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Entrevista María Iglesias Real periodista y escritora


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03/01/2020


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–¿Cree en la adicción a escribir? ¿Siempre quiso hacerlo? Y me refiero a la literatura.


Más que creer en la adicción a escribir, la vivo. Sí, desde que me recuerdo estoy contándome historias. Vivo narrándome vivencias y pensamientos, para procesarlos. Creo que por crecer en una familia donde siempre se ha hablado, escuchado, leído y visto cine, tanto.

–En sus primeros escritos, incluyendo la infancia, ¿primaba más el afán de crear “lo informativo” que lo literario o fue al revés? ¿Cómo empezó todo?

Escribir y leer han sido siempre para mí caminos de búsqueda. Y los he recorrido con un impulso natural e intuitivo. Estudié periodismo y el doctorado en Literatura y comunicación, sí, para adquirir cuántas mejores herramientas mejor pero he trabajado las historias que me interesaban y emocionaban con la convicción de que esas son las que pueden, además, conectar mejor con los demás.

–No todas las novelas tienen el mismo proceso de gestación. “Lazos de humo” y “El granado de Lesbos” abordan temáticas y contextos completamente diferentes. ¿Cuáles son sus respectivas chispas, el por qué de su nacimiento?

“Lazos de humo” fue una novela gestada a fuego lento. Su embrión era el relato oral en mi familia sobre un antepasado idealista al que arruinaron la vida. Pero la escribí cuando, tras mis primeros años de periodista, me di cuenta de que esa historia entre los siglos XIX y XX era vigente y podía encarnar la lucha por la integridad también en la actualidad. “El granado de Lesbos”, en cambio, llegó a mí de repente cuando fui a informar de la emergencia de refugiados en el Egeo (Grecia) en 2016 y supe que, además de mis crónicas para eldiario.es y del documental “Contramarea” que hice con el director Carlos Escaño yo quería escribir sobre la epopeya de migrantes, rescatadores y el desafío a los demócratas de quienes violan los derechos humanos.

–Su novela “El granado de Lesbos” (reseñamos la obra en nuestra página) es una dura crónica de lo vivido hace años en la isla griega de Lesbos con la numerosa llegada de inmigrantes. ¿Necesitaba soltar lo que llevaba dentro o el principal objetivo era la denuncia?

“El granado de Lesbos” cuenta, junto a la increíble odisea de personas de Siria, Irak, Afganistán, Pakistán y de los bomberos rescatadores, cómo les conocí y decidí escribir de ellos. Pero la necesidad de escribir está antes, durante y sigue ahora que el libro está publicado porque, como he dicho, yo vivo escribiendo o proyectando qué escribiré. Podría, como broma, tunear a Descartes: “Escribo, luego existo”. Con eso, es cierto que mi vivencia en Lesbos marca un antes y un después en mi conciencia de la migración, del maltrato infligido y en mi activismo pro derechos humanos.

–Cuenta en una entrevista que mientras elaboraba “Lazos de humo” le daba cierto pudor contar a su entorno cercano y laboral que estaba escribiendo una novela. ¿Por qué?

Con la escritura se la da paradoja –que temo es común a todo trabajo creativo- de que cuando las obras se acaban es un oficio vistoso porque incluye entrevistas, presentaciones, aplausos. A la mayoría de los trabajadores (una técnica de laboratorio, un maestro, una informática…) no les aplauden por ejercer. Pero la mayor parte del tiempo, un escritor, una pintora, un cantante, una actriz crean su libro, cuadro, canción o personaje. Y si cualquier conocido se lo topa por la mañana, le pregunta a dónde va y oye “a escribir”, “a pintar”, “a ensayar” le lanza una mirada entre incrédula y compasiva. Como pensando, “¿De qué vivirá este pringado?”. Lo que tiene su base pues son tareas poco remuneradas e inestables.

–También ha probado la literatura infantil, con el cuento “Vaho” y los relatos, como “Plata” que por cierto recibió el VII premio Francisco Ayala de Narrativa (2019) de la Asociación de la Prensa de Sevilla.[1] ¿Son experiencias puntuales? ¿La idea es continuar con novela? ¿Hay algún proyecto en cartera? Cuéntenos.

Las fronteras son, en mi opinión, tan arbitrarias, opresoras y estériles en la geografía como en la literatura. Yo dedico mi energía y tiempo a los proyectos que me apasionan sin pensar en la etiqueta con que luego otros se referirán a ellos. “Vaho” era una historia que yo deseaba construir con la fantástica pintora e ilustradora Irene Mala. Juntas creamos una niña que se refugia en la imaginación para protegerse del mundo hostil, un poco como nosotras, en páginas para pre y neolectores. “Plata”, por su parte son tres destellos de verdad lacerante que laten bajo una familia burguesa profesional etiquetada de normal por nuestra sociedad. Reflejos de competitividad, hipocresía y obediencia. Ahora mismo, sí, trabajo en una nueva historia. Tengo imágenes, escenas, textos, personajes, título provisional porque para mí es importante… Pero prefiero no adelantar acontecimientos.

–¿Qué le parece el entretenimiento sin más? ¿Entiende que la literatura siempre debe ir más allá, tener “más chicha”?

A mí me entretiene la chicha. A ver, me gusta que me emocionen, y me nutran, que me den qué pensar. Me gusta identificarme con los personajes y que lo que les pase me parezca crucial. Creo que eso es común. La cuestión es qué considera chicha cada uno. “Pasar el tiempo” no es una aspiración mía porque son tan curiosa y disfrutona que hay decenas, cientos de actividades que me llaman (pasear, leer, viajar, ir a conciertos, ver pelis, jugar a juegos de mesa) y el tiempo es escaso, demasiado veloz.

–¿Qué lee ahora mismo María Iglesias? En general, ¿cuáles son sus géneros y temas favoritos?

Leo en francés “Tous sauf moi”, de la italiana Francesca Melandri porque no está traducido y es una novela alucinante sobre un etíope que se presenta en Roma en busca de su abuelo, un fascista italiano que en tiempos de Musollini colonizó el África Oriental. Vivo rodeada de novelas y en esta etapa la mayoría de ellas escritas por autores y autoras magrebíes y africanos. Estoy intentando salir del ombliguismo europeo y occidental. Y disfrutando.

–¿Recuerda ese primer libro que le dejó huella para los restos?

Claro que sí, fue “La Historia interminable” de Michael Ende. Me veo en la litera con esa palpitación de querer seguir leyendo y, a la vez, desear que el libro fuera eterno. La sensación de espejo con el niño protagonista… Pero antes recuerdo álbumes ilustrados: “Soy un árbol”, “Rosa caramelo”, “El bosque encantado”.

–¿Qué libro recomendaría al adolescente que asocia la literatura con aburridos y obligados trabajos de clase?

Yo recomendaría “La Historia interminable” o “El señor de los anillos” pero mi hija Paula, que ya es adolescente, ha llegado hasta aquí enganchada a “Harry Potter”, hoy es apasionada del manga y también ha disfrutado clásicos de la ciencia ficción como “Dune”.

–La mayoría de los escritores entienden que el oficio no es posible si antes, no se es lector.

Para mí es más que eso. Borges dio la clave con: “Que otros se enorgullezcan de lo que han escrito; yo me enorgullezco de lo que he leído'. Considero que leer y escribir son vasos comunicantes, nutricios, de una búsqueda incesante.

–¿A qué autor idolatra especialmente? Al que vuelve –si es que es de las que repite– siempre como garantía de buenas lecturas.

No soy yo de idolatrar, pero sí hay autores de los que, en ciertas etapas, he devorado libros con avidez: Vargas Llosa, Ian McEwan y, más recientemente Emanuel Carrère y Leila Slimani.

–Trabajó un tiempo en el programa “El público lee” de Canal Sur TV. ¿Se lee tan poco como aseguran las estadísticas?

Los estudios sociológicos serios merecen crédito. Pero, además, ¿Veis muchos lectores alrededor: parientes, amigos, vecinos? ¿Cada uno, cuantos libros lee: al mes, al año? Es fácil recabar impresiones de los libreros que sufren además la competencia de plataformas y cadenas. Existe el argumento de que en las crisis económicas los bienes de ocio y cultura se resienten más. Pero, ¿qué explica no recurrir a las bibliotecas? De fondo la cuestión es ¿qué enseña esta sociedad? Que la literatura no es esencial, sino accesoria. Cuando los lectores sabemos que es bien de primera necesidad.

–Realizó una tesina con el título ”Periodismo y literatura, según Mario Vargas Llosa”. ¿Ambos conforman dúo inseparable en su carrera?

Espero poder seguir simultaneando trabajos periodísticos con la publicación de novelas, relatos y quién sabe qué otros géneros. Son actividades que se complementan porque escribir es una tarea solitaria mientras que el periodismo te conecta a los demás. Descubrir a fuentes de información y entrevistados, escucharles, es una infinita fuente de estímulos y aprendizaje.

