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Acueducto y polémicas


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07/03/2020

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La polémica es inútil cuando no hay esperanza de que sea provechosa.






Juan Luis Vives, Introducción a la sabiduría.









La primera vez que vi aquel acueducto fue en compañía de unos vecinos. Me hablaron de él brevemente. Coincidimos en el ascensor. Llevaba yo varios libros para prestárselos a un amigo. Sobre Roma y sus conquistas. Le llamaron la atención a mi vecina. Comenzamos a hablar. Y no tardó nada en salir a colación el acueducto romano de Chelva. No lo conocía. A la semana siguiente me invitaron a visitarlo y a comer en un conocido restaurante de la zona. Acepté.





Ni mis vecinos ni yo somos especialistas en ingeniería romana, ni en nada. Vimos pues, el famoso barranco, salvado por unos arcos, que permanecen en lo más profundo del mismo, sin plantearnos de dónde provenía el fragmentado canal que sustentaban.





-Y eso -me dijo ella en tanto lo cruzábamos- el estar hundidos en el barranco, es lo que los ha salvado, pues los vecinos acarreaban piedras del acueducto para sus particulares construcciones.





-Es lo que ha sucedido siempre -le repiqué-. Unos y otros reutilizan los elementos anteriores.





-Los elementos y las religiones -añadió él- y la filosofía, y todo.





-Ninguna sociedad es original. Se edifican las unas sobre las otras. La clave, creo yo, está en escoger lo mejor de cada etapa que nos ha precedido.





-Sí; pero hay ciertas cosas que se deberían respetar.





-Nadie lo discute. Aunque conservar el patrimonio es cuestión de sensibilidad y, tal vez, de no pasar hambre. En este país se han vendido muchas cosas porque no había dinero. Y por ignorancia.





-Y por intereses.





-Sí, desde luego -dije recordando que el magnate, retratado en la película de Orson Wells, Ciudadano Kane, se llevó una ermita del románico español, desmontada piedra a piedra, con la connivencia del gobierno.





Cruzamos el barranco caminando sobre el acueducto. Y nos introdujimos en él. En su primer tramo, todavía cubierto, discurriendo bajo la montaña, hay que andar con cuidado. Tiene poca altura; y el suelo cuando no está encharcado no es muy de fiar. Aun así, casi a oscuras, recorrimos unos metros del antiguo canal. Hasta dar en la famosa abertura llamada, cómo no, Ventana del Diablo.





No pudimos ir mucho más allá. Recuerdo que en aquella primera excursión no me planteé de dónde salía el agua que discurría por el acueducto. Es decir dónde estaba el manantial de captación, y a qué poblaciones la llevaba.





-Esperábamos -dijo ella en la comida un tanto decepcionada- que tú nos explicaras algo del acueducto.





-Lo siento -repliqué-. Sé algo de latín, pero en cuestión de construcciones romanas, y de todo tipo, soy un ignorante.





-No se puede abarcar todo en esta vida -sentenció comprensiva.





Volví al acueducto al cabo de varios años. Habían puesto sobre el suelo un entarimado de madera. Eso me permitió recorrer tramos que me había dejado de lado en la excursión anterior. Seguí caminando por el canal aun cuando este ya estaba a cielo abierto. Pero hubo un momento en el que, por derrumbes, maleza y por la propia montaña, me resultó imposible continuar avanzando. Entonces sí, entonces me hubiera gustado saber a dónde conducía el acueducto, y de dónde provenía el agua que discurría por él. Vi un documental, en la televisión, en el que se aseguraba que tomaba el agua de una fuente de Chelva, y desaguaba en Liria, en la termas mandadas construir, creo, por Cornelius Nigrinus. La explicación me pareció lógica y coherente. Ocupado en otras cosas, no indagué más.





