. Las ideologías están en franca decadencia. Ahora se
vende como ideología política casi de todo, a la manera de
un simple producto comercial que se saca al mercado de las urnas para
que sus promotores traten de hacer un buen negocio. Por lo que
resulta poco menos que sorprendente que a estas alturas de la
civilización la gente se entretenga hablando o defendiendo
acaloradamente ideologías e incluso se llegue a practicar la
violencia en su nombre.
Pese
a la deriva mercantil tomada por algunas ideologías, hay que
considerar, de un lado, su atractivo como nexo de conexión entre
personas, ya que al amparo de sus planteamientos surgen agrupaciones
que en último término aspiran a cambiar el mundo que les rodea,
tratando realmente de construir una sociedad mejor. Por otra parte,
destaca el valor humano de sus seguidores en cuanto a que parecen
moverse desinteresadamente siguiendo el compás marcado por las ideas
en las que se empeñan. No dejaba de ser natural que a comienzos del
pasado siglo, la utopía como revulsivo frente al desencanto, hiciera
que los hombres soñaran con una vida mejor y se involucraran en la
tarea de realizar cambios en esa dirección. Aprovechando la
coyuntura era frecuente que alguien con aspiraciones acogiera las
ideas y apareciera en la escena política algún grupo que las
abanderara. En este caso, avanzando un paso y con la vista puesta más
allá del cambio y del altruismo que ennoblecía a sus fieles. De ahí
que una práctica acertada sería respetar las verdaderas ideologías
y en menor medida las que predican el cuento. Hoy, las
auténticas ideologías han quedado postergadas y, aprovechando el
espacio vacío en primera línea, han emergido esos otros
posicionamientos que pretenden llamarse ideologías,
a las que se suele etiquetar de populismos
de izquierda, derecha y centro.
Aunque
el panorama es ligeramente distinto, la temática del fondo
ideológico sigue siendo más o menos igual. Hay mucho de buscar el
bienestar por todos los caminos. Las personas siguen aspirando a
obtener mayores cotas de bien-vivir o de cambiar el mundo para ellos
mejor vivir, sin embargo apenas hacen nada por mejorarlo en el plano
colectivo. Se quedan a la expectativa de que algún comercial les
venda el nuevo elixir que promete hacerles la vida mejor. No
conformes con las mercancías que ofrecen las nuevas tecnologías, y
que las empresas capitalistas se encargan de explotar económicamente,
las masas demandan algo más, aunque sean ilusiones, porque así la
existencia se hace más llevadera. Por eso confían en los redentores
políticos de turno para que se lo provean de boquilla. Es aquí
donde entran en juego las ideologías de tres al cuarto —las que no
dan la talla— y de los oportunistas que medran al amparo de los
incautos. Vender ideologías baratas sigue siendo una
actividad rentable, porque si se cubre el cupo de ventas se gana
dinero y, lo que más interesa, se gana en poder.
Los
que viven de las ideologías del voto están encantados por lo bien
que marcha el negocio en estos tiempos en los que la gente domina la
tecnología, pero el sentido común se pierde entre tantos
artilugios. La cosa va por buen camino por aquello del prometer y no
dar, luego, si la cosa no funciona, solo unos pocos se acordarán de
las promesas incumplidas. Como ya no se trata de regalar derechos a
la ciudadanía o más libertades, porque ya son muchas y ninguna,
las ideologías hablan el lenguaje del dinero —a ser posible de
plástico, para gastarlo con alegría y para satisfacción tanto
de los que compran, de los que venden y de los que se lucran—. Por
eso basta con decir, por citar una ocurrencia, allá para dentro de
cuatro o más años una renta vitalicia para todos, y a seguir
votándome. Claro que la oferta debiera ser digna porque, pongamos
con 400 euros que suele ser lo habitual, no hay ni para tomar un par
de bocatas al día. Habría que hablar de al menos ocho veces más,
teniendo en cuenta que se trata de atender los gastos de vivienda, la
diversión, algún crucero, otros servicios y algo para comer. Sin
embargo los que quieren acabar electoralmente con la penuria de una
parte de la ciudadanía, bastante numerosa, no piensan más allá del
doble de aquella cantidad, con lo que, si se tiene en cuenta la
inflación real, cuando la vitalicia llegue, no alcanzará los 400
euros simbólicos, no obstante, aunque así sea, su valor
propagandístico será considerable. Hay que esperar, que no decaiga
la ilusión y el voto de los ilusionados tampoco.
Debe
quedar claro que los vendedores de ideologías más avezados no son
tan ilusos como sus votantes, ellos cobran por adelantado. Toman
asiento en la poltrona y disfrutan del salario, en metálico y en
especie, que corresponde a su empleo desde ya. Entre tanto
permanezcan en el aire las promesas, basta con alimentarlas
convenientemente, con un parche por aquí y otro por allá, para que
no se enfríen los ánimos. Cuando llegue el momento ya se verá, si
no hay más remedio habrá que reconocer finalmente la propina,
pero contando con que lo que se da por un lado se quita por otro. Si
no fuera posible por falta de fondos, que se pase el testigo al
siguiente y a seguir con el cuento en otra parte, a ser posible, en
el consejo de administración de una rentable compañía privada,
cuyos accionistas no se opongan a que sea convenientemente saqueada
por sus gestores.
Un
revulsivo frente a las ilusiones suele ser la realidad, pero a veces
se resiste a querer ser vista por los afectados, lo que viene a
evidenciar hasta que punto la ficción ha arraigado en la sociedad
del espectáculo. Pese a ello, acaba por llegar. A menudo, de las
ideologías electoralistas solo queda el humo, el natural desencanto
para unos y el negocio para los promotores. Pese a que esta
circunstancia inexorablemente se repite en los tiempos de la
democracia representativa, los votantes siguen confiando en las
ideologías comerciales, por ver si cae algo, aunque al final todo
quede en ideas.
Antonio
Lorca Siero