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Julia y el fin del mundo


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25/01/2020

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la Pitia, entonces, les respondió que con sus propias fuerzas no podrían vengarse, así que les aconsejó que remitieran la cuestión “al lugar en el que abundan las palabras”1.






Heródoto, Historia.









Había llegado a un punto en el que todo cuanto antes me preocupaba, o inquietaba, ahora, sencillamente, me aburría. En más de una ocasión había oído, y puede que incluso leído, que una mentira repetida hasta la saciedad termina por convertirse en una verdad. Es posible. Pero también puede convertirse, como muchas consignas, en algo vacío, vacuo y cansino a lo que se termina por no prestarle ninguna atención.





Estaba harto, pues, de soportar que políticos del tres al cuarto marcaran mis conversaciones: cualquier tontería que se les ocurría a ellos, lenguas o dialectos, veto parental, toros o no toros, independencia de Catalunya, politización de la justicia, etc, etc., se convirtiera en el asunto a debatir en tertulias y reuniones. La imaginación de algunos de mis compañeros no da para más. Estaba cansado. Me negaba y me niego a seguirles el juego.





-Es lo que pasa con los lugares comunes -me dijo Julia nada más comencé a plantearle la cuestión-. Decía Larra, si no recuerdo mal, que no se produce eco entre las tumbas. Parece que se equivocó. Estas, como todo y todos en esta vida, también tienen su preferencias. Y, desde luego, no van a repetir sus palabras, quizás porque incitan a la reflexión, ¿Y cómo va a reflexionar una calavera? Ahora bien, repetir gritos y consignas, lo hacen de maravilla. No en vano son cavidades huecas y vacías.





-La otra parte de la cuestión es que esos ecos, o esas voces, repetidas por quien no sabe ni lo que se dice, termina por convertirse en su opuesto.





-Es la historia de la humanidad. Posiblemente quien dijo por vez primera que su amada tenía dientes como perlas, y su pelo era de ala de cuervo, fue un buen poeta. Pero quien utilice hoy en día esas mismas figuras no hace sino poner en evidencia su debilidad mental por no hablar de su falta de cultura y de sentido común.





-Por eso mismo, a veces, se me ocurre pensar que estamos faltos de una figura como Sócrates. Alguien que fuera por las calles, en las televisiones no lo dejarían entrar, cuestionando todo y a todos. Haciendo reflexionar a la gente.





-Y en la calle, posiblemente, acabarían con él a pedradas o de un tiro, que es más moderno y más higiénico. A la gente no le gusta que la hagan reflexionar. Necesita consignas fáciles de asimilar para repetirlas como papagayos. O cosas que sean motivo de risa y burla fácil. Nada con dos dedos de enjundia.





-Y sin embargo -dije con un deje de amargura- qué pocos placeres hay comparables al del intelecto.





-Es como si le dijeras a un impedido por propia voluntad que caminar por el monte es una delicia. No te iba a hacer ni caso. Entre otras cosas porque ya tiene la butaca de su salón hecha a la medida de su cuerpo. Y es allí donde es feliz. O al menos donde nadie le cuestiona nada.





-Esas actitudes siempre me han llevado a pensar que la figura de Sócrates es un figura poética creada por Platón. No quiero decir que no existiera Sócrates. Lo que me parece inconcebible es que los atenienses le prestaran atención, hablaran con él. Lo normal, creo, hubiera sido que lo dejasen plantado y con la palabra en la boca en cuanto Sócrates comenzara a preguntar o a plantear cualquier cuestión. O incluso a saludarlos.





-No conozco a los atenienses del momento. Conozco algo a los españolitos de ahora. Con estos me siguen pareciendo muy actuales las palabras de Unamuno. Decía este que el órgano de volición de los españoles es los c… A tan nobles órganos, añadiría yo la infinita pereza mental, el bostezo machadiano, y el no cuestionarse nada.





-Viene a ser lo mismo. Y mira que resulta difícil romper esa cáscara, esa inercia… Igual que uno, de pequeño, se traga un biberón, se traga, también, ideas, formas de ser, religiones, lenguas y lo que le tiren. Y ni se cuestiona aquellos biberones ni las canciones que los acompañaron.





