Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Pandemia   ·   Poesía   ·   Crisis Económica   ·   Internet   ·   Transformacion Digital   ·   Andrés Manuel López Obrador   ·   Medicina   ·   Ecuador   ·   Odontología   ·   Economía



Políticos y política


Inicio > Ciudadanía
15/01/2020

222 Visitas



La mucha libertad no quitaba la buena crianza.






Baltasar Castiglione, El cortesano.













Es cierto que, a veces, la etimología de las palabras puede ayudar a comprender la realidad a la que designan. Otras, por el contrario, nos puede sumir en el desconcierto. Y, desde luego, es un grave error separar la lengua de la historia. Nadie hoy en día va a dar por bueno que democracia significa el gobierno del pueblo. Más bien lo que quiere decir la palabra democracia es que, cada cuatro años, aparecen políticos de toda pinta y laya en la televisión, a toda hora, mostrando ridículos gráficos y diciendo más ridiculeces todavía. Además, unos políticos se enfrentan con otros llegando incluso al insulto y a la grosería. Pasado un tiempo, se supone que la gente ha tomado una decisión y vota a quien ya tenía decidido de antemano. El que ha sacado más votos, o tiene más posibilidades de pactar con este y aquel, ocupa el poder. Y el pueblo, ciudadanía actualmente, se olvida de todo hasta las próximas elecciones.





No hay ninguna novedad: los políticos cada cuatro años vuelven a repetir las mismas consignas y a hacer las mismas promesas. Y, de vez en cuando, se nos presenta a alguno de esos políticos como el paradigma de la moralidad y las buenas costumbres hechas carne y sangre. Con ellos, vienen a decirnos, es imposible la mentira, la hipocresía y la corrupción. A veces todavía funcionan semejantes promesas de gente tan sospechosa.





Hablemos de lejanas tierras a fin de no herir susceptibilidades.





Así, En Estados Unidos, recuerdo que hace tiempo, apareció una señora, candidata a la vicepresidencia, que se dice creyente, suponemos que en Dios; que es partidaria del creacionismo y no de Darwin; y que ha tenido un hijo, aun sabiendo, cuando era un mero proyecto, que iba a nacer con el síndrome de Down. Parece que su religión le prohíbe abortar. Una persona puede creer en lo que considere oportuno, pero jugar con las otras, condenarlas a una vida que no lo es, nos parece una pura necedad. ¿Hubiera tenido esta señora a ese niño de ser pobre, de tener que ir a trabajar todos los días y no contar con ayudas?





No menos curiosa fue su reacción cuando vio que iba perdiendo intención de voto en las encuestas. Entonces, como siempre, comenzaron los ataques personales al otro candidato. Y se lanzan los infundios muy graves. ¿Dónde está ahora la fe y la creencia en Dios? ¿Vale todo con tal de llegar al poder? ¿Hasta saltarse el principio de amar al prójimo? ¿Esta señora es realmente creyente su pretendida fe sólo es un reclamo para atraer los votos de ciertos grupos de personas? Si está segura de que el otro candidato mantiene relaciones con terroristas lo que tiene que hacer es denunciarlo. No calumniar, que eso también está prohibido por los Diez Mandamientos, donde, por cierto, nada se dice del aborto. Eran otros tiempos, claro.





Pasado un tiempo, siempre termina por descubrirse el verdadero final de la historia: que todo el mundo está cargado de culpas; y que es mejor callar que ir haciendo de voceras. Aunque la narración, en el Evangelio, no podía ser de otra forma y tenga un final feliz: tirios y troyanos, avergonzados, sintiéndose culpables, por aquello de que “quien esté libre de pecado tire la primera piedra”, se van con la cabeza gacha. En la realidad hubieran llovido piedras sobre la prostituta y sobre el profeta. Y sobre el evangelista. Y hasta sobre el gato que pasaba por allí.





¿Para qué seguir? Todo huele muy mal. Y parece que todo está permitido con tal de llegar al poder. ¿Qué van a hacer con él una vez lo consigan? ¿Qué han hecho los nacionalistas? ¿En qué se nota que el presidente o el vicepresidente son creyentes o no? También en la Iglesia, como en toda institución humana, hay corrupción y abusos. Y necedades dolorosas. Muchas. Como esa negativa a una muerte digna cuando ya no hay posibilidades de llevar una vida que merezca ese nombre. O hacer rosarios masivos por el gobierno que, supuestamente, no interesa al creyente. Imagino lo que pasaría si ciertos obispos vieran llegar a su ciudad a trece harapientos, llenos del polvo de los caminos, diciendo que amaran a su enemigo y que el templo de su padre no es una cueva de ladrones. Sin palabras.





Sin meternos en honduras, se hace muy difícil aceptar que una persona, que ha sido crucificada, permita el dolor de otro ser humano, salvo que sea un sádico y un masoquista. Pero claro, el pretendido cristiano tiene como prueba indudable de su fe el que su señor lo premie con los estigmas de la pasión, o con una enfermedad incurable y lenta. Sí, es la negación de la vida, la recreación en el dolor y en el fango. Y si no importa la propia vida, mucho menos todavía la de los otros.





