. Comprometido con la cultura y con las lenguas, intenta poner de manifiesto que la violencia y la crueldad no forman parte de las estructuras sociopolíticas en sí, sino que existen y permanecen en las personas. La falta de comprensión entre los individuos puede llevar a una sociedad a una guerra más rápido de lo que parece a simple vista, y es necesario aceptar que las guerras nunca traen nada bueno al conjunto social, solo aportan beneficios a fieles oportunistas.
Belmonte
juega un poco con las posibilidades de la historia para hacernos
entender verdades crueles. Plantea que a raíz de los problemas
territoriales y judiciales en el estado, la situación se ha ido
escorando hacia los extremos y explota la violencia en las calles y
el gobierno convoca al ejército para lo que parece ser una nueva
guerra.
Presenta,
en mitad del caos provocado por la declaración de una nueva guerra
civil, una historia de amor clásica al estilo Romeo y Julieta, pero
llevada al contexto actual. A primera vista nuestro cerebro piensa
que es raro, cómo podría suceder que dos diputados de partidos de
hoy tan distintos ideológicamente, y en mitad de un conflicto tan
grave, puedan enamorarse en lugar de optar por la postura oficial de
enemigos.
Pero
la base del amor imposible es la misma. La base por la que los demás
intentan sabotear su relación también. Sus destinos serán muy
distintos, pero no tan lejanos en cuanto al mensaje que transmiten:
el amor no ve barreras que a veces la (sin)razón se inventa. Es
posible mirar a los demás sin odio, ni vergüenza, ni miedo, y
entendernos como seres humanos, más allá de luchar cada uno por sus
intereses de forma democrática y pacífica.
Es
una novela muy interesante que puede aportar grandes perlas de
conocimiento a quien se atreva a leerlo. Como dice el autor en el
prólogo:
“Decía
Stefan Zweig que el artista solo puede crear un mundo imaginario
olvidándose del mundo real, hasta situarse fuera de sí mismo
mientras lo produce. ¿Y dónde está durante la creación? Pues muy
simple: en su obra. Salvando las distancias (infinitas en mi caso),
he de confesar que lo experimentado durante los veinte días que
invertí en escribir este pequeño relato fue lo más parecido a un
estado de ensimismamiento que hubiera vivido hasta entonces. Hasta el
punto de que, transcurridas unas semanas, no fui capaz de describir
el proceso que dio lugar al texto, e incluso me cuestioné si
realmente fui yo quien lo escribió, no por la calidad de la obra,
sino por el proceso creador. No fue hasta después de «obligar» a
leer el borrador a los más íntimos que decidí aventurarme a
enviarla a alguna editorial y concursos. Y así es como usted, hoy,
tiene en sus manos este inofensivo pero entretenido relato que espero
le excite la curiosidad.”