-De todo hay en la viña del Señor. Hay gente muy buena y muy crítica. De no ser así, el mundo no avanzaría. Por cierto, como sabes hay obras de teatro que critican a las mujeres bachilleras o sabias, y las ridiculizan. Pocas veces se ha hecho esto con los hombres. Creo recordar que lo hizo José Cadalso con Eruditos a la violeta… No, estoy recordando que hay más obras al respecto criticando también a los hombres… Te lo digo porque no hace mucho, como sabes, me matriculé en un cursillo inglés. Pues bueno, allí apareció el típico jubilado que parecía haber sido concebido para ilustrarnos no con su sabiduría, que no la tenía, sino con cuánto creía él saber. Hasta que le dije, una tarde, cansada de sus necias demostraciones, que dejara de decir “sentaros y marcharos”, que el imperativo es sentaos y marchaos y amaos los unos a los otros. Esa misma tarde dejó de hablarme.





-Sócrates lo tuvo peor que tú: a él lo condenaron a muerte. Aunque de esto hay mucho que hablar.





-No estamos en Atenas. Hoy puedes hablar sin que te hagan beber la cicuta. Te darán algún mal trago si participas en eso llamado redes sociales. Allí hay montones de sabios y de maleducados: saben de todo y lo defienden siempre o amenazando o mentando a la madre. Nunca jamás con razonamientos sutiles o algo inteligentes.





-Nadie da lo que no tiene. Con respecto a la educación y a las buenas maneras, no tienes más que ver lo acaecido en el Parlamento español durante las sesiones previas a la investidura de este presidente de ahora.





-Pues ahí lo tienes: la falta de programas, de visión, de inteligencia, de algo que ofrecer, se traduce en pataleos, amenazas, berridos e insultos… El otro día estuve con unas conocidas tomando café. Apareció, cómo no, la típica erudita a la violeta. Y ya te puedes imaginar cuál fue el tema: hace años era la lengua, que si el valenciano y el catalán. Descubrí entonces que somos un país de filólogos, de los mejores que hay: sin estudiar dominamos tan vasta ciencia, cosa que no lograron ni Saussure, ni Chomsky ni Lapesa, ni ninguno de esos pobres diablos.





-La ignorancia es muy atrevida.





-Bueno, pues esta erudita a la violeta nos vino, cómo no, con el tema de Cataluña, de su traído intento de segregación, y de que, el lema de nuestro tiempo, “España no se rompe”.





-Una pena, para mí, que se rompiera el Imperio Romano. Si hubiéramos seguido hablando todos el latín, y tomando a Cicerón como modelo, nada de esto hubiera pasado.





-Nunca se sabe. La cuestión es que le planteé a esta erudita a la violeta que qué pasaba si España se rompía. Se rasgó las vestiduras. Se enfureció, encendió un cigarrillo, tiró el paquete sobre la mesa como podía haber arrojado mi cabeza tras rebanarme el pescuezo. Entonces, con sorna, le dije que si tanto le interesaba Cataluña que me dijera qué autores catalanes del momento conocía o había leído.





-¡Qué cosas tienes, Julia! Si sigues así no te van a hacer beber la cicuta, te van a ejecutar allí mismo, sin esperas ni demoras.





-La respuesta fue genial. Me dijo que a ella le importaba España.





-Ya me imagino lo que le respondiste: que el patriotismo, o un cierto patriotismo, debería medirse por el conocimiento que tiene uno de su país, de sus costumbres, de su lengua y de su literatura, y no por los metros de bandera que cuelga de su hipotecado balcón.





-Sí, algo así le repuse -me confirmó sonriendo-. Y ya no quiso seguir hablando conmigo. No había leído nada -me dijo Julia en voz baja-. Ni conocía el Quijote. Seguramente tenía miedo de que comenzara a hacerle preguntas. Mejor así, no quiero ni saber el conocimiento y la visión que tiene de la historia de su país.





-Pues nulo o ninguno. Además, supongamos que Cataluña se independiza, logra separarse de España, ¿qué sucedería? Se separó Portugal y Andorra, y qué. Que España sería un país más pequeño. ¿Y qué? Roma perdió todo su imperio, como España, Francia e Inglaterra. ¿Y qué?





-No es lo mismo. No es lo mismo perder el imperio, unas tierras de conquista… Bueno, no lo sé.





