Teatro y poder

El teatro permite explorar la grandeza y la miseria del hombre. Filosofías y religiones han tratado, una y otra vez, de aplastarlo, sustituyéndolo por doctrinas que fundan, o pretenden fundar, una humanidad armónica y no conflictiva.

 

. Filosofías y religiones han tratado, una y otra vez, de aplastarlo, sustituyéndolo por doctrinas que fundan, o pretenden fundar, una humanidad armónica y no conflictiva.

Francisco Rodríguez Adrados, Del teatro griego al teatro de hoy.

Cada vez me interesan más las relaciones del poder con el teatro y con la cultura en general. Es un interés motivado por las lecturas que hice el verano pasado, y que he continuado éste, de obras de teatro valencianas escritas entre, más o menos, 1930-1970. No es que el teatro anterior a la guerra civil fuera una maravilla. Pero el posterior es sencillamente infame. Y de aquí es de donde ha surgido mi interés por la historia.

Al parecer la España de la República fue una España bastante culta y plural. Baste para dar cuenta de ello la Generación del 27. Parece ser, dejando a historiadores maniqueístas y brillantes de lado, que no fue aquella una España caínista y enfrentada. Tuvo en su seno, eso sí, una fuerza retrógrada y ascendente que se hizo con el poder, y de qué forma, como se apoderó de él en Alemania, Italia, Japón...

¿Pudo este poder ser tan fuerte, tan imponente que llegó a modificar toda la cultura de una país? ¿Cómo vieron esa época los autores teatrales? ¿Y las actrices? ¿Y el público?

Parece fuera de toda duda que el teatro de falla, En Valencia, con sus insulseces, cantos y alabanzas de la barraca, el campo y una pretendida vida sencilla, fue un vocero del régimen. Muy alejado, desde luego, de un naturalismo deslavazado de Pereda o de Fernán Caballero. Es una alabanza burda, casi de patio de vecindad.

Habría que estudiar, desde luego, el teatro del resto de España. Pues no se puede olvidar que Valencia fue capital de la República, y que por aquí estuvo el teatro de María Rosa León. No en balde en 1940 se hizo en Valencia la manifestación falangista, que fue todo un alarde de poder. ¿Por qué precisamente en Valencia? Sin duda por lo mismo que los cristianos atornillaron una catedral en la Mezquita de Córdoba: por defecar donde el enemigo había comido. Vae victis!

Cuando Sastre y Buero Vallejo están discutiendo sobre el teatro posibilista, aquí, en Valencia, se sigue haciendo el mismo teatro insulso de siempre. Sentimental, absurdo, sin ninguna conexión con la realidad y con un desprecio total por el lenguaje y la más mínima de las investigaciones. Es paralelo a la novelística de la época.

¿Tan asumido estaba el pánico? Comienzo a pensar que hubo pocas diferencias entre el franquismo y la peor de las represiones inquisitoriales. O mejor, ésta jamás alcanzó las cotas de aquél.

Es un tema a estudiar. Me gustaría abordarlo. Pero investigar en este país es llorar lágrimas de sangre. Y, además, es imposible.

UNETE



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