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La humanización del pescado


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01/01/2020

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La transparencia y lo sencillo dicen bien con la bondad.






Séneca, Epístolas.









Todos, al parecer, estamos de acuerdo en que éste es un mundo deshumanizado en el que predominan las prisas, las carreras, el estrés, y la poca o nula atención a la persona con problemas o dudas. Todos vamos a la nuestra sin apenas prestar atención a nadie. Los lugares donde mejor se puede apreciar tal desafección, sin ningún paliativo, son los ambulatorios y las grandes superficies. En los ambulatorios un médico es capaz de atender a unos veinte o treinta enfermos a lo largo de una hora o poco más. Y en las grandes superficies, ante cualquier problema, nadie atiende ni asesora al desorientado posible comprador. Sólo se ven a los empleados a la hora de pagar. El resto de la gente no sabe nada.





Es posible que no nos hayamos percatado de que la humanización de este mundo tiene su “precio”: el de tener que aprender a vivir saboreando las cosas, el darse cuenta de que las prisas y las carreras no son sino un espejismo para no llegar a ninguna parte. Es como aquel que va corriendo con su coche por la carretera, haciendo infracciones y poniendo la vida de los demás en peligro para llegar a casa, conectar la televisión y morirse de aburrimiento. Triste cosa es saberse vivo nada más saltándose las elementales normas de convivencia y provocando los insultos y los lógicos enfados del resto de los conductores.





No a todo el mundo le gusta madrugar. Pero, de verdad, no hay nada como levantarse pronto e irse al mercado. Lo de irse pronto es por evitarse las aglomeraciones, que se dan en las cajas de las grandes superficies, y por hacerse, cosa que no se da en esos mastodónticos supermercados, con el mejor género. Además, uno dice “buenos días” a la señora del mostrador, y ésta siempre contesta. ¿A quién saludar en las grandes superficies? Se le dice “buenas tardes” al guardia de seguridad y te mira con cara de sospechoso. En el mercado se pregunta quién es el último o la última, y, siempre, alguien responde. Y luego, si se tiene un poco de confianza, se puede inquirir sobre la bondad del género, sobre lo adecuado de este pescado o del otro pez, pues el niño está delicado y uno no entiende mucho... En ese momento todas las mujeres intervienen y apabullan al pobre comprador. Pero eso es la humanidad, eso es humanismo. Cierto que a veces resulta asfixiante. Tanto como puede serlo el cariño de una madre. ¿Pero no vale más eso que la indiferencia? Sí, claro, en el término medio está la virtud. Nada hay, sin embargo, más difícil de conseguir. No le exijamos a los demás lo que no podemos hacer nosotros.





También es cierto que se pierde la paciencia en las colas, que uno está deseando marcharse. ¿Y qué se tiene que hacer? ¿Para qué tantas prisas? ¿Para leer veinte o treinta páginas más de un libro? ¿Y a quién le importa eso? A nadie, absolutamente a nadie. ¿Por qué no disfrutar, pues, de la insulsa conversación del mercado, pero que lleva todo el calor de un cara a cara como en el teatro? Y más teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de las novelas que se publican no valen ni el papel que se gasta en ellas. Y además, qué merluza la del mercado, qué merluza. Y qué verdura: qué de olores y de sabores. Qué lejos todo del plástico y de la burda apariencia de higiene de las grandes superficies... Qué pescado y qué pimientos más humanos. Rebozados por conversaciones intrascendentes de personas que, tal vez, también se sienten muy solas. O muy solidarias.



Etiquetas:   Educación   ·   Humanismo

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