Al cabo de poco tiempo, sin embargo, se publicó un estudio que venía a sustentar que ese acueducto es uno de los más largos de la Península. Y que el manantial de captación no es el que se había creído, ni desaguaba en las termas de Liria. Se movió una cierta polémica. Interesado hasta cierto punto, fui a la charla que dio el investigador en el pueblo donde, según él, está el manantial que alimentaba al acueducto.





Tras la breve charla, seguida de la visita al manantial de captación, llamé a mis vecinos para contarles lo que había oído y leído sobre aquellos restos romanos que les habían interesado. Y cuya longitud estaba generando ahora una pequeña polémica.





-¿Y tú que opinas? -me preguntó ella- ¿Es uno de los más largos de la Península o no?





-Sinceramente no lo sé. Tampoco me importa mucho. A mí siempre me ha faltado capacidad de abstracción. En la charla eché de menos un trazado del recorrido del acueducto, y que se me fuera indicando cada una de las fotos que presentó el conferenciante a qué tramo correspondía.





-Por lo que has contado -intervino él- no le falta razón: aquí somos muy dados a pensar que toda la zona de regadío fue hecha por los moros. Y parece ser que no es así.





-Seguramente, y como dijo también el conferenciante, los árabes aprovecharon las obras que habían dejado los romanos, como estos aprovecharon monumentos visigodos, y cuanto encontraron a su paso.





-La otra vez, cuando fuimos a visitarlo contigo, ya dejamos claro que no sólo los monumentos sino la literatura, la filosofía, la religión, todo, en fin, bebe de lo anterior.





-Por supuesto. Y tal vez ahí tengas la respuesta de porqué el cristianismo prohíbe el teatro y lucha contra toda la mitología griega. Lucha contra lo que no puede aprovechar. Las cosas que le son útiles, las deja o las anota como avances de Cristo, o algo similar. Es lo que sucede, por ejemplo, con Prometeo. Su encadenamiento en el Caúcaso evoca, según ellos, la crucifixión de Cristo.





-¿Y tú crees que es así? -preguntó ella incisiva.





-No lo sé. Sinceramente no lo sé. Pero hay cosas que se repiten a lo largo de la historia. La manzana de Eva, por ejemplo, como fruto sensual, ya aparece en la mitología griega. Y la diosa doncella. Y la diosa que da a luz sin contacto con ningún hombre… Hay muchas coincidencias.





-Y dime una cosa -me dijo sonriendo- ¿Todas estas polémicas sirven para algo? ¿Son útiles?





-Tampoco lo sé. Imagino que es interesante conocer las antiguas construcciones. No lo sé. Del acueducto original queda poco… Y el salón de actos, donde se dio la conferencia, había más alcaldes y concejales de los pueblos vecinos que gente interesada en los monumentos romanos. La explicación es muy sencilla: van en busca de reclamos para ofertar cultura y paisajes; y atraer, sino a las industrias, al menos a los excursionistas a sus pueblos. Te estoy hablando de eso que se ha dado en llamar la España vaciada, es decir, los pueblos que se están muriendo.





-¿Nadie le dio la réplica al conferenciante?





-Con la excusa de que se hacía tarde, no se dio opción ni a que se hicieran preguntas.





-Sospechoso. Muy sospechoso.





-Eso pensé yo también. Esperaba que hubiera allí representantes de otras teorías o hipótesis. Si estaban, nada pudieron decir.





-¿Y qué opinas tú? -volvió a preguntar ella inquisitivamente.





-Nada. No puedo opinar porque me faltan datos. Y mantener una discusión o una polémica que no conduce a nada, me parece absurdo. Yo también me quedé con ganas de hacer preguntas. Aunque no sé si las respuestas hubieran solucionado algo. No lo sé.





-Eso de dar soluciones es muy relativo. Estas cosas más que solucionar aportan datos para la investigación, o la historia, ¿no crees?





-Sí, desde luego. Pero como algunas de estas hipótesis o teorías chocan contra otras, sustentadas por profesores y catedráticos, unos y otros se enzarzan en duras polémicas, y se defienden como gatos panza arriba. Parece que a algunos les va la vida en ello.