Cambiando de perspectiva, que no de tema, es tanta la gente que opina, estamos instalados en una democracia, tantas las personas que hablan de todo sin saber prácticamente de nada, que resulta imposible memorizar quién dijo esto o lo contrario. Más arduo sería, desde luego, estar refutando continuamente esta o aquella barbaridad. Bien es cierto que al cabo de años mil, las aguas vuelven a su cubil; pero entre tanto vivimos en medio de constantes peligros, de cenagales imposibles y de aguas estancadas que llegan a ser muy nocivas para salud. Y quizás a producir algún foco de infección nada desdeñable.





La etimología es una ciencia de la palabra, de su significado original, y la realidad designada por ésta puede ser otra bien distinta. Democracia, por ejemplo, no es, aquí y ahora, en España, que todos tengamos los mismos derechos e idénticas obligaciones, sino que todos podemos hablar, y que todos entendemos de todo, sea lo que fuere. Quien ha leído y estudiado es igual, tiene el mismo derecho a opinar, que quien no lo ha hecho. Y es probable, además, que sea este último quien tenga razón, o convenza al común de los mortales. Propio de una necia democracia, una sociedad enferma.





Dicho esto no sé qué debe entenderse cuando un nacionalista, o historiador que les hace el caldo gordo a los mismos, quizás por afán de notoriedad, dice que éste, España, es un país unido a golpe de martillo. ¿Debe deducirse de esta afirmación que los súbditos, allá por la Edad Media, no estaban de acuerdo en que Jaime I conquistara Valencia? ¿O que no deseaban a Urraca como reina de Zamora? ¿Es que en la Edad Media los súbditos opinaban y estaban preocupados por la unión de Zamora con León? ¿Se quiere decir eso? ¿Quién instituyó la Corona de Aragón? ¿Quién obligó a Fernando el Católico a casarse con Isabel? ¿Por qué no lo hizo con una princesa foránea? ¿Y qué sucede con el Compromiso de Caspe? Es posible que Fernando de Antequera invadiera los territorios de la Corona, pero era el heredero legítimo. ¿Quién utilizó el martillo? ¿Almanzor o el Cid Campeador?





No se debió utilizar tanta fuerza en los martillazos cuando en Francia no queda ni un resquicio de viejos reinos, y en España surgen estos como las setas. Sí, desde luego, las historias son distintas, y quizás nada comparables. Al fin y al cabo si unos acabaron con los hugonotes, otros lo hicieron con los moriscos. No es lo mismo.





Visto en la distancia no se entiende muy bien este absurdo desarrollo del estado de las autonomías en el que nos hallamos instalados. Si antes nos unieron a martillazos ahora nos están separando con tijeras de podar. Parece que con dicho estado se está cumpliendo la profecía, o tal vez la maldición de Platón: a una dictadura suele suceder una democracia, ésta se ahoga en su propia libertad, y genera otro estado autoritario, y así ad nauseam.





Bien es cierto que al principio del estado de las autonomías, se explicó que la autonomía de una comunidad histórica, como si no lo fueran todas, iba a tener la ventaja de acercar la administración al público en general. Entre otras cosas porque los funcionarios hablarían su misma lengua. Como se puede entender, semejante planteamiento no ha sido sino una entelequia más, otra de las mentiras aceptadas: que sepamos, a no ser que lo hiciera por tozudería, nadie se ha quedado por resolver un problema burocrático por cuestiones idiomáticas. Y con respecto a la proximidad de la administración, ya estaban instalados los ayuntamientos. Sobra todo lo demás. Incluidas las televisiones autonómicas, que iban a difundir la propia cultura. La televisión jamás puede difundir ningún tipo de cultura. Es un medio de atontar a la gente se hable el idioma que se hable, que esto es lo de menos. O lo de más, porque a unos programas deleznables, vulgares, le sigue una lengua sin norma, sin orden ni concierto de la que el locutor, o el entrevistado, más orgulloso está cuanto peor la habla. Seguramente se sienten muy pueblo. O muy cultos por germanizar el castellano con el *día después, *poner en valor y sandeces semejantes.





Con las autonomías, con su aplicación y desarrollo, lo único que se ha conseguido es reduplicar cargos y gasto: tener diez inútiles políticos donde antes había uno. Y tener todos los sistemas educativos que queramos y nos dé la gana. Ninguno de calidad, por supuesto, no hay más que ver y oír cómo hablan los políticos en el Parlamento. Pues las autonomías, a fin de justificarse, atienden más al llamado “hecho diferencial” que a la historia común, a aquello que puede unirnos a todos. La unión de todos es vista con horror. Como si Torquemada apareciera en lontananza. Estando cada uno en su casa, dedicado a sus pequeñas pejiguerías, no hay peligro. De todos es sabido que en latín no se dicen estupideces. Eso sólo se hace con la lengua del vecino, que, celoso de nuestra cultura, nos quería arrebatar un campo de berenjenas.





Una pena que las cosas que podían ser buenas se utilicen tan mal. Pero el hombre, en muchas ocasiones, es como el reverso de Midas. Aunque aquel no se podía comer lo que tocaba, y este se traga a puñados los productos de su propia digestión. Vale.



Etiquetas:   Etimología   ·   Democracia   ·   Independencia

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20998 publicaciones
5178 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora