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"Herramientas del escritor" 3ra parte Ramón Sanchís


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08/01/2020


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Las herramientas del escritor (3ª parte) por Ramón Sanchis Ferrándiz.


Analizaremos en este artículo algunas herramientas que utilizan los escritores para la correcta elaboración de una obra literaria. Las herramientas que aquí se citan, las encontraremos, sobre todo, en la narrativa, aunque no constituyen un patrimonio exclusivo de dicho género literario.

  • La imaginación:
  • Todo ser humano se nutre de sus propias vivencias y con ellas descubre la realidad. Pero tal vez por su experiencia y educación

    En general, los buenos escritores tienen una gran capacidad de observación de aquello que les rodea; perciben con atención y perspicacia cuanto ocurre, y toman conciencia de ello. Tal vez no sean muy diferentes a otras personas, pero han ejercitado sus sentidos para descubrir la realidad: siempre mantienen despierta la capacidad de asombro ante lo que la vida les muestra.

    Después, el escritor aglutina en su memoria dicha realidad y la transforma con su imaginación. Con tan preciada herramienta reelabora de nuevo las vivencias cotidianas, aportando una visión personal y simbólica de esa realidad. Entonces, ya tamizadas, surgen de su mente diferentes perspectivas e insólitos horizontes. Tal es el caso, por ejemplo, del mundo imaginario que recrea J.R.R. Tolkien en su obra El Señor de los Anillos, fascinante y extraño a la vez, capaz de ilusionarnos, de alentar nuevos ideales y rescatar principios inmutables.

    Pero debemos señalar que la imaginación no es fantasía. Mientras la fantasía es un caballo brioso y difícil de dominar, que aglutina imágenes y vivencias de un modo imprevisto, la imaginación desdeña el capricho y la improvisación: ella maneja los tiempos, aglutina elementos de un modo coherente, planifica la idea y la secunda hasta sus últimas consecuencias, y no cesa hasta verla plasmada en una obra concreta. La imaginación rige el proceso en que se producen las obras, tal como un auriga manejando con destreza los corceles impetuosos de las imágenes…

    En síntesis, el escritor percibe aquello que pasa desapercibido para otros, recrea sus vivencias, toma conciencia de ellas, y mediante una poderosa imaginación las ofrece de nuevo, diferentes, alejadas de lo vulgar y lo cotidiano, revestidas con la fuerza de un mensaje atemporal.

  • La verosimilitud:
  • El arte de fabular consiste en la invención de cosas fabulosas. Imaginar tramas y argumentos es, por tanto, un oficio alejado de la realidad. Pero alejarse de la severa realidad no siempre es malo, mientras no se caiga en exageraciones desmedidas. Por tal motivo, cuando un escritor escribe un relato de ficción no tiene por qué ceñirse a la realidad, porque fabula; su papel es contar una historia verosímil. En este sentido, la autora Vanessa Montfort alega que… “el escritor tiene total libertad cuando escribe ficción; el lector es quien debe admitir o no la historia que se le presenta”.

    La verosimilitud tan solo exige dotar a los personajes y al argumento de apariencia de realidad, a fin de que el lector se sumerja en la historia que se narra de un modo entregado y se enamore de ella. “Nos inventamos al otro —dice Vanessa Montfort—, pero eso ocurre también en el enamoramiento, con nuestra pareja y nuestros hijos”. Tal vez por ello inicia su maravillosa novela La leyenda de la isla sin voz, con esta frase:

    “…Es posible que, al leer algunos episodios, por extraordinarios y desconocidos, os preguntéis cuánto hay de real y cuanto de fábula en este relato. Me temo que eso sólo podréis respondéroslo desempolvando interminables biografías, contrastando las fechas de los viajes de algunos personajes, pero seguro que después de muchas comprobaciones llegaréis a un territorio de oscuridad: la memoria de aquellos que fueron testigos directos de esta historia y que yacen bajo tierra. Incluso puede que sintáis de pronto un hambre insaciable de imaginación y lleguéis al convencimiento de que lo importante no es si todo lo que aquí narro ocurrió, sino que podría haber ocurrido”.

    Partiendo incluso de un personaje histórico real, a menudo, se agrandan o deforman ciertas características personales para componer una historia narrativa. Al respecto dirá V. Montfort: “Esos personajes ya pertenecen al escritor, son su versión (…) No obstante, hay un contrato no verbal entre el lector y escritor, y todo depende de la verosimilitud”.

    Pero también debemos señalar, que hay exageraciones intencionadas que pretenden mostrar la crudeza de algunas situaciones o de la miseria humana, de modo que le permiten al autor enfocar de cerca una realidad social que aun no siendo real es verosímil. La exageración actúa, entonces, tal como la cámara de un reportero de guerra, destacando con su zoom las circunstancias más adversas. Pensemos al respecto en los relatos de Charles Dickens o de F. Dostoievsky.

    Aludamos también a Gabriel García Marquez, máximo representante del realismo mágico, pues a partir de un mundo cotidiano y demasiado real, en sus novelas se desvanecen las fronteras entre la realidad y lo fantástico. Valga como ejemplo su obra Cien años de soledad.

  • La invención de vocablos y expresiones:
  • A menudo observamos la aparición de nuevas palabras que se van integrando a nuestra lengua. Se diría que el lenguaje es un ser cruel y olvidadizo que fabrica nuevas palabras con la misma indiferencia con que olvida las más antiguas, pero ocurre de igual modo en nuestro cerebro; el olvido de algo intrascendente que ocurrió en el pasado permite la adquisición de nuevos conocimientos.

