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Doctrina


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21/02/2020

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La parafernalia imperante en los tiempos modernos, que adorna con derechos y libertades sin número el panorama existencial de las personas, haría creer a los incautos que todo esto es real. Craso error, porque solamente ha cambiado la fachada del edificio, a la que se ha dado una mano de pintura de llamativos colores para dar buena impresión a los observadores. El fondo sigue siendo el mismo. Básicamente porque se trata de que domina el elitismo sin contemplaciones, lo que significa que una minoría viene a decir a todos lo que hay que hacer o dejar de hacer. Tal privilegio, llamado autoridad, no obstante puede ser discutido al objeto de procurar algo de entretenimiento, finalmente tiene que ser acatado porque así lo exige el poder. Pero no habría que olvidar que la doctrina, respaldada por cualquier sistema de poder, sin procurar bienestar a las masas, dispone de un corto recorrido.

Ahora, para llegar a gozar del beneficio de la autoridad basta con que los aspirantes, acogidos al plantel de la clase política, promocionen un proyecto que a la sazón ilusione a los votantes. Una vez ascendidos al sitial, por obra y gracia de las urnas, la argumentación que ha servido de tapadera debe reforzarse, utilizando los medios que otorga el ejercicio del poder, para garantizar su permanencia en el puesto. A tal fin hay que echar mano de la doctrina, un producto intelectual destinado a promover el lavado de cerebro colectivo y orientar el pensamiento en una dirección. Se trata de un conjunto de creencias confeccionadas ocasionalmente para la defensa de los intereses del grupo dirigente, que son de obligado cumplimiento para la generalidad. Su finalidad material es tratar de asegurar la permanencia en el poder de sus patrocinadores el mayor tiempo posible. A tal fin, los fieles acogidos a ella, sea por propia voluntad, por decreto o por la conveniencia, tienen que aparcar sus convicciones, renunciar a seguir lo que aconseja el sentido común y entregarse ciegamente al catecismo doctrinal, porque solo hay una verdad y esta se encuentra en el credo oficial. Del otro lado, la doctrina pasa a ser un producto para garantizar el elitismo político y tratar de justificar el lugar de privilegio que ocupan las minorías dirigentes. En el juego marcado por las doctrinas, quienes exhiben como bandera política las libertades y el progreso acusan al contrario de doctrinario, sin embargo la doctrina no es patrimonio de ningún color del espectro político, ya que todos, cuando disponen de la ocasión que les brinda el ejercicio del poder, tratan de imponer sus dogmas a las masas para dejar patente el espíritu de dominación del grupo selecto.

Cuando imperan los derechos y las libertades, de las que hoy dice disfrutar el mundo moderno, no hay blindaje frente al adoctrinamiento, porque la doctrina curiosamente se aplica en nombre de la libertad e incluso de los derechos, con lo que el tinglado ha sido sólidamente montado. Frente al asedio del pensamiento lineal, solo cabría la opción de recuperar el valor del sentido común, como forma de razón al alcance de todos, pero tampoco aquí hay posibilidades. Ya que, siguiendo la misma tendencia marcada por la apariencia, las masas han sido embaucadas por las modas y ahí están, mirando expectantes la ocurrencia comercial del momento. Huérfanas del espíritu lejano de la Ilustración como guía, el sentido común se ha visto sensiblemente afectado por la influencia del mercado. Intelectualmente desprotegidas, ya no hay amparo, porque las supuestas libertades y derechos se encuentran ante el muro de la doctrina que los encierra en su espacio oficial. Frente a la doctrina, cabría tal vez el refugio del Derecho, el problema es que la ley se cambia y la jurisprudencia, a la que cabría ser independiente, no puede superar los influjos externos que proceden del otro lado de la ley. Con lo que, desprotegida la ciudadanía, queda muy poco espacio para que luzca la racionalidad.

Consecuencia derivada de esta suerte de libertades modernas para disfrutar dentro de la jaula, es que los dogmas de actualidad se imponen sin oposición y acortando espacios para el debate real, en un ambiente asfixiante en el que solamente se escucha el monólogo del poder. Se ha estrechado el cerco de tal forma que al pensamiento libre no le queda otra que convivir, guardando las debidas reservas mentales, con las creencias doctrinales de moda. Simples productos de circunstancias resultado del contubernio político-empresarial, secundado por votantes agradecidos y consumistas, para que, con ayuda de la doctrina del momento, el negocio prosiga saludablemente.

Hay que tener en cuenta que, consciente de los fines de la doctrina, la mayoría la sigue por cortesía, aunque sea desde la distancia, y transige con lo de moverse aparentemente en su línea. Mas, aunque haya triunfado en la forma, no puede impedir que el pensamiento individual camine por libre. El sentido de utilidad no ha desaparecido y en tanto se mantenga el bienestar de las personas seguirán el juego, pero, si los cálculos fallan y lo del bien-vivir se acaba, la doctrina se irá, al igual que sus promotores, por el desagüe.

Antonio Lorca Siero.



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