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Artefactos Nefastos_Semáforos


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15/03/2020

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Tras multitud de trayectos en los cuales reflexionar sobre las cosas más absurdas pero a la vez cotidianas de nuestra existencia, surgió esta nueva sección del blog denominada “Artefactos Nefastos”. Un sentido homenaje a esos pequeños inventos concebidos para mejorar humildemente nuestras vidas, pero que con el paso del tiempo, se han acabado convirtiendo en protagonistas inesperados de nuestros peores pensamientos.






Quizás sea mejor comenzar con un ejemplo sencillo, para facilitar así la comprensión de este objetivo y de paso animar a aquellos que terminen por leerlo, a proponer sus propios candidatos a “Artefacto Nefasto” del mes.





Como era de esperar, no se me podría ocurrir una mejor manera de iniciar este nuevo reto, que con ese maravilloso adelanto tecnológico que permitió a nuestra sociedad desenmarañar un tejido urbano cada vez más dinámico y complejo. Un catalizador capaz de organizar el mismísimo caos mediante un sencillo código audiovisual que años más tarde forma sin duda parte del imaginario colectivo, hasta el punto de resultar impensable o incluso inadmisible, su ausencia.





Efectivamente, estas palabras se dedican a la señal de tráfico por excelencia. Sí. El semáforo.





¡Qué grandiosa excelencia la suya! Con un mínimo cambio de tono, logra paralizar los más feroces motores sin la más mínima discusión. Un sencillo elemento que, reproducido de forma exponencial, se erige en complejo sistema de coordinación, a través del cual organizar las comunicaciones entre las distintas vías públicas que componen toda ciudad. Un juez inanimado que establece con total eficacia los turnos concretos entre vehículos y peatones. Entre paralelas y perpendiculares. Entre ciertos inmuebles e inciertas carreteras.





Una idea sin precedentes, que sin embargo, ha dado lugar a innumerables consiguientes. Casi me atrevería a decir que demasiados. Tantos que nos resulta imposible contarlos en nuestras calles. Tantos, que llega un momento en que casi somos capaces de obviarlos. Pero no.





El ser humano cuenta con los recursos necesarios para adaptarse a los más incómodos condicionantes, en tanto en cuanto, estas circunstancias se repitan con una mínima frecuencia. Mientras nuestro oído logra silenciar el paso reiterativo de un tren, o incluso habituarse al ruido atroz de un aeropuerto cercano, aún no conozco humano alguno que haya encontrado la fórmula para ningunear la aportación lamentable de estos nefastos artefactos.





¿Quién no se ha visto alguna vez absorto frente al volante, contando de forma inconsciente los segundos que le separan de esa ansiada luz verde que nos permite avanzar los escasos metros que nos separan del próximo representante de tan diabólico despliegue tecnológico?





En mi caso, me enerva descubrir la inmensa y valiosa cantidad de tiempo que destino, obligado, a tan rutinaria penitencia. No es que pretenda circular sin límites por las calles que me rodean. No. Más bien, soy de los que piensa que no es necesario programar estos malditos “cacharros” para que se vayan sucediendo matemáticamente hacia el fatídico rojo, conforme nos vamos acercando a la velocidad permitida hasta sus inmediaciones. No logro entender el verdadero objetivo que podría justificar que el técnico de turno que los regula, se empeñe en fastidiar nuestras vidas de semejante manera. Así que prefiero pensar que ha de existir alguna razón. Simplemente, no he disfrutado aún de los semáforos necesarios para descubrirlo.





Se podría llegar a pensar que el primer objetivo es permitir que fluya el tráfico para evitar accidentes o incidentes en la urbe. Creo que sobra explicar que en este caso se está intentando denunciar precisamente la ausencia total de fluidez. Dicho esto, otra alternativa sería la intención coherente de controlar la velocidad media del tráfico rodado. No esta mal. Sin embargo, ¿nadie les ha comentado que la mencionada sucesión de paradas injustificadas no hace sino desesperar al conductor y, por tanto, fomentar que acelere su marcha para evitar que tan temido bucle de interrupciones se pueda llegar a cebar con ellos?





En esta misma línea, mejor me ahorro el argumento del calentamiento global y la reducción de las emisiones, ¿verdad?





Por favor, aprovecho estas palabras para recordarle a estos eficientes empleados, que bajo esos puntitos que decoran divertidos sus monitores, nos encontramos personas normales con la firme intención de cumplir con nuestros objetivos más inocuos, sin otra intención que cumplir con las normas sin que ello suponga renunciar a nuestra paciencia o incluso felicidad.





Puede que suene exagerado o innecesario, pero no veo razón alguna para que un tramo de vía de aproximadamente dos mil metros, entendida como trayecto principal sin desvíos ni incorporaciones desde o hacia vías secundarias, nos deleite con la friolera de diecisiete semáforos consecutivos y tres rotondas como divertidos silencios en tan molesta melodía. Estamos hablando de uno de estos artefactos por cada poco más de ciento quince metros; no más de cien, si consideramos las rotondas como detenciones o interrupciones equivalentes. ¿Son conscientes de que, a una media de treinta segundos por semáforo, esto supone un total de ocho minutos y medio de desesperante espera?





Para que se hagan una idea, es más de lo que tardaría un maratoniano en recorrer la totalidad del trayecto a pie. Es decir, si pudiéramos acumular el tiempo detenidos, nuestro rival alcanzaría la meta sin que nosotros hubiésemos podido siquiera iniciar nuestro camino. ¿Radical?





Pues esa es mi realidad cotidiana, y puede que la de muchos de vosotros.





No me malinterpreten, no defiendo el caos ni la anarquía rodada. No. Tan sólo reclamo un poco de sensatez. La justa y necesaria para recordar el verdadero motivo por el que se inventaron estos artefactos, hasta el punto de recobrar la merecida cordura que los aleje de tan nefasto resultado.





Muchas gracias por su tiempo. Piensen que en lo que tardan en leer este artículo, podrían haber disfrutado de unos diez o doce semáforos.





Caminante, se hace camino al andar. No al esperar a que la maldita lucecita se torne finalmente en verde.





Un placer.



Etiquetas:   Arquitectura   ·   Urbanismo   ·   Sociedad

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