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No hay que preocuparse


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06/02/2020

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Se habla mucho de que el dinero circule y, cuando escasea, suenan las alarmas porque se intuye un negro panorama. De momento no es ese el caso y, por tanto, no hay que preocuparse. Casi a un paso por detrás hubo épocas peores. Lo de ahora es un tiempo maravilloso al que hemos arribado sin enterarnos. Téngase en cuenta que, con poco esfuerzo, solo manteniéndose a flote y dejándose llevar por la corriente de los nuevos tiempos, el país se ha despertado en esta especie de mundo de fábula a nivel europeo que le rodea. Lo que contrasta con las imágenes de la época del blanco y negro que se nos sirve de vez en cuando —probablemente con la finalidad de hacer horas de televisión a bajo coste y aliviar el presupuesto— y podamos comparar el ahora glorioso con el antes penoso. En general el personal parece contento con el premio que le ha deparado el momento en el que le ha tocado vivir y también con eso otro de la democracia, pero, sobre todo, con el espectáculo de las imágenes que le brinda el teléfono inteligente, al menos para quienes no son tan inteligentes como el aparato.

Tomando como referencia al presente en lo tocante a la política, que es fundamental para la estabilidad social, una mayoría de la ciudadanía se siente animada porque, sea por esto o por lo otro, hay jarana cada poco. Además promete mucho en términos de progreso y eso refuerza la confianza de algunos votantes, mientras el resto contempla el espectáculo con escepticismo.

Lo importante es que el mercado marcha bien, porque desde este lado, el de los consumidores, se hace lo que se puede y algo más. De manera que, siguiendo el ritual de la compra compulsiva, se está todavía más entretenido que con la política, lo que es fundamental para vivir. Si acaso se aprecia cierto problema de falta de fondos para mantener el trajín, que habría que resolver para poder cumplir con las exigencias de la sociedad de consumo. Los que gobiernan, siguiendo las consignas del empresariado, lo han entendido y están dispuestos a que el dinero circule. Da muchos ánimos al personal eso de subir los salarios, porque, para mayor negocio de las empresas —y no es una paradoja en el caso de las grandes—, se podrá gastar más y, aunque quede menos en el bolsillo, la satisfacción de hacerlo no nos la quita nadie. La doctrina del gasto viene estando un poco afectada porque muchos se han creído lo de la crisis, pero la cosa ya está encarrilada para alivio del mercado. Lo decisivo es que por fin se conseguirá aumentar la inflación, con la finalidad de que el dinero de los ciudadanos no valga nada. En eso vienen estando los dirigentes económicos, tratando de forzar a gastar a todo el mundo, invitando a suscribirse a la partida del dinero gratis, por el que luego te cobran con intereses.

En cuanto al trabajo, poca cosa para la mayoría, pero se va tirando, tampoco se trata de romperse el espinazo. De otro lado, para ponerse en línea con el progreso, hay muchas esperanzas puestas en eso de implantar la semanal laboral de tres días y uno de descanso en el medio, para aliviar la fatiga del precedente y tomar fuerzas para el siguiente. Habrá que esperar un poco más al objeto de que la jornada laboral pueda cumplirse desde el lugar de ocio elegido, utilizando robots y otras máquinas para no agobiarse con la tarea.

Todo no va ser trabajar, a fin de conciliar el derecho al ocio con el divertimento hay que dar impulso a nuevas ocurrencias, para que ambos sean más reales. Parece oportuno establecer lo de la renta universal, la vivienda gratuita y muchos más de esos beneficios económicos que pregonan las democracias de primer nivel. No obstante, por si todo esto se queda corto, habría que ir tomando apuntes de otros países. A pesar de que no haya petróleo por esta zona o, si lo hay, no resulte oportuno extraerlo, sin embargo se está bien surtido de turismo. Por lo que, antes de que se agote el filón, sería conveniente constituir con este valor un fondo soberano y con las ganancias que genere practicar eso de repartir entre todos, sin excederse —más o menos pongamos unos 100.000 euros, de momento—, a cuenta de los beneficios que procuraría la cacareada riqueza del sector.

Los alarmistas dirán que semejante política es económicamente insostenible porque, de un lado, no somos ricos y, de otro, disponemos de pocos currantes, pero ya se están tomando las oportunas soluciones. Siendo como somos un país de acogida de personas de los cuatro continentes y los recibimos con los brazos abiertos, el problema de la población activa —y también de una mayor población pasiva— se encuentra en vías de solución. A este ritmo falta poco para doblar los números reales de la estadística demográfica y todo resuelto, porque seremos el primer país europeo por población multicultural, habrá más riqueza, porque trabajarán los que vienen, y, lo fundamental, al ser muchos tocaremos a más en el reparto de fondos europeos. Tampoco hay que preocupase del coste del bien-estar porque estamos incluidos en la Unión que lo garantiza, sin duda responderá Europa y se hará cargo de todo expidiendo un cheque en blanco, confiada en que su importe retornará al mercado y las multinacionales se forrarán con lo que gastará el numeroso plantel de pudientes ciudadanos debidamente subvencionados.

Otros, menos alarmistas, dicen que el panorama es realmente sostenible. Sacan datos y datos que lo demuestran, aunque para el profano, que no se deja engañar por estadísticas, números y expertos, le basta con mirar su cuenta bancaria, que se aligera a golpe de tarjeta y apenas se sostiene. El ahorrador tiene dudas de la bonanza, porque examina sus fondos de inversión y ve como se encogen, en parte por esa inflación que ahora ha pasado a ser exigencia preferente y fundamentalmente porque los beneficios se quedan por el camino. Y, si mira a la bolsa de valores, que tras varios años de agonía ya está muerta y muy muerta, observa impotente que allí ha enterrado su dinero. No obstante, es un morir muy particular porque abre el ojo cada día para que los habituales jueguen al póquer en horario de oficina, no con dinero, sino con cerillas, como lo hacían en otros tiempos los indigentes, simplemente para matar el gusanillo.

Tranquilidad, no hay que preocuparse, repiten los políticos progresistas y sus colaboradores, hay que mirar el panorama con optimismo, lo que no parece tan bueno es algo coyuntural o simplemente un error de apreciación de los afectados. En todo caso, pese a los grandes proyectos de mejora social, si resulta que la situación no mejora, queda otra opción, incluido si también fallan la planificación de la economía nacional, el flujo del dinero externo y las remesas europeas, llegados a tal extremo —sin duda inimaginable— se podrá echar mano de la quiebra. No es el final de la historia, el mundo no se acaba, y a seguir progresando —al menos de boquilla— como sea.



Antonio Lorca Siero



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