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"Poetas y Poesías" María Elena Walsh


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29/02/2020


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Me dijeron que en el reino del revés


nadie baila con los pies,

que un ladrón es vigilante y otro es juez

y que dos y dos son tres.

(“El reino del revés”, María Elena Walsh)

“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Ávarez.

Hace menos tiempo del que parece, pero más del que me gustaría reconocer, no por nada, sino porque ello supone que me hago mayor a una velocidad de vértigo, llevaba yo a mis hijos al colegio y en el coche siempre sonaban las mismas canciones infantiles, unas más acertadas y hermosas, otras no tanto…

Y entre esas canciones bonitas que, además, me hacían evocar recuerdos de mi propia infancia, se encontraban las de un viejo disco infantil interpretadas por la prodigiosa voz de Rosa León. Había una en especial que a mis hijos les encantaba y, por qué no decirlo, también a mí por lo divertido y a la vez absurdo de su letra. Se titulaba “El reino del revés”.

De eso ya han pasado varios años, pero la vida es caprichosa y ha querido llevarme de la forma más inesperada de vuelta a esa canción, pero ahora en forma de poema. Examinando algunos artículos periodísticos sobre poesía que, también por casualidad, llegaron a mí, encontré a una autora cuya existencia no conocía, María Elena Walsh, poeta argentina nacida en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires, el 1 de febrero de 1930, por lo que ahora tendría la nada despreciable edad de 90 años.

Desafortunadamente falleció en 2011, pero su legado ha sobrevivido, como no podía ser de otro modo, para deleite no solo de niños, sino también de adultos.

María Elena Walsh fue una poeta precoz, pues ya a sus tiernos catorce años escribía una poesía digna de los más afamados autores. No en vano publicaba ya en medios tan importantes como “El Hogar”, el diario “La Nación”, los “Anales de Buenos Aires”, que dirigía Jorge Luis Borges, o “Sur”, de Victoria Ocampo, que contribuyeron a consagrarla como una de las voces más importantes y originales de su generación.

Sin olvidar que poetas como Pablo Neruda o Juan Ramón Jiménez se hallaron entre sus primeros lectores.

A los diecisiete años publicó su primer libro, Otoño imperdonable (1947), en el que destaca su dominio de la poesía clásica y sobre el que volveremos más adelante. Tras pasar unos meses en Estados Unidos en casa de Juan Ramón Jiménez, tiempo que fue esencial para su formación, ya de regreso a Buenos Aires comenzó a frecuentar los ambientes intelectuales y literarios y escribió ensayos en diversas publicaciones. Más tarde, viajó a Europa con su amiga la también poeta Leda Valladares, formando ambas un dúo musical que recorrió los clubes nocturnos parisinos cantando canciones tradicionales argentinas.

Este periplo le permitió también entrar en contacto con los ambientes intelectuales, comenzando a compaginar su vocación musical con la composición de sus primeros poemas para niños, que musicalizaba de forma magistral, y que reunió años más tarde en el libro Tutú Marambá. En estos poemas, plagados de lirismo, destaca la perfección rítmica. Sus contenidos, no ajenos al folclore, están repletos de lecciones, algunas contadas de forma disparatada, que han logrado hacerlos llegar hasta hoy y con vocación de permanecer para siempre en nuestro recuerdo.

Ejemplos de ello son La mona Jacinta (1960), El reino del revés (1965), los Versos tradicionales para cebollitas (1966) o La canción de la vacuna (el brujito del Gulubú) todos ellos poemas que a la vez son canciones, una forma sencilla y certera de que los más pequeños se adentren en el mundo de la poesía sin darse cuenta. Estos versos abren el camino para que los niños comiencen a apreciar la lírica como si de un juego se tratara, iniciarlos para que adquieran el gusto por este género.

Pero María Elena Walsh no solo escribió poesía para niños, aunque lo de “para niños” yo lo entrecomillaría (como he hecho) porque, por un lado, realmente estos poemas no tienen edad y, si no, lean ustedes alguno de ellos y se darán cuenta de que lo tenían escondido en el fondo de sus mentes sin saberlo, tal vez a modo de poema tal vez de canción. Y por otro, María Elena toca en ellos hábilmente temas políticos de la época de la dictadura militar argentina, como sucede en El reino del revés, aparentemente una inofensiva canción infantil.

Y es que muchos de los títulos y versos de sus obras encierran metáforas de los diferentes momentos políticos de Argentina.

Pero sus obras no solo eran para niños o con mensajes subversivos, también hallamos su lado romántico, sentimental, fresco y apasionado en poemas como Canción o Entonces.

Otoño imperdonable (1947) fue el libro con el que se dio a conocer con tan solo diecisiete años, y cuya publicación pagó de su bolsillo. Este libro recoge una serie de poemas que había venido escribiendo desde su entrada en la adolescencia. Destaca en él la destreza con la que Walsh maneja el lenguaje, la aparentemente natural fluidez de sus expresiones, así como la musicalidad de sus versos, lo que conlleva una madurez inusitada para una poeta tan joven.

Muestra de ello es este fragmento del poema XXXVI de Otoño imperdonable:

Que sopla el viento de otoño,

que sopla y no nos perdona.

Que viene y lleva la vida,

que viene y deja las hojas

en ocres y otros matices...

se lleva el verde, y deja

marrón sus tristes arrugas.

Destruye las nervaduras.

(…)

En 1951 publica Baladas con Ángel, también para adultos, libro de poemas editado de forma conjunta con Argumento del enamorado, del poeta y novio de María Elena por aquel entonces Ángel Bonomini. En este poemario, la autora recurre a la balada como forma de expresión, apreciándose en sus versos la alegría que siente por la llegada del amor a su vida. La obra poética en general suele ser el vehículo mediante el que sus autores conducen y dan salida a sus más hondas emociones y eso es precisamente lo que María Elena Walsh hace en Baladas con Ángel, en la que también se aprecia un cierto trasfondo de insatisfacción que no tardaría en aparecer.

En 1965, sin abandonar la infantil, publica Hecho a mano, un libro de poemas plagado de lugares comunes y expresiones coloquiales, que se convirtió en un éxito inmediato por la actualidad de los temas que trataba, así como por su calidad poética.

María Elena Walsh ha recibido, tanto en vida como a título póstumo, innumerables reconocimientos y premios, otrora merecidos. Destacamos su nombramiento de Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, así como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Córdoba; el Premio “Konex de Platino y de Honor en Letras”, el Highly Commended del Premio “Hans Christian Andersen” de la IBBY (International Board on Books for Young People) o el “Premio de Honor del Fondo Nacional de las Artes”.

Como ejemplo de su poesía adulta y, además, de la crítica social que sus composiciones solían llevar intrínseca, cerramos este post con el poema titulado Eva que, dedicado a Eva Perón dentro del volumen Canciones contra el mal de ojo (1976), llegó a ser censurado por la fuerte crítica que contiene sobre el estado en que se encontraba el país, sobre cómo se vivía entonces en Argentina.

Eva

Calle Florida, túnel de flores podridas.

Y el pobrerío se quedó sin madre

llorando entre faroles sin crespones.

Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra

sufrían rencorosos por decreto

y el órgano por Radio del Estado

hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.

El Barrio Norte tras las celosías

encargaba a París rayos de sol.

La cola interminable para verla

y los que maldecían por si acaso

no vayan esos cabecitas negras

a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.

Y los grasitas con el corazón rajado,

rajado en serio. Huérfanos. Silencio.

Calles de invierno donde nadie pregona

El Líder, Democracia, La Razón.

Y Antonio Tormo calla «amémonos».

Un vendaval de luto obligatorio.

Escarapelas con coágulos negros.

El siglo nunca vio muerte más muerte.

Pobrecitos rubíes, esmeraldas,

visones ofrendados por el pueblo,

sandalias de oro, sedas virreinales,

vacías, arrumbadas en la noche.

Y el odio entre paréntesis, rumiando

venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras

gimiendo en el cordón de la vereda.

Lágrimas enjuagadas con harapos,

Madrecita de los Desamparados.

Silencio, que hasta el tango se murió.

Orden de arriba y lágrimas de abajo.

En plena juventud. No somos nada.

No somos nada más que un gran castigo.

Se pintó la República de negro

mientras te maquillaban y enlodaban.

En los altares populares, santa.

Hiena de hielo para los gorilas

pero eso sí, solísima en la muerte.

Y el pueblo que lloraba para siempre

sin prever tu atroz peregrinaje.

Con mis ojos la vi, no me vendieron

esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52

¿Qué importa donde estaba yo?

 

No descanses en paz, alza los brazos

no para el día del renunciamiento

sino para juntarte a las mujeres

con tu bandera redentora

lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,

metiste a las mujeres en la historia

de prepo, arrebatando los micrófonos,

repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero

¿Quién va a tirarte la última piedra?

Quizás un día nos juntemos

para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras,

las madres incesantes, las rameras,

las que te amaron, las que te maldijeron,

las que obedientes tiran hijos

a la basura de la guerra, todas

las que ahora en el mundo fraternizan

sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila

y huyas de las estampas y el ultraje

empezaremos a saber quién fuiste.

Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,

única reina que tuvimos, loca

que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas

y las violadas en los teleteatros

y las que callan pero no consienten

arrebatemos la liberación

para no naufragar en espejitos

ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia

el tiempo habrá pasado en limpio

tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste,

fanática, leal, desenfrenada

en el candor de la beneficencia

pero la única que se dio el lujo

de coronarse por los sumergidos.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar basta

aunque nos amordacen con cañones.





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