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Ocaso


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21/01/2020

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Para José Luis Olmos Roca










Nada hay más ruinoso en la vida humana que aquella depravación del juicio por la que no se otorga a cada cosa el valor que tiene.





Juan Luis Vives, Introducción a la sabiduría.









Aquella mañana había quedado con un viejo amigo. Iban a caminar por la orilla del río. Hasta donde les permitieran las fuerzas. Luego, regresarían al pueblo, comerían en un restaurante y darían una vuelta por el mismo. Era la suya una amistad antigua, de muchos años. Se conocieron en un Instituto, siendo muy jóvenes, donde ambos estudiaban el bachillerato. No tardaron nada en hacerse amigos, y en prestarse libros mutuamente. Surgió un día la idea de hacer una acampada; luego, un viaje; más tarde, una larga travesía. Y así fueron recorriendo parte del país y conociéndolo. A ellos se unieron varios amigos más, formando entre todos un grupo bien avenido.





Casi todos los fines de semana iban a una tienda de deportes. Allí alquilaban parte de su pobre equipo: mochilas, que no eran sino bolsillos grandes, y tiendas de campaña sin piso ni doble techo. No importaba: las plantaron en infinidad de lugares. No había problemas entonces para acampar donde se quisiera. Una vez que se puso a llover, se refugiaron en la estación del pueblo, y durmieron allí, en la sala de espera, donde extendieron sus mantas, no llevaba sacos de dormir. Nadie los molestó.





Pasados los años recordarían, con melancolía y tristeza, aquellos viajes y aquellas acampadas.





-Hoy no podríamos hacer semejantes cosas -dijo alguien cuando se reunieron al cabo de más de treinta años sin verse.





-No, desde luego. Ya no se puede acampar por ahí libremente, como hacíamos nosotros.





-Ni dormir en las estaciones. Nos hubieran acusado de vagabundos, o de algo peor.





-De todas formas -dijo el más sensato- por si a alguien se le está ocurriendo la idea, no contéis conmigo para una salida como aquellas. Nada mejor que dormir en la cama de un hotel y darse una ducha caliente por las mañanas.





Asintieron los demás. Pensando, en su fuero interno, que a nadie se le había ocurrido plantear la posibilidad de hacer un viaje o acampada al estilo de las antiguas, de cuando tenían dieciséis o diecisiete años. Semejante forma de viajar había quedado atrás, definitivamente: ahora tenían otras obligaciones. Y no podían, como antaño, marcharse sin más dos o tres días de casa. La mujer y los hijos hubieran protestado, cosa que no hacían los padres. Mejor ni intentarlo. No valía la pena discutir con nadie por algo que ya pertenecía a un remoto pasado. Era hasta ridículo tratar de despertarlo.





Tras el bachillerato, cada uno de ellos siguió una carrera diferente, en facultades distintas. Y, poco a poco, fueron perdiendo el contacto. Hubo nuevas amistades, nuevos planes y viajes, y los primeros escarceos amorosos. Se casaron y tuvieron hijos. Pero ninguno de aquellos viejos amigos asistió ni a la boda ni al bautizo de los otros y de sus hijos. Pasaron muchos años sin verse.





Y les llegó la jubilación. Y con ella, el tiempo libre. Así que una mañana, uno de ellos, se puso frente al ordenador y comenzó a indagar. Con una paciencia infinita, al cabo de muchos meses, y de muchas e infructuosas llamadas telefónicas, dio con el primero, y con el segundo; el segundo confesó haber visto al cuarto por algún lugar de su pueblo. Y así consiguió reunirlos a todos. Les costó reconocerse los unos a los otros: de aquellas viejas fotografías que conservaban debían ser borradas melenas, se debían añadir arrugas y alguna prominente barriga. No obstante, en cuanto abrieron las bocas, pareció como si el tiempo no hubiera pasado. Y fue entonces cuando surgió la idea: le propuso, a él que no le importaba dormir al aire libre, volver a hacer aquella marcha nocturna. Se perdieron entonces en medio del monte. Dieron infinitas vueltas volviendo siempre al punto de partida. Lo pasaron mal. Pero quedó aquello como una preciosa anécdota de los buenos tiempos.





-No me gustaría morirme -dijo en medio de una abundante comida- sin saber por qué nos perdimos aquella noche.





Decidieron averiguarlo. Pero dormirían en el hotel del pueblo. Podían tener problemas si acampaban en medio de la sierra. Así lo hicieron. Y caminado de nuevo por aquellas sendas, algunas asfaltadas ahora, descubrieron el error de aquella larga y fría noche.





Luego se prometieron hacer más viajes. Pero los problemas de salud de uno, y las complicaciones de otro, fueron retrasando la promesa. Hasta que se reunieron un día, pasados algunos años, para hablar.





-Tenemos que empezar a entrenarnos. Y dentro de unos meses, cuando esté un poquito más recuperado, podríamos volver a salir.





-Estupendo. No hay problema por mi parte.





Cogió el metro, pues, para ir al pueblo de su amigo. Iban a comenzar el entrenamiento. No le gustaba conducir, así que rara vez sacaba el coche. En el vagón del metro apenas había gente. Y el trayecto era largo. Recordó que en la mochila siempre llevaba las obras completas de Garcilaso de la Vega. A veces en el ambulatorio, durante las largas esperas para que lo visitara el médico, si no había nadie dando arengas o gritando o tosiendo, podía leer. Comenzó, en medio de un maravilloso silencio, sólo interrumpido por el chirrido de los frenos al llegar a alguna estación, por la égloga primera. Luego fue leyendo sonetos, saltando de unos a otros, sin orden ni concierto. Volvió sobre la primera égloga. Recordó entonces una de aquellas primeras y viejas acampadas. Ya llevaba consigo el librito de Garcilaso. Se sorprendió entonces, en el metro, de su propio pensamiento:





-Nos hemos convertido en Salicio y Nemoroso. Quién nos lo iba a decir.





