encima, todas sus amistades le iban a escribir muchas cartas. Eso le permitiría conocer mejor a deudos y parientes, pues ignoraba, de casi todos ellos, cómo escribían. Incluso llegó a quejarse de que hubiera ordenadores, ya que de escribir a mano hasta hubiese conocido la letra de cada uno de ellos. “¿Te puedes creer” -me escribió- “que ignoro el tipo de letra que tienen?”





Le contesté diciéndole que debía dar gracias a los dioses por la existencia de los ordenadores. De lo contrario, le expliqué, le iba a suceder como a esos energúmenos que, en los supermercados, al principio de la pandemia, cargaron con kilos de papel higiénico y con todas las botellas de leche que cabían en la furgoneta que les prestó el vecino. A ella, al igual que a estos, le iban a caducar, si hubiera escrito a mano, y utilizando los buzones, los sobres, el papel y los sellos. Poco después, sin perder el sentido del humor, cierto es, me contestó dándome la razón: nadie le había escrito. Las únicas cartas que recibía eran, como siempre, las del banco y las mías. Pero los bancos también se han apuntado a la moda del móvil. Los buzones que hay en los patios de las fincas, a la entrada, ya no reciben ni publicidad. Las telarañas los están cubriendo. Tienen, pues, una nueva utilidad. He seguido escribiéndole, sí. Y ella a mí. Pero a través del ordenador.





En la última carta, de hoy mismo, me hablaba de la falta de solidaridad entre muchas personas. Ha estado trabajando en un viejo proyecto. Durante largas horas. Y se ha quedado sin folios y libretas. Aprovechando que tenía que ir a la papelería a por material, y le ha costado dios y ayuda dar con una que estuviera abierta, ha pasado también por el supermercado. Allí ha tenido que hacer cola, en la calle. En las grandes superficies se admite un número limitado de personas. En la calle, pues, se iba formando una larga cola, como aquellas que se formaban en las puertas de los cines cuando yo era imberbe.





Me contaba en su larga carta mi joven amiga que es muy curioso cuanto está sucediendo ahora. “Antes” -me escribe- “cuando iba caminando por la calle, y alguien, varios pasos por delante de mí, encendía un cigarrillo o iba fumando, yo me desviaba, me pasaba a la otra acera, o, rápidamente, me colocaba por delante del fumador. Me molesta mucho el humo de los cigarrillos. Si iba detrás, y el aire venía en mi contra, fumaba yo lo que ya se había fumado mi predecesor. No lo puedo soportar. Pues bien, ahora, en cuanto alguien me ve caminando hacia él, dado que no hay tráfico, se baja de la acera, se va la otra, y hace maravillas para esquivarme. No te puedes imaginar cuánto lo agradezco, máxime si los veo con el pitillo entre los dedos o entre los labios. Y lo curioso del caso es que la gente sigue fumando a pesar de que, quien más y quien menos, lleva mascarilla y guantes de látex para evitar coger el virus. Ahora bien, se bajan la mascarilla, fuman, y luego se la vuelven a colocar. No creo que el tabaco mate al bicho, pues, de lo contrario, ya nos hubieran recomendado los médicos que fumáramos todos”.





No, no creo que el tabaco sea efectivo para combatir ninguna enfermedad. Para hacerse con ellas, sí. Afortunadamente ninguno de mis conocidos fuma, así que no habrá necesidad de abrir puertas y ventanas si, después de esta, nos volvemos a reunir para comer y celebrarlo.





“Pues bien” -continuaba mi amiga- “en la cola del supermercado, por supuesto, estaban fumando. No me ha quedado más remedio que decirle a la señora que iba detrás de mí, que me marchaba a la acera de enfrente, pero que no perdía el turno, pues tengo asma, le he mentido, y me molesta el humo del tabaco. No por eso han dejado de fumar. Y hasta de escupir en el suelo.”





Y que todo quede ahí, le he contestado yo recordándole las amenazas de petición de cuentas que penden sobre muchas cabezas. Dicha petición suena más bien a venganza. Lo es. Personaje hay que hasta se atribuye el dolor por todos los muertos, no porque lo sienta, que no lo siente, sino porque así se cree cargado de razón, y clama por todos aquellos que no son sino una excusa para mostrar sus pequeñeces. Miseria y más miseria en tiempos de pandemia y a toda hora. Hay personas que intentan sacar rédito de todo, y mienten y estafan en medio de los mayores peligros y dolores. Me acordé inmediatamente de Marco Postumio Pirgense y de Pomponio Veyetano1.





Tal vez esté traído por los pelos, o no, no lo sé; pero me ha surgido el espontáneo recuerdo de aquellos dos personajes, cónsules y recaudadores de impuestos en unos momentos de angustia. Cuando Roma, tras el desastre de Cannas, se preparaba para enfrentarse a Aníbal, reclutando tropas, víveres y dinero, ellos, muy ladinamente, hundían en alta mar barcos con escasas pertenencias para, a continuación, reclamar al estado el importe por lo que no llevaban aquellas naves. Y así, en medio del desconcierto y el miedo generalizado, consiguieron enriquecerse estafando al estado, a los legionarios y al pueblo de Roma. Cuando se denunció la situación, el Senado no hizo nada contra tamaños personajes, los famosos publicanos, para evitar irritar al orden de los recaudadores en aquellos momentos tan terribles. Me pareció genial la respuesta del senado.





“Sabes” -escribió mi amiga ante mis reflexiones- “que casi siempre te he hecho caso. Pues bien, he seguido muchas de tus recomendaciones para pasar estos días de encierro en casa por culpa de la pandemia. Quiero decir que, tal como me aconsejaste, he leído la Odisea. Y sí, tienes razón, es un libro muy interesante, y muy fresco. No sólo porque gran parte de él está narrado en primera persona sino por las cosas que cuenta, y por las ideas que me ha despertado. Según hemos hablado muchas veces, y has remarcado tú una y otra vez, para los griegos era muy importante la paideia, la educación. Pero esta, y queda muy claro en los libros de Homero, no es la educación que nosotros entendemos o esperamos. Para el griego de la época, para la aristocracia al menos, paideia significaba la lucha por ser el mejor. Eso, interpretado de una determinada forma, fomentó una terrible rivalidad entre ellos. Y un celo excesivo por sus adquisiciones. Y para mí, la educación, como sabes, debería ser la búsqueda de la educación, de la solidaridad. Teniendo esa base bien fija, nos podemos lanzar a la conquista del espacio. No sé para qué, pues si nos conquistamos a nosotros mismos ya haremos más que suficiente”.





Me decía, por otra parte, que no me preocupara tanto por el fin del confinamiento en casa. En cuanto termine este encierro todo volverá a la normalidad. Eso supone, pienso yo, gritos y descalificaciones entre los políticos, que, una vez más, se tirarán en cara los muertos, que pertenecerán a unos y a otros, según quien hable. Supondrá, además, el intento de aprovecharse de unos y de otros por las pérdidas causadas por el cierre de bares, restaurantes y negocios. Todos reclamarán y, como siempre, saldrá ganando quien más poder tenga. El coronavirus ha sido muy democrático: lo mismo ha atacado a ricos que a pobres. Pero, vencido este, se acabó la democracia y la solidaridad por parte de algunos, a las que nadie va a echar de menos. Y se oirá a unos y a otros perorar sobre lo que se tenía que haber hecho y no se hizo. Sí, de cráneos privilegiados en este país vamos sobrados.





“No obstante” -continuaba mi amiga en una de las tantas cartas que me escribió durante aquellos días- “hay pasajes de la Odisea que me han parecido antiguos, desfasados, o que, muy ladinamente escritos por Homero, habría que leerlos al revés. Y que, por eso mismo, no han dejado de provocarme alguna que otra sonrisa. Me refiero expresamente al libro en el que aparece la maga Circe. Las drogas que ella utiliza, o que le hace utilizar el autor, no me han parecido nada del otro mundo. Visto lo visto, transformar a un hombre en cerdo no exige demasiado esfuerzo, ni drogas ni varitas mágicas. Es para lo contrario para lo que sería preciso contar con todas las medicinas de esta mujer y con las de Medea. Y aun así me temo que nos quedaríamos a medio camino”.





“Imagíname” -continuaba la carta de mi amiga- “sonriendo con dulzura y melancolía. Soy optimista. Y con las drogas o sin ellas de estas dos buenas mujeres, se han conseguido bastantes cosas a través de las aulas. Contando siempre con muchos de los padres, por supuesto. Hay personas muy buenas y muy educadas. Y muy solidarias. He visto a muchos vecinos ayudando a la gente dependiente, a quienes no podían salir a la calle porque eso suponía su condena a muerte. He visto mucho heroísmo en el hospital, sí, yo también pasé por allí. He visto a gente llevando comida a personas mayores. He visto mucha solidaridad y bondad. Y ninguna de estas personas va a reclamar nada, ni se va a vengar de nada ni de nadie. No temas, pues: terminará esto, y todo volverá a la normalidad, y actuarán como si nada hubiera pasado.” Sí, muchos volverán a las moradas de Circe, apostillé yo, si es que han salido de allí, que me parece que no.





Ahí es donde estaba en total desacuerdo con mi amiga. Estoy convencido, tal y como se preparan las cosas, que unos y otros van a reclamar los restos del naufragio, provocado o no. Se clamará venganza y muchos harán su agosto, que es de lo que se trata. No hay que olvidar que cuando multaron a estos dos recaudadores de impuestos por continuados fraudes y robos en el avituallamiento de las tropas durante la segunda guerra púnica, todos los publicanos se pusieron de su parte, provocaron tumultos y hubo que cerrar el Senado. ¿A quién se le ocurre no dejarlos enriquecerse con la guerra y el dolor ajeno? ¡Por lo dioses! Hay que sacar rédito de todo. Y para beneficio propio.





El perdedor, como siempre, será el pobre soldado que, en Cannas, o donde fuere, se enfrente con las tropas de Aníbal. Y todo por unos años de miseria que vamos a pasar sobre la faz de la tierra. Pasados esos años, durante toda la eternidad, estaremos confinados bajo ella, tal y como nos recuerda Antígona. Sólo le faltó añadir a esta joven princesa, tras su terrible experiencia de guerras y matanzas, donde perdió a padres y hermanos, que el hombre es el animal más salvaje y cruel de cuantos pululan por la tierra. Y a veces, hubiera apostillado mi amiga, también es el más filántropo. No lo olvido, pero no bajo la guardia. Y sigo temiendo lo peor.









1Tito Livio, Ab urbe condita, libro XXV



Etiquetas:   Solidaridad

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