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Centenario de don Benito Pérez Galdós. Halma I


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01/02/2020

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CENTENARIO DE DON BENITO PÉREZ GALDÓS










HALMA I









Vicente Adelantado Soriano













Fomentaremos también la Religión, de la que nace la conformidad del pobre con la pobreza.





Benito Pérez Galdós, Las tormentas del 48









I









Locura. Realidad y ficción









No vamos a discutir ahora si Halma, la novela de don Benito Pérez Galdós, es o no la continuación de su otra novela, Nazarín; si la complementa o si es independiente de ella. Baste decir que para comprender la primera no hace falta haber leído la segunda, como pasa, por otra parte, con la inmensa mayoría de las novelas de don Benito, aunque entre estas dos obras haya un enlace tal vez más acusado: la pregunta, en Halma, de si don Nazario está loco o cuerdo, es un santo o un pillo. En Nazarín no hay muestras de locura ni de engaño: don Nazario razona perfectamente bien, y hace lo que hace por no convertirse en una carga para amigos o conocidos. Por si esto no bastara, hasta el inútil “milagro”, la niebla que cubre la subida al castillo cuando van a detenerlo, está lógica y perfectamente explicado1.





Ambas obras fueron escritas en 1895; y las diferencias entre ellas son más que notables: Nazarín es una excelente novela, en tanto que en Halma todo, personajes y situaciones, parece traído por los pelos. Tan es así que sólo falta que aparezca el deus ex machina con su rayo de latón dorado. Aparece, desde luego, pero con el nombre y el utillaje modificados. Este dios, don Nazario, parece una figura de relleno, tal vez incluido en esta novela por una broma de don Benito, o para dar una salida un tanto sorprendente a Halma. Sorprendente por lo que se propone, por quien lo propone y por las reacciones posteriores de la condesa de Halma. Más tarde, en El caballero encantando y en los Episodios finales, Amadeo I y en La primera república, Galdós recurrirá ya directamente a la fantasía, sin necesidad de forzar la psicología de los personajes. Lo hará con la aparición de la Madre o de Mari Clío. Estas obras pueden ser consideradas, con toda razón, el inicio de lo que luego se ha dado en llamar el realismo mágico.





Para no forzar mucho la maquinaria sobre la locura, don Benito recurre a un truco cervantino: la vida de don Nazario ha sido publicada, y los personajes de Halma la conocen, la juzgan y la critican, como los otros conocen la vida de don Quijote a través del libro de su vida. Cervantes, sabido es, utiliza además a don Álvaro de Tarfe, personaje de El quijote apócrifo, de Avellaneda, para que reconozca al suyo como el verdadero y único don Quijote.2





Pérez Galdós, en Halma, hace, por el contrario, que varios personajes pongan en duda no la cordura de don Nazario sino parte lo que se cuenta en la novela, y que es, tal vez, lo menos significativo de las andanzas de Nazarín. Afirma uno que, en la cárcel, en contra de lo que cuenta la novela, no le costó tanto vencer “su ira como en el libro se dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo”.3 Lo único que nos está diciendo es que don Nazario es de natural bueno y bondadoso, no que esté loco. El ataque más fuerte, o que quiere pasar por tal, lo lanza otro de los personajes que interviene a continuación:





“-Pues para mí -manifestó el caballero aristócrata-, el libro es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín con el señor de la Coreja la tengo por invención del escritor, porque don Pedro de Belmonte es primo mío, le conozco bien y sé que en ningún caso pudo sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que mi primo cogiera una estaca y le moliera los huesos, y le plantara en medio del camino, después de soltarle los perros, muy natural, muy verosímil. Está en el carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra cosa de su desatinada locura. Pero agasajarle, ponerse a hablar con él del Papa y del Verbo divino, eso no lo creo, eso no es verdad, es falsear a mi primo Belmonte. ¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la Coreja, y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en busca de la pareja de la Guardia Civil!”4





Obsérvese que en ningún momento dice este personaje que hablara con su primo Belmonte. Quiere que deduzcamos que como él no ha sido recibido por el señor de la Coreja, tampoco lo pudo ser Nazarín. Olvida que don Nazario insistió para hacerse recibir5, y que si miente el narrador de Nazarín, también puede mentir él. Nos quedamos, pues, igual con respecto a la locura, no así con respecto a la burguesía y al problema desencadenado por don Nazario.