    Acuñar una nueva manera de expresar una idea, un concepto, una situación, es un síntoma de vitalidad del lenguaje; decimos, entonces, que la lengua está viva. De ahí que un escritor, como operario cualificado del lenguaje, cuenta entre sus cualidades mágicas con la invención de vocablos y expresiones. Lo cual es un síntoma de su fecunda creatividad.

    Tal como un mago que se permite adelantar lo que ha de ocurrir en el futuro, el escritor se aventura a utilizar expresiones y conceptos que serán habituales unos años más tarde. Este es el caso de William Shakespeare que inventó, entre otros, los siguientes términos:

    “Ser un ejemplo de fortaleza”; “la verdad se sabrá”; “mantener un perfil bajo”; “ser duro de corazón”; “sin pies ni cabeza”; “ser el hazmerreír”, “desaparecer como por arte de magia…” (Extractado del libro El Londres de Shakespeare, por cinco groats al día, de Richard Tames).

  • La musicalidad de las palabras:
  • Se define la musicalidad como el conjunto de las características rítmicas y sonoras que son propias de la música y gratas al oído; de hecho, se denomina musical a un sonido que es armónico y agradable al oído. Tal vez porque hayan dirigido sus pasos hacia la poesía —como Gabriel García Márquez, que incluso aplicaba a sus oraciones una métrica exacta—, por su formación de adolescente o el tipo de sus lecturas, algunos autores saben dotar a sus textos de dicha musicalidad, de modo que su lectura es como una cantinela que halaga los sentidos.

    Rabindranath Tagore, el excelso poeta bengalí nos lo muestra en la bella prosa poética de La casa y el mundo:

    “Yo había sido durante largo tiempo como un riachuelo al borde de una aldea. Mi ritmo y mi lenguaje eran distintos de lo que son ahora. Pero desde el mar llegó la marea y mi corazón se desbordó. Mis diques se rompieron y los grandes golpes de tambor de las olas marinas estallaron en mi corriente tumultuosa. No comprendía el sentido de los latidos de mi sangre. ¿Dónde estaba el «yo» que había creído conocer? ¿De dónde llegaba hirviendo hasta mí aquella ola de gloria? Los ávidos ojos de Sandip ardían ante mí, como lámparas sagradas ante el altar. Sus miradas proclamaban el milagro de mi belleza y de mi poder, y yo no oía otra voz que la de sus elogios ardientes, tanto los que expresaba en voz alta como los que callaba. Me preguntaba si Dios había creado de nuevo. ¿Querría él resarcirme del prolongado abandono en que me había tenido? Me había vuelto bella, yo que no lo era; y yo que antes no tenía importancia, sentía brillar en mí todo el esplendor de Bengala…”.

    Cualquier texto gana valor con la musicalidad de cada palabra que el autor utiliza y no solo por el ritmo narrativo de su estructura y composición general. Cualquier palabra es como un cofre de oro cargado de dádivas que algunos escritores saben reconocer de un modo intuitivo. Bastará asomarse a la prosa poética de Julio Llamazares para comprobarlo…

    “La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio…”.

    Y también, a la conocida musicalidad poética de Rubén Darío:

    “…Ya pasa el cortejo. Señala el abuelo los héroes al niño. Ved cómo la barba del viejo los bucles de oro circunda de armiño. Las bellas mujeres aprestan coronas de flores, y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa; y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores. ¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera honor al herido y honor a los fieles soldados que muerte encontraron por mano extranjera!

     
  • Conocer el trasfondo del ser humano:
  • A menudo, se echa en falta una formación académica específica que prepare de modo suficiente a un escritor. Aunque, tal vez un escritor tenga más de lobo estepario, de outsider, que de estudiante aplicado. De este modo, ha de recurrir a un sinfín de datos y enseñanzas que se hallan dispersas en disciplinas tan dispares como las ciencias de la naturaleza y medioambientales (física, biología, química, geología, astronomía…), las ciencias sociopolíticas (sociología, historia, antropología, psicología social, economía, politología, lingüística…). En el bagaje de un escritor caben por igual, los conocimientos sobre mitología y simbolismo de las religiones, como los estudios sobre el lenguaje del cuerpo y los hemisferios del cerebro.

    Sin embargo, más allá de las ciencias citadas, en realidad el escritor se nutre de todas las materias o conocimientos que giran en torno al ser humano. Ese es su campo de batalla y su necesidad: comprender al alma humana… Y allí confluyen la antropología, psicología y la filosofía. Esta es la cúspide en donde se hallan las verdaderas herramientas que lo distinguen de los compiladores de datos y conocimientos dispersos, que lo alejan de los adoradores de la letra muerta.

  • El estilo:
  • Con todas las herramientas citadas —aunque existen otras muchas a las que no hemos aludido— el escritor fabrica su estilo, una manera de escribir que es propia y le confiere un sello personal inconfundible.

    Hay quien dice que el estilo es como el propio “temperamento”, pues es algo natural e innato que no se puede cambiar. Pero esta sentencia equivaldría a decir que el escritor nace, pero no se hace, haciendo innecesario cualquier aprendizaje en el arte de la escritura. Sin embargo, al igual que en cualquier persona distinguimos entre carácter y temperamento, admitiendo que hay una porción de nuestra naturaleza difícil de corregir y otra que puede transformarse, en todo escritor hay de lo uno y de lo otro: el escritor nace y se hace.

    El aprendizaje en la escritura corresponde al cambio de ciertas características formales y psicológicas que siempre pueden ser mejorables, de modo similar al trabajo que toda persona realiza sobre el propio “carácter”. Mientras el carácter puede modelarse, aunque con esfuerzo y atención, se dice que el temperamento nos acompaña hasta la sepultura. Por analogía diremos que, siempre se podrá mejorar la manera de escribir, aunque hay un sello personal en cada ser que difícilmente puede alterarse.





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