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Del neoliberalismo a un nuevo orden mundial emergente.


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23/03/2020


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A una semana de confinamiento voluntario en nuestros domicilios para reducir los riesgos de contagio con un corona virus Sars Cov-2 o Covid-19, intento hacer una proyección, y sobre todo instar a un debate, sobre el impacto que esta pandemia tendrá en nuestra sociedad, en la forma de pararnos frente al mundo y en la necesidad que existirá de readecuar nuestras formas de vida y nuestra cotidianeidad, generando nuevas visiones como Estado, para insertarnos en un mundo que no volverá a ser el mismo que hemos vivido por 30 años.




Mientras Estados Unidos y China cruzan acusaciones respecto a la creación del corona virus en laboratorios militares, la humanidad se ha visto remecida por la enorme tasa de contagio que tiene este virus. La Organización Mundial de la Salud, OMS, sólo ha dado recomendaciones generales, pero, ellos, en sus proyecciones epidemiológicas, han sabido desde un principio que la pandemia alcanzaría niveles de catástrofe sanitaria mundial, cuestión que, seguramente, han atenuado comunicacionalmente, para no causar mayor pánico en los países.

Vladimir Putin, ya en enero, había ordenado al gobierno prepararse para este “fenómeno” minimizando la pérdida de vidas humanas. “ Entiendo que el Gobierno, el Ministerio de Salud, el Servicio Federal para la Supervisión de la Protección y el Bienestar del Consumidor harán todo lo posible para que todos estén preparados para esto" . El 31 de enero Putin envió a Xi Jinping un telegrama manifestando que Rusia estaba dispuesto a brindar la ayuda necesaria al pueblo amistoso chino, informando que los departamentos competentes rusos se han orientado hacia la colaboración más estrecha con las estructuras pertinentes chinas a fin de superar lo más rápido posible esta amenaza común.Ese nivel de acusaciones, cruzadas entre superpotencias, escapan de los ámbitos de información que puedan manejar países más pequeños y, lo que debemos entender es que esas hipótesis sí pueden tener asidero y se insertan en una guerra comercial, en un conflicto soterrado, de media intensidad, en conquista de la hegemonía mundial. Aquello escapa a nuestra posición de país tercermundista, un país de economía abierta, que depende en más del 50% del PIB del sector externo.

La pregunta que se debe responder en materia de inserción político económica es cómo Chile podrá readecuar su sistema productivo en un clima de cierre de las economías y de alineamiento con una u otra de las superpotencias que están en pleno desarrollo de sus movidas en el tablero por el poder mundial.

La crisis del corona virus ha mostrado que la Unión Europea, ya resentida por el Brexit, no ha sido capaz de articular una política regional coordinada de manejo de la pandemia y sus efectos. Más bien, se ha visto que cada país se ha batido por las suyas, ha resignado sus ideologías más o menos neoliberales, y ha aplicado medidas de rescate con mayor o menor acento social, que evite el colapso social después de esta pandemia. Cabe colocar como telón de fondo la ola de protestas y estallidos sociales que se venían desarrollando hasta diciembre de 2019, que habían jaqueado a países como Francia o España. Esta fragmentación de la Unión Europea, ha dejado al viejo continente en un papel secundario a nivel global, frente al fuerte liderazgo que ha ejercido Rusia y la influencia tecnológica de China y su multinacional Huawei, que ha introducido una cuña en la alianza histórica con EEUU, en especial de la OTAN.

Al fenómeno socio político de la pandemia, se ha agregado la caída de los precios del petróleo, provocada por la decisión de Arabia Saudita y de Rusia de aumentar volúmenes de oferta, provocando una caída de los precios que se ha ubicado por debajo del punto de equilibrio que necesitan para mantenerse la petroleras norteamericanas y británicas. Obviamente los países petroleros han sentido caer sus términos de intercambio, lo que ha impactado en Irán, en Venezuela y Ecuador.

Los países de América del Sur han recibido los coletazos de la paralización de las economías centrales y la caída de precios y volúmenes de exportación. Salvo México que habría comenzado en enero 2020 a prepararse para la pandemia, el impacto en los demás países ha sido enorme. Rápidamente algunos, como Perú y Argentina, y otros, más gradualmente, como Chile y Brasil, han ido cerrando sus fronteras y tratado de frenar la infección en su fase 1, pero ya todos acometen una lucha con infectados respecto de los cuales la trazabilidad ya no es posible. La quiebra de aerolíneas y de cadenas hoteleras ha sido enorme, la debacle de dos lunes negros no ha tenido fondo. El impacto sobre los fondos previsionales ha sido horrible y, al igual que en crisis como la Subprime del 2008, los afiliados verán desaparecer sus ahorros sin que nadie responda por ello.

