. Pocas veces un partido ha
hecho tanto daño a España sin haber llegado apenas a tocar poder.
La irrupción de Ciudadanos en el panorama
político español se produjo prácticamente a la vez que la de Podemos, en
aquello que se dio en denominar “nueva política”, que, según tocaba, unas veces
venía a acabar con el bipartidismo, otras a regenerar la política, y otras a
inventar la rueda.
Recordar hoy aquello de “nueva política”
suena a pésimo chiste. Pero no nos engañemos, igual que la aparición de Podemos
contagió en la extrema izquierda la esperanza de por fin ganar la guerra que
perdieron en el 39, la llegada de Ciudadanos introdujo en un buen número de
españoles la ilusión de contar con un partido que hiciera posible prescindir de
los nacionalismos periféricos a la hora de configurar mayorías parlamentarias.
En las élites económicas, la ascensión del
partido naranja hizo recuperar aquel viejo sueño (ya lo buscaron en su día con
Roca y después con Mario Conde) de tener un centro derecha tutelado y
completamente bizcochable.
Y todo ello estuvo a punto de suceder en
2015 con aquel “pacto del abrazo” entre Sánchez y Rivera. Pero los números no
dieron, y en la repetición electoral que vino inmediatamente después, el PP
recuperó parte del terreno perdido a costa de Ciudadanos. Aun así el panorama
era esperanzador: dejar que Rajoy se desgastara en el gobierno mientras
Ciudadanos le hacía la cama sin mancharse las manos.
Los que mueven los hilos decidieron echar el
resto para empujar a Rivera, y empezamos a asistir a cambios clave en
determinados medios de comunicación del espectro del centroderecha: se puso a
jefes de opinión muy proCiudadanos, hubo cambios masivos de tertulianos en
alguna cadena muy vinculada a la Conferencia Episcopal, en la radio de los
curas se puso a opinadores naranjas por todos sitios... Todo estaba a favor de
Ciudadanos, sólo hacía falta esperar a que la fruta cayera de madura.
Pero si algo ha demostrado Rivera en estos
años es que la paciencia no está entre sus virtudes. El primer síntoma lo dio a
cuenta del 1-O, cuando forzó al timorato Rajoy a condicionar la duración del
155 a unas elecciones catalanas anticipadas que le habían vendido como la entrada
de Arrimadas al palacio de la Generalitat. Aquello fue como el parto de los
montes, y lejos de tener alguna utilidad, sólo sirvió para quemar a Arrimadas,
que desde entonces arrastrará el estigma de haber salido huyendo de Cataluña
sin ni siquiera haber intentado la investidura.
Si al menos el experimento fallido hubiera
servido de escarmiento habría tenido alguna utilidad, pero aprender de los
errores tampoco parece encontrarse entre los puntos fuertes de Rivera. Pocos
meses después volvió a dejarse seducir por los cantos de sirena que lo ponían
como primera fuerza en unas hipotéticas elecciones generales.
El cuento de la lechera era perfecto: se
dejaba caer a Rajoy, y se convocaban elecciones que ganaba Ciudadanos, que
podría permitirse el lujo de elegir socio entre el PSOE de Sánchez y lo que
quedara del PP después de Rajoy. Y cuando Rivera leyó aquella sentencia amañada
de la Gürtel debió pensar que la ocasión la pintan calva.
Pero cuando echas a Dios por la ventana, el
diablo se te cuela por la gatera. El PNV, hasta entonces socio del PP, no
quería ni oír hablar de elecciones anticipadas, y ahí estaba Sánchez para
aprovechar la rendija que le acababa de abrir Ciudadanos. Como era de suponer, no costó mucho convencer
a los nacionalistas vascos de que la mejor forma de evitar elecciones era
facilitar una moción de censura contra Rajoy. Acababa de fraguar la tormenta
perfecta de la que aún no nos hemos recuperado.
La cagada fue monumental, y había que
intentar taparla como fuera. Desde las terminales mediáticas de Ciudadanos se
empezó a propagar el bulo de que Rajoy podía haber evitado la moción convocando
elecciones, algo que es inconstitucional, y lo curioso es que aún hoy puede
oírse a más de un convencido naranjito jurando a pies juntillas que aquello era
posible.
Nadie contó que Rajoy llegó a ofrecer su
dimisión y otro presidente a cambio de que el PNV votara contra la moción de
censura. Los que mueven los hilos estaban más interesados en hablar de Rajoy en
el bar mientras su escaño estaba ocupado por el bolso de Soraya.
El gobierno que salió de la moción no
consiguió ni siquiera aprobar unos presupuestos. De hecho aún hoy siguen
vigentes aquellos presupuestos de Montoro a los que demonizaban en el 99% de
los medios de comunicación. Justicia poética.
El resultado de las generales de abril de
2019 fue la última gran oportunidad de Ciudadanos. A nueve escaños del sorpasso
al PP, los naranjas tenían un resultado que hubiera permitido un gobierno de
coalición con el PSOE respaldado por 180 diputados. Pero Rivera estaba fuera de
control. En la directiva de Ciudadanos había tres maquiavelos por metro
cuadrado, y a todos les sabía la boca a sangre. A sangre del PP, por supuesto.
La decisión de Rivera de autoproclamarse
jefe de la oposición, dejaba a Sánchez con la extrema izquierda como única
salida, y lo fiaba todo a un gobierno efímero de PSOE y Podemos, después del
que Ciudadanos sería votado casi por aclamación. Otra vez el cuento de la
lechera.
A esas alturas los que mueven los hilos ya
se habían dado cuenta de que Rivera les había salido rana, y que más que un
purasangre era un caballo cojo. El ala más izquierda de Ciudadanos no conseguía
entender la repentina locura de su jefe, y para cuando las encuestas empezaron
a anunciar el batacazo que se avecinaba, ya era demasiado tarde. La reacción de
última hora de Rivera proponiendo un pacto a Sánchez, sólo sirvió para hacer
aún más patético su final político.
Las elecciones de noviembre de 2019 no
hicieron sino certificar el fracaso naranja y condenar a España a un gobierno
de coalición entre el psicópata Sánchez y los comunistas bolivarianos de
Podemos, aderezado con el apoyo del independentismo xenófobo de vascos y
catalanes.
Lo que queda de Ciudadanos es un muñeco roto
en el que uno no sabe si adivinar estertores o capacidad de reacción. En
Castilla-La Mancha entregado con armas e impedimenta a Page. En Castilla-León
con Igea deseando entregarse, y ofreciendo los gobiernos de Madrid y Murcia
como si fueran suyos. En Andalucía con Marín a rebufo de Bonilla, para hacer
olvidar que estuvo a rebufo de Susana la de los ERE. En Madrid con Aguado y la
Bego esperando a ver si lo de Arrimadas es niño o niña.
Y mientras, los de las terminales mediáticas
como “Bustos” parlantes que, cómo Bruce Willis en El sexto sentido, aún no se
han enterado de que están muertos, y siguen haciendo campaña contra el PP como
si no hubiera un mañana.
En resumen, de la deriva de Ciudadanos
deberían extraerse lecciones de lo que no se debe hacer, y de lo que, mucho me
temo, repetiremos una y otra vez, unas veces de naranja y otras de verde.
Será por colores....