–¿Hasta qué punto periodismo y literatura son familia? ¿Qué parentesco les adjudicaría: serían hermanos, primos, conocidos...?

Mi tesina sobre el criterio de Mario Vargas Llosa acerca de periodismo y literatura me llevó a mi convicción, que no coincide con la suya, de que el periodismo es un género literario más. De manera que esas relaciones de parentesco se darían entre el periodismo o sus subgéneros (noticia, reportaje, crónica, entrevista, artículo, crítica) y novela, ensayo, relato, poesía, teatro, memorias. La tan cacareada frontera entre ficción y no ficción, objetividad o subjetividad no explica nada. Tener que defenderlo en el siglo XXI da risa cuando ya en el XVIII Kant dejó sentado que nadie puede conocer una realidad incontaminada de punto de vista. Pero hay mucho empeñado en que siga siendo necesario. Mucho rancio. Que el periodismo sea literatura tampoco quita ni pone calidad. Textos periodísticos, como del resto de géneros literarios, los hay excelentes, buenos, malos… y para envolver pescado.

–¿Tiene manías y/o rituales a la hora de escribir? Hay autores que aseguran ser capaces de escribir en cualquier lugar y contexto...

Yo puedo escribir en cualquier lugar y contexto… casi. Prefiero en bibliotecas, junto a otros, y con la mejor luz posible. Pero he escrito en bares y hasta en un vagón no silencioso del AVE. Lo más difícil es iniciar un proyecto… o empezar la semana. Pero cuando estás metida de lleno en la tarea te atrapa y las horas vuelan. Soy bastante diurna y oficinista: Mi horario es de 8 a 15.

–¿Es de las que sufre? Muchos escritores hablan de procesos tortuosos cuando crean sus historias.

Hay instantes difíciles y otros de éxtasis. Eso no se cuenta, pero si no ¿de qué iba nadie a seguir escribiendo cuando es tan absorbente y a tan pocos permite vivir de ello? El dolor, el coraje, la obsesión vienen del contraste entre la historia en tu cabeza y lo que el talento da para plasmarlo y compartirlo con los demás. Quisieras ser mejor, superarte, con un sentido de compromiso y deuda con los personajes y su historia. Pero hay hallazgos, rumbos que aparecen y te llevan a lugares imprevistos que son un gustazo físico. Como transitar canales nuevos de tu conciencia y cerebro.

–¿Cómo se acerca a un libro autopublicado? Tal y como está el mercado literario en la actualidad, es difícil saber si quien utiliza esta fórmula no lo ha intentado lo suficiente con editoriales, no quiere probar con ellas o simplemente es que desea disfrutar de esa experiencia de forma puntual.

A quien me pregunta le recomiendo intentar publicar en una editorial: porque un buen editor mejora un libro en su trabajo con el autor; porque cuando una editorial apuesta por un libro lo impulsa más allá del círculo de conocidos del autor; porque la distribución en librerías y el impacto en medios es mayor y porque la autoedición cuesta el dinero al autor, que ya es el colmo de la precariedad laboral: pagar por trabajar.

Con mi escasez de tiempo, para mí el sello de un editor riguroso que se juega su dinero publicando un título es una garantía sobre el libro. Que luego, por supuesto, me gustará o decepcionará. Como libros auto-editados de amigos y conocidos me han emocionado o defraudado. Pero solo he leído un libro auto-editado de un desconocido: un álbum ilustrado que compré en una Feria del Libro.

–¿Es usuaria de blogs o páginas literarias? Independientemente de su calidad, ¿considera positiva la labor que realizan?

Sigo las revistas literarias online como las de papel, igual periódicos generalistas, online y de quiosco. Es imprescindible esa tarea de mediación entre las historias escritas por los autores y el público que, sin saber que existe el próximo libro que va a robarle el sueño, ya lo necesita y busca.

–Abiertos estamos a cualquier comentario que desee hacer...

Soy muy de recomendar: “Canción dulce”, de Leila Slimani, “Vozdevieja”, de Elisa Victoria, “Una novela rusa” de Emmanuel Carrère, “Yo, Tituba, la bruja negra de Salem”, de Maryse Condé, “Todo se desmorona” de Chinua Achebe, “Daha” de Hakan Günday, “Nada crece a la luz de la luna” de Torborg Nedreaas, “Vida privada” de Chen Ran, “El halcón” de Yasar Kemal… ¡Cuánto quedará por encontrar!

[1]          El XXV Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla fue en 2016 por mi significación aquel año gracias a las crónicas de Lesbos en eldiario.es, el documental Contramarea y la campaña de concienciación “Acojamos a los refugiados Ya”.





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