Para saber si Nazarín está loco o cuerdo, olvidando al narrador de sus aventuras, deberíamos verlo actuar, tal como pide Catalina de Halma, que prefiere eso a engolfarse leyendo la novela de su vida, y más sabiendo que esta es una novela.6





En Halma don Nazario, personaje secundario, ha cambiado, cambio que ni se explica ni tiene justificación, pues más dura era su vida por los pueblos y los caminos que en la cárcel de la villa. La mutación se ha producido de tal forma que las palabras finales de Nazarín, pronunciadas supuestamente por Jesús, quedan en agua de borrajas: “Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer mucho más.”7 En Halma, desde luego, no hace mucho más como no sea propiciar un matrimonio insospechado e integrarse en el sistema. No sabemos, por supuesto, si Jesús se refería a esto en su aparición. Aquí paz y allá gloria.





Obvio es decir que sobre Nazarín, como sobre cualquier otra obra, se pueden hacer múltiples interpretaciones: se puede considerar dicha obra como una novela de género, la hagiografía; como una crítica social o, sencillamente se puede ver en ella la constante preocupación de don Benito por la religión, el clero, y la incidencia social de ambos, preocupación que aparecerá tanto en muchas de sus novelas como en los Episodios nacionales. Baste recordar Gloria, o la aparición de Guillermina con sus interminables obras de caridad en Fortunata y Jacinta. En cuanto a los Episodios tenemos desde la discusión de los decretos de Napoleón reduciendo los conventos y sus moradores en Napoleón en Chamartín, hasta la multitud de curas y monjas, en menor número estas, que pueblan dichos Episodios: el cura de Botorrita en Juan Martín el Empecinado; José Fago en Zumalacárregui; sor Teodora de Aransis en Un voluntario realista, etc. Sin olvidar a los ermitaños y a los místicos, Juan de Dios en La batalla de los Arapiles, el ermitaño Borra en Zumalacárregui, y Marcela, la monja andariega, en La campaña del Maestrazgo. Mención aparte merece don Juan Ruiz, el cura rodeado de amas y amante de la buena vida. Es uno de los personajes de Carlos V en la Rápita. A Galdós le preocupó la religión, el clero y el papel que ambos jugaron en la sociedad del momento. Algunas de las cosas que dijo don Benito en sus obras sobre el clero no cayeron bien, como tampoco fueron bien recibidas en su momento las críticas de Erasmo, Tomás Moro o Luis Vives, por poner unos ejemplos. Don Benito podía haber dicho perfectamente lo que algún siglo después diría Nikos Dimou: “Otros pueblos tienen religión. Nosotros tenemos clero”8.





Una de las primeras cosas que llama la atención en Halma, referidas al padre Nazario, es la constante preocupación por parte de los personajes, curas, seglares y creyentes, por dilucidar si Nazarín está loco o cuerdo, y si es un farsante o un espíritu puro. ¿Y por qué viene motivada dicha pregunta y preocupación? Sencillamente porque el padre Nazario, con la casa quemada, sin tener donde caerse muerto, y sin misas que celebrar, ni dinero con el que comprar el sustento, sin querer ser una carga para nadie, se tira por los caminos como hizo Jesús y san Francisco de Asís. Vive de lo que le dan, y ayuda a quien se lo pide o lo necesita. Si se puede hablar de locura en don Nazario, sería una locura muy cervantina, es decir una locura quijotesca, la propia de aplicar en unos tiempos lo que, tal vez, era propio de otros: la caballería en el caso de don Quijote, y la prédica por los caminos en el de Nazarín. Un anacronismo. Cabría preguntarse, por supuesto, si es cierto que había por el mundo caballeros andantes, como el caballero del cisne, que iban desfaciendo entuertos, y si había mucho profeta en los tiempos antiguos llevando un tipo de vida que es un mensaje de por sí. ¿No estaremos tomando figuras literarias por la pura realidad? Ahora bien, que la Iglesia considere loco a un sacerdote porque trata de vivir como vivió Cristo es muy significativo. Han cambiado los tiempos, desde luego. Pero ¿no causaría escándalo Jesús yendo por los caminos en compañía de sus apóstoles y de las mujeres de estos? ¿Su austeridad y forma de vida no era una crítica a escribas y fariseos? ¿No dice que valemos más que una bandada de pájaros, y que el Padre no nos dejará morir de hambre? ¿Y quién dice cuál es la parte de la vida de Jesús que se puede actualizar y cuál no? La Iglesia, por supuesto. Y ella será quien volverá a la cordura a don Nazario. Haciéndole aceptar sus preceptos. Tenemos clero.









1Nazarín, IV parte, capítulo IV





2Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, II parte, cap. LXXII





3Halma, tercera parte, cap. II





4Halma, tercera parte, cap. II





5Nazarín, III parte, caps, V y VI





6Nazarín, II parte, cap,IV





7Nazarín, V parte, capítulo VII





8Nikos Dimou, La desgracia de ser griego. Editorial Anagrama, Barcelona, 2012. Traducción de Vicente Fernández González, p. 64





Etiquetas:   Religión

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