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Ideologías de mercadeo


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20/02/2020

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La que un día llamaron ciencia de las ideas ha decaído mucho, porque no ha avanzado como ciencia —aunque nunca lo fue— ni como idea dispuesta para la acción ni como construcción intelectualmente relevante. Las ideologías están en franca decadencia. Ahora se vende como ideología política casi de todo, a la manera de un simple producto comercial que se saca al mercado de las urnas para que sus promotores traten de hacer un buen negocio. Por lo que resulta poco menos que sorprendente que a estas alturas de la civilización la gente se entretenga hablando o defendiendo acaloradamente ideologías e incluso se llegue a practicar la violencia en su nombre.


Pese a la deriva mercantil tomada por algunas ideologías, hay que considerar, de un lado, su atractivo como nexo de conexión entre personas, ya que al amparo de sus planteamientos surgen agrupaciones que en último término aspiran a cambiar el mundo que les rodea, tratando realmente de construir una sociedad mejor. Por otra parte, destaca el valor humano de sus seguidores en cuanto a que parecen moverse desinteresadamente siguiendo el compás marcado por las ideas en las que se empeñan. No dejaba de ser natural que a comienzos del pasado siglo, la utopía como revulsivo frente al desencanto, hiciera que los hombres soñaran con una vida mejor y se involucraran en la tarea de realizar cambios en esa dirección. Aprovechando la coyuntura era frecuente que alguien con aspiraciones acogiera las ideas y apareciera en la escena política algún grupo que las abanderara. En este caso, avanzando un paso y con la vista puesta más allá del cambio y del altruismo que ennoblecía a sus fieles. De ahí que una práctica acertada sería respetar las verdaderas ideologías y en menor medida las que predican el cuento. Hoy, las auténticas ideologías han quedado postergadas y, aprovechando el espacio vacío en primera línea, han emergido esos otros posicionamientos que pretenden llamarse ideologías, a las que se suele etiquetar de populismos de izquierda, derecha y centro.

Aunque el panorama es ligeramente distinto, la temática del fondo ideológico sigue siendo más o menos igual. Hay mucho de buscar el bienestar por todos los caminos. Las personas siguen aspirando a obtener mayores cotas de bien-vivir o de cambiar el mundo para ellos mejor vivir, sin embargo apenas hacen nada por mejorarlo en el plano colectivo. Se quedan a la expectativa de que algún comercial les venda el nuevo elixir que promete hacerles la vida mejor. No conformes con las mercancías que ofrecen las nuevas tecnologías, y que las empresas capitalistas se encargan de explotar económicamente, las masas demandan algo más, aunque sean ilusiones, porque así la existencia se hace más llevadera. Por eso confían en los redentores políticos de turno para que se lo provean de boquilla. Es aquí donde entran en juego las ideologías de tres al cuarto —las que no dan la talla— y de los oportunistas que medran al amparo de los incautos. Vender ideologías baratas sigue siendo una actividad rentable, porque si se cubre el cupo de ventas se gana dinero y, lo que más interesa, se gana en poder.

Los que viven de las ideologías del voto están encantados por lo bien que marcha el negocio en estos tiempos en los que la gente domina la tecnología, pero el sentido común se pierde entre tantos artilugios. La cosa va por buen camino por aquello del prometer y no dar, luego, si la cosa no funciona, solo unos pocos se acordarán de las promesas incumplidas. Como ya no se trata de regalar derechos a la ciudadanía o más libertades, porque ya son muchas y ninguna, las ideologías hablan el lenguaje del dinero —a ser posible de plástico, para gastarlo con alegría y para satisfacción tanto de los que compran, de los que venden y de los que se lucran—. Por eso basta con decir, por citar una ocurrencia, allá para dentro de cuatro o más años una renta vitalicia para todos, y a seguir votándome. Claro que la oferta debiera ser digna porque, pongamos con 400 euros que suele ser lo habitual, no hay ni para tomar un par de bocatas al día. Habría que hablar de al menos ocho veces más, teniendo en cuenta que se trata de atender los gastos de vivienda, la diversión, algún crucero, otros servicios y algo para comer. Sin embargo los que quieren acabar electoralmente con la penuria de una parte de la ciudadanía, bastante numerosa, no piensan más allá del doble de aquella cantidad, con lo que, si se tiene en cuenta la inflación real, cuando la vitalicia llegue, no alcanzará los 400 euros simbólicos, no obstante, aunque así sea, su valor propagandístico será considerable. Hay que esperar, que no decaiga la ilusión y el voto de los ilusionados tampoco.

Debe quedar claro que los vendedores de ideologías más avezados no son tan ilusos como sus votantes, ellos cobran por adelantado. Toman asiento en la poltrona y disfrutan del salario, en metálico y en especie, que corresponde a su empleo desde ya. Entre tanto permanezcan en el aire las promesas, basta con alimentarlas convenientemente, con un parche por aquí y otro por allá, para que no se enfríen los ánimos. Cuando llegue el momento ya se verá, si no hay más remedio habrá que reconocer finalmente la propina, pero contando con que lo que se da por un lado se quita por otro. Si no fuera posible por falta de fondos, que se pase el testigo al siguiente y a seguir con el cuento en otra parte, a ser posible, en el consejo de administración de una rentable compañía privada, cuyos accionistas no se opongan a que sea convenientemente saqueada por sus gestores.

Un revulsivo frente a las ilusiones suele ser la realidad, pero a veces se resiste a querer ser vista por los afectados, lo que viene a evidenciar hasta que punto la ficción ha arraigado en la sociedad del espectáculo. Pese a ello, acaba por llegar. A menudo, de las ideologías electoralistas solo queda el humo, el natural desencanto para unos y el negocio para los promotores. Pese a que esta circunstancia inexorablemente se repite en los tiempos de la democracia representativa, los votantes siguen confiando en las ideologías comerciales, por ver si cae algo, aunque al final todo quede en ideas.

Antonio Lorca Siero







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