-Es este un asunto que habría que tratarlo con mucha calma y delicadeza. Y desde luego sin insultos ni eruditos a la violeta. En el fondo quizás estemos tratando del origen de las naciones, de la formación de los pueblos. O de algo que se ha puesto de moda hace ya un tiempo: todo el mundo quiere tener su propia lengua, su propio territorio y hasta sus propios dioses.





-¿Y no te parece que el caso de Cataluña es diferente? El reclamar la independencia no es nuevo de ahora, creo. No me parece que sea una modernidad, el último grito.





-Yo tampoco lo sé. No te puedo contestar a tu pregunta. Ahora bien, yo preferiría que el país se quedara como está. Pero, insisto, no considero grave que se rompa España, como dicen ellos. Me parece más grave la falta de educación y de respeto, los continuos asesinatos de niños y mujeres. Y creo que el problema, si lo es, debe solucionarse donde deberían habitar las palabras y salir huyendo los insultos y los descalificativos. En el areópago, o Parlamento.





-A mí no me gusta vivir con gente tan maleducada.





-Pero esa gente te la vas a encontrar en todas las latitudes y en todos los idiomas. Y en todas las latitudes y en todos los idiomas te tropezarás con ladrones, personas deshonestas, necios, asesinos y tarados. Y con voceras que no hacen sino repetir cuanto oyen en la televisión o aledaños.





-Y también con gente muy interesante. No lo olvides.





-Por supuesto. No lo olvido. Creo que ese es el problema, que olvidamos lo esencial con demasiada frecuencia.





-¿Y qué es lo esencial? ¿Acaso hemos estado tratando temas tangenciales?





-No sé qué es lo esencial y qué es lo accesorio. Cada día que pasa sé menos cosas. Pero en un momento dado de la conversación, no sé porqué, me ha venido a la memoria unas palabras de Cornelio Tácito. Está hablando este de la conquista de Britania por parte de su suegro, Agrícola. Viene a decir que los británicos, pacificados, comenzaron a llevar a sus hijos a estudiar, aprendieron el latín, copiaron las costumbres romanas y la forma de vida. Y lo que ellos creían que era civilización -concluye Tácito- no era sino servidumbre o esclavitud2.





-No todo lo que brilla es oro.





-Los romanos llenaron el imperio de teatros, de circos y de anfiteatros. Propagaron su cultura, o lo que les interesaba de esta, a los cuatro vientos. El cine actual, muchas horribles traducciones y mucho moderno periodista, está sirviendo para ir minando el idioma por dentro… No sé ya qué decirte al respecto… El otro día, un compañero del instituto me acusó de puritano. Vino a decir que si por mí fuera estaríamos hablando en latín o escribiendo como Gonzalo de Berceo.





-El difícil equilibrio de todas las cosas. Y lo más fácil de romper. Pues la moda no solo está en hablar de la posible rotura de España y de sus cañerías sino también, y ahí es nada, del fin del mundo.





-Como niños mimados: cuando no sale lo que ellos quieren, rompen la baraja. Y suenan las trompetas del apocalipsis.





-Por eso debemos conservar la mente despejada, y no caer en insultos ni en descalificaciones. De todas formas, el mundo se va a terminar. Como buena madre que soy, preferiría sufrir yo esos horrores a que los pasara un posible nieto mío. Pero no está en mi mano detenerlo o adelantarlo. No por eso me asusta el fin del mundo. Antes de que acabe, sería interesante que a alguien con dinero se le ocurriera montar una cadena de televisión, o un periódico, en el que predominaran las conversaciones con médicos, investigadores, historiadores, maestros… con alguien que tuviera algo que decir, y que lo diga con conocimiento de causa, mesura y educación. Estoy harta de tanta vaciedad y tanto absurdo eco. Así que, en serio, no me asusta lo más mínimo el pretendido fin del mundo porque a ellos, a la Iglesia y demás, los han dejado sin juguete.





-A mí tampoco me asusta la trompetería, pero me molestaría un poco que el fin del mundo me cogiera con el estómago vacío. Tal vez la travesía por Aqueronte, con el famoso barquero, sea larga y complicada. Y hay que ir preparado.





-Tienes toda la razón del mundo. Pongamos algo en las mochilas por si acaso.





Y así me fui camino de la cocina.









1Heródoto, Historia, libro V, 79. Biblioteca clásica Gredos, Madrid, 1981. Traducción de Carlos Schrader.





2Cornelio Tácito, Vida de Julio Agrícola, 21



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