Su amigo lo estaba esperando en la estación. Se saludaron, subieron al coche y llegaron a una explanada. Desde allí comenzaron a caminar siguiendo el río.





-Yo no me encuentro muy bien -le dijo- esto es un pequeño ensayo. Pero no te garantizo que lleguemos hasta el final.





-El final y la meta -le respondió- lo marcamos nosotros. Cuando te parezca bien, regresamos.





-Vamos a intentar llegar a un tronco que hay en la orilla del camino. Está un poquito lejos. Yo me suelo sentar allí, descanso y comienzo el regreso.





-Muy bien.





Caminaron en silencio. Concentrado cada uno en sus propios pensamientos. A veces los adelantaba algún que otro ciclista, e incluso caminantes equipados con bastones de marcha nórdica o modernos garrotes metálicos.





-¿Te acuerdas -le preguntó poniéndose a su altura- aquella vez que un señor nos llevó las mochilas en el serón de su burro?





-Me acuerdo, me acuerdo -contestó sonriendo-. ¿No te da la impresión a veces -le preguntó alegre- de que hemos vivido en la Prehistoria?





-Nos hemos hecho mayores.





-Eso es indudable.





Sí, pensó que era indudable. Como también lo era que se puede ir durante mucho tiempo con un buen amigo sin necesidad de decir nada. Parecía como si aquellos años que habían estado sin verse no hubiesen existido. Pero había pasado el tiempo, también era indudable.





Llegaron al tronco. Y se sentaron.





-No te asustes -le dijo sentándose con mucha dificultad- pero me estoy mareando.





-Llevas toda la mañana sin beber agua.





-Lo hago así. Cuando llego a casa me bebo litro o litro y medio.





-Como los camellos. No puedes hacer eso. ¿Y qué has desayunado?





-Un café con leche…





-¡Dios mío! Tienes que alimentarte bien y beber. No puedes salir a caminar sin agua y con el estómago vacío.





-Yo siempre lo he hecho así.





-Pero ya no tienes dieciocho años. Yo antes también me quedaba a dormir en medio del monte, o cogía la bicicleta y me hacía un montón de kilómetros. Pero ahora, y te lo digo en serio, ni se te ocurra desmayarte porque estoy padeciendo un ataque de lumbares, y no te voy a poder incorporar, ni voy a poder salir corriendo en busca de auxilio.





-Tenemos el móvil.





-Pues déjame el tuyo, porque yo, toqueteando el mío, no sé qué he hecho que no funciona. Nos hemos hecho mayores.





-Bueno. No te preocupes -dijo en tanto se ponían en marcha de nuevo. Se colocó a su lado más por solidaridad que por otra cosa.





-Por ahí detrás -le dijo señalando a una montaña- hay una granja. Cuando estaba en activo -añadió con un deje de melancolía- llevaba a los niños para que vieran a los animalitos, y plantaran tomates o flores… Era un actividad muy bonita.





-Yo también llevaba a mis alumnos a recorrer la ciudad, y a ver lejanos castillos y fortalezas.





-Ahora ya no se pueden hacer esas cosas. Si le sucede algo a un niño, los padres son capaces de descuartizar al maestro.





-Es cierto. Por eso mismo los nuevos profesores no salen de la tiza y la pizarra. No quieren responsabilidades de ningún tipo.





-Hacen bien. Hemos llegado a un punto en que todo se puede volver en tu contra. Lo bueno y lo menos bueno. Hasta ceder el asiento en el tren se puede convertir en un insulto.





-A nuestra edad, alguna ventaja debíamos tener, ya no tenemos que ceder el asiento a nadie. Tú mareado y yo con lumbago, y faltándome media dentadura; pero ningún padre nos va a recriminar o decapitar porque el necio de su hijo se haya tragado una piedra medieval o actual, que para el caso es lo mismo.





-Pero es una pena que desconozcan esas cosas.





-¿Qué quieres que te diga? Esta mañana he estado una hora larga en el tren. ¿Sabes cuántas personas iban leyendo o hablando entre sí?





-Imagino que irían todos con el móvil. Y tú, seguro, con aquel viejo libro de Garcilaso. ¿Todavía lo conservas?





-Otra edición, pero sí, igual.





-Nos hemos convertido en bichos raros, en dinosaurios.





-Y los meteoritos están cayendo sobre nosotros…





-Valoremos, pues, lo que tenemos. En cuanto esté un poquito mejor, hacemos otro viaje. Antes nos entrenaremos.





-Vale. Pero tienes que llevar agua, desayunar como dios manda, y llevar algo para la cabeza. Hace años que perdimos la cabellera.





-Y no por culpa de los apaches.





-Ahora lo has dicho.





-Nos hemos hecho mayores. Pero todavía podemos disfrutar de esas cosas que ya no van a ver los nuevos alumnos.





-Pues disfrutemos mientras podamos. Y demos gracias por lo que tenemos y por lo que hemos disfrutado.



Etiquetas:   Educación   ·   Amistad   ·   Recuerdos

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