-Un poco inútil todo esto.





-No creo que sea inútil -le repuse-. Ahora bien, no puedes pretender que porque este acueducto sea más largo que aquel, nosotros vamos a ser distintos o mejores que los vecinos que no tienen acueducto.





-No. No iba por ahí. Ni se me ha ocurrido pensar semejante cosa.





-Perdóname -dije-. No era mi intención atribuirte la necedad que acabo de decir… A mí esto de indagar en el pasado me recuerda lo que le sucedió a conocido de mi familia. Por cierto, me dio clases de latín y de griego. Y sabía muchísimo. Pero tanto leyó e indagó sobre los mitos, el origen de las religiones y la filosofía que, siendo cura, colgó la sotana y se hizo profesor.





-Eso si que es sufrir una crisis -apostilló él.





-Relativa. Como hemos dicho antes, rara vez se edifica algo nuevo. Sí, es cierto, este hombre dejó de ser cura y se hizo profesor. Pero se convirtió, al mismo tiempo, en la persona más buena que he conocido en mi vida. Fue un verdadero filántropo. “Dios -me decía- podrá existir o no. Podrá ser una copia de Zeus, o ser un chistoso, el gracioso de la clase, que le gusta disfrazarse y aparecer de formas diversas a lo largo de la historia. No lo sé. Se me hace muy difícil creer que sea un ser rencoroso capaz de condenar a alguien para toda la eternidad. Ni el mismo Zeus lo hizo. De todas formas, da lo mismo. Lo importante es que nos tenemos a nosotros. Y es a nosotros, entendiendo por nosotros a todo el mundo, a quienes tenemos que amar y respetar por encima de todo. Si hay más, ya lo veremos a su debido tiempo.”





-Me gusta esa conclusión -dijo ella sonriendo abiertamente.





-Yo conozco una historia contraria -dijo él-. Un amigo me contó el otro día que conoció a un sacerdote muy mayor. Este, de muy joven, asistió a la última ejecución de una persona condenada a muerte en Valencia. Fue una mujer. Esta, con matarratas, envenenó a no recuerdo cuántas personas. La hallaron culpable y fue condenada a garrote vil. Decía que aquello fue horrible. El verdugo se negaba a ejecutar a una mujer. A esta la tuvieron que atar a la cama porque se pasó la noche anterior a la ejecución gritando, llorando, intentando arrancarse las ligaduras. Y al verdugo medio lo emborracharon… Horrible. El amigo de mi amigo era el ayudante de un abogado, o algo así. Asistió a la terrible ejecución…





-Como la película El verdugo, de Berlanga.





-Más horrible y patético. A este hombre, muy joven entonces, le impactó aquella brutal ejecución de tal forma que se fue a un seminario y se ordenó. Y según mi amigo también era una bellísima persona.





-Pues ya tenemos la polémica servida -sonrió ella- A falta de acueductos buenos son los sacerdotes. ¿Quién te parece que actuó mejor?





-Los dos -respondí devolviéndole la sonrisa-. Mira, hace tiempo fui a no sé dónde, no lo recuerdo ahora, creo que fue al museo arqueológico. No estoy seguro. Fuera donde fuese, me enseñaron un sarcófago, etimológicamente, un comedor de carne. Este sarcófago, de mármol, enorme, tenía una particularidad: un pequeño orificio en la base del mismo. “¿Sabéis por qué tiene ese orificio?” -nos preguntó la guía. Y no, no lo sabíamos. Nadie contestó. “Porque -nos explicó ante nuestra cara de asombro- lo reutilizaron como bañera”.





-¡No me digas! ¡No me lo puedo creer! -exclamó ella.





-Pues a mí no me asombra lo más mínimo.





-Sea como fuere, no discutamos porque no vamos a solucionar nada.





-¿Y el acueducto? ¿Es el más largo o no?





-Seguiremos investigando.



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