Ese cierre drástico de los países, aparece en el mapa mundial como una desintegración del sistema global que veníamos viviendo por tres décadas. El impacto planetario, en tres meses de pandemia ha sido lapidario, con caídas violentas de los mercados bursátiles, lo que refleja una situación de paralización abrupta de la economía global, marcada por el libre comercio y la interdependencia. China ha remontado con éxito la epidemia y ha retomado el funcionamiento de su economía, generando expectativas de recuperación en la actividad minera y de commodities en general.

Pero, lo más admirable del manejo que China ha hecho de su crisis, fue provocar en Estados Unidos una caída brutal del valor de las acciones de las empresas multinacionales norteamericanas que radican en China.

En efecto, los brokers de China, jugando en los mercados de valores para comprar paquetes accionarios deprimidos, lograron tomar posición dominante en esas empresas norteamericanas. Se comenta en fuentes bursátiles internacionales que, en el ajedrez de la guerra comercial, China ha sido audaz y coherente. Se atribuye el éxito en manejos bursátiles de este tipo, al hecho de ser un mega actor que actúa con un lineamiento central, en tanto los mercados occidentales actúan fragmentados con débil capacidad de concertar sus jugadas. En una verdadera paradoja, China Comunista ha jugado con las reglas de los mercados y ha sido más eficaz que los Estados Unidos en estos escenarios turbulentos.

Como una variable más de los ribetes de los escenarios licuados en que nos movemos, destaca la guerra tecnológica que se vive entre potencias por alcanzar la vacuna del corona virus. Por una parte, la industria farmacéutica norteamericana ha intentado ganar la carrera y comprarle a Alemania una vacuna que ya está en proceso de prueba en humanos. Por la otra, tenemos China en una contra ofensiva prestando ayuda a países europeos, como Italia y España, anunciando también avances en obtener una vacuna que ofrecerá a todo el mundo. Y lo propio ha anunciado Rusia. Esta arista, de quién llega primero marcará la hegemonía científico tecnológica y determinará quienes tienen la solvencia institucional para defender la humanidad frente a un virus tenebroso. Y en este resumen, un hito tecnológico es lo que ha demostrado Corea del Sur, al georreferenciar a toda su población y manejar, mediante una aplicación y big data, el desarrollo de la epidemia, en una rigurosidad que ha asombrado a occidente.

Para contextualizar más los cambios que tendrá la economía global, destaquemos la alianza que se ha establecido entre China y Rusia, a la cual podría adherir también India, conducente a establecer un sistema monetario y financiero paralelo al FMI y de Bretton Woods, que podría llevar al abandono del patrón convencional del DEG, Derecho Especial de Giro, para establecer el patrón oro. Además, Rusia, uno de los mayores compradores de oro en el mundo, estaría agregando al nuevo sistema el instrumento de las criptomonedas, que podrían insertarse en un nuevo sistema monetario alternativo, que sería exigible para las operaciones de comercio exterior con esa parte del globo. Estas situaciones ocurren en instancias estratosféricas del poder mundial, pero de aplicarse golpearán en nuestra economía doméstica, en nuestro ordenado sistema monetario y de comercio exterior, debiendo migrar a escenarios que las élites formadas en el neoliberalismo como dogma de fe, difícilmente podrán aquilatar , por lo que se requerirá un recambio profesional para adecuar la economía a estas nuevas formas de las relaciones internacionales.

Retomar una integración regional que nos haga menos dependientes de los mercados remotos, significará necesariamente, reevaluar nuestras relaciones de cooperación con nuestro descuidado barrio. Proyectar la cooperación en materia energética, en integración física y social, en seguridad alimentaria, exigirá desempolvar y aggiornar los estilos de convivencia en que uno de los paradigmas era la sustitución de importaciones y la mejoría de los términos del intercambio.

Reestructurar una economía volcada al sector externo, significará también un reordenamiento territorial y políticas que incentiven la innovación de los recursos primarios. Mantener el modelo extractivo y exportador de materias primas nos condenaría a un coloniaje sin futuro. Pero cambiar estas políticas, necesariamente pasa por recuperar soberanía y consolidar un proyecto país, partiendo por la redacción de una nueva constitución.

Lo que nos aterriza en una premisa: el modelo neoliberal que se impuso en Chile y que concentró la riqueza en una minoría, es insostenible y ha tocado fondo. Pero, el cambio debe ser inteligente y no implica el caos, sino el reordenar los ejes de una economía humana, donde las personas, la comunidad que integramos lo chilenos, alcance un orden democrático en que se logre, sin ideologismos añejos, mirar y actuar activamente en el nuevo mundo que sobrevendrá después de esta crisis.

Hernán Narbona Véliz, Periodismo Independiente, 22.03.2020







Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Economía   ·   Relaciones Internacionales   ·   Democracia   ·   Globalización   ·   Política Exterior   ·   Sociedad Civil   ·   Comercio Internacional   ·   Coronavirus

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