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El ejemplo de Ciudadanos


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01/01/2020

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Pocas veces un partido ha pasado en tan breve espacio de ser esperanza a completa decepción. Pocas veces un partido ha hecho tanto daño a España sin haber llegado apenas a tocar poder.


La irrupción de Ciudadanos en el panorama político español se produjo prácticamente a la vez que la de Podemos, en aquello que se dio en denominar “nueva política”, que, según tocaba, unas veces venía a acabar con el bipartidismo, otras a regenerar la política, y otras a inventar la rueda.

Recordar hoy aquello de “nueva política” suena a pésimo chiste. Pero no nos engañemos, igual que la aparición de Podemos contagió en la extrema izquierda la esperanza de por fin ganar la guerra que perdieron en el 39, la llegada de Ciudadanos introdujo en un buen número de españoles la ilusión de contar con un partido que hiciera posible prescindir de los nacionalismos periféricos a la hora de configurar mayorías parlamentarias.

En las élites económicas, la ascensión del partido naranja hizo recuperar aquel viejo sueño (ya lo buscaron en su día con Roca y después con Mario Conde) de tener un centro derecha tutelado y completamente bizcochable.

Y todo ello estuvo a punto de suceder en 2015 con aquel “pacto del abrazo” entre Sánchez y Rivera. Pero los números no dieron, y en la repetición electoral que vino inmediatamente después, el PP recuperó parte del terreno perdido a costa de Ciudadanos. Aun así el panorama era esperanzador: dejar que Rajoy se desgastara en el gobierno mientras Ciudadanos le hacía la cama sin mancharse las manos.

Los que mueven los hilos decidieron echar el resto para empujar a Rivera, y empezamos a asistir a cambios clave en determinados medios de comunicación del espectro del centroderecha: se puso a jefes de opinión muy proCiudadanos, hubo cambios masivos de tertulianos en alguna cadena muy vinculada a la Conferencia Episcopal, en la radio de los curas se puso a opinadores naranjas por todos sitios... Todo estaba a favor de Ciudadanos, sólo hacía falta esperar a que la fruta cayera de madura.

Pero si algo ha demostrado Rivera en estos años es que la paciencia no está entre sus virtudes. El primer síntoma lo dio a cuenta del 1-O, cuando forzó al timorato Rajoy a condicionar la duración del 155 a unas elecciones catalanas anticipadas que le habían vendido como la entrada de Arrimadas al palacio de la Generalitat. Aquello fue como el parto de los montes, y lejos de tener alguna utilidad, sólo sirvió para quemar a Arrimadas, que desde entonces arrastrará el estigma de haber salido huyendo de Cataluña sin ni siquiera haber intentado la investidura.

Si al menos el experimento fallido hubiera servido de escarmiento habría tenido alguna utilidad, pero aprender de los errores tampoco parece encontrarse entre los puntos fuertes de Rivera. Pocos meses después volvió a dejarse seducir por los cantos de sirena que lo ponían como primera fuerza en unas hipotéticas elecciones generales.

El cuento de la lechera era perfecto: se dejaba caer a Rajoy, y se convocaban elecciones que ganaba Ciudadanos, que podría permitirse el lujo de elegir socio entre el PSOE de Sánchez y lo que quedara del PP después de Rajoy. Y cuando Rivera leyó aquella sentencia amañada de la Gürtel debió pensar que la ocasión la pintan calva.

Pero cuando echas a Dios por la ventana, el diablo se te cuela por la gatera. El PNV, hasta entonces socio del PP, no quería ni oír hablar de elecciones anticipadas, y ahí estaba Sánchez para aprovechar la rendija que le acababa de abrir Ciudadanos.  Como era de suponer, no costó mucho convencer a los nacionalistas vascos de que la mejor forma de evitar elecciones era facilitar una moción de censura contra Rajoy. Acababa de fraguar la tormenta perfecta de la que aún no nos hemos recuperado.

La cagada fue monumental, y había que intentar taparla como fuera. Desde las terminales mediáticas de Ciudadanos se empezó a propagar el bulo de que Rajoy podía haber evitado la moción convocando elecciones, algo que es inconstitucional, y lo curioso es que aún hoy puede oírse a más de un convencido naranjito jurando a pies juntillas que aquello era posible.

Nadie contó que Rajoy llegó a ofrecer su dimisión y otro presidente a cambio de que el PNV votara contra la moción de censura. Los que mueven los hilos estaban más interesados en hablar de Rajoy en el bar mientras su escaño estaba ocupado por el bolso de Soraya.

El gobierno que salió de la moción no consiguió ni siquiera aprobar unos presupuestos. De hecho aún hoy siguen vigentes aquellos presupuestos de Montoro a los que demonizaban en el 99% de los medios de comunicación. Justicia poética.

El resultado de las generales de abril de 2019 fue la última gran oportunidad de Ciudadanos. A nueve escaños del sorpasso al PP, los naranjas tenían un resultado que hubiera permitido un gobierno de coalición con el PSOE respaldado por 180 diputados. Pero Rivera estaba fuera de control. En la directiva de Ciudadanos había tres maquiavelos por metro cuadrado, y a todos les sabía la boca a sangre. A sangre del PP, por supuesto.

La decisión de Rivera de autoproclamarse jefe de la oposición, dejaba a Sánchez con la extrema izquierda como única salida, y lo fiaba todo a un gobierno efímero de PSOE y Podemos, después del que Ciudadanos sería votado casi por aclamación. Otra vez el cuento de la lechera.

A esas alturas los que mueven los hilos ya se habían dado cuenta de que Rivera les había salido rana, y que más que un purasangre era un caballo cojo. El ala más izquierda de Ciudadanos no conseguía entender la repentina locura de su jefe, y para cuando las encuestas empezaron a anunciar el batacazo que se avecinaba, ya era demasiado tarde. La reacción de última hora de Rivera proponiendo un pacto a Sánchez, sólo sirvió para hacer aún más