Prudencia

         Si bien algunos pudieran creer que la prudencia es una virtud teológica, la propia secularización de los últimos siglos, han llevado a esta conducta a ser una virtud cívica de irrefutable eficacia. 

 


         Surgida la prudencia como atributo social de la reflexión de la sabiduría antigua, y presente por cierto en Aristóteles, que la consideraba un modo de ser racional, relacionada con la disquisición de lo que es bueno o malo para las personas, ella quedó ligada a las cualidades de la sabiduría. Ser prudente pasó a ser virtud del hombre sabio.

          La secularización y la contemporización, lejos de aquellas reflexiones clásicas, requieren de la prudencia en la práctica civil, en la necesidad de la construcción del hecho colectivo, especialmente cuando este se manifiesta en el ejercicio de la democracia.

          La democracia y las conductas democráticas exaltan la prudencia como virtud cívica manifestada conductualmente, porque ella permite ponderar adecuadamente – y ojalá con justicia - todas las decisiones, más aún cuando lo que es bueno para unos será seguramente malo para otros.          Tal es que, frente a las acechanzas que marcan el tiempo histórico – políticas, sociales, sanitarias, medioambientales, económicas, rediáticas, etc. – apelemos a la prudencia como una virtud personal que eduque y civilice al prójimo, para bien de toda la sociedad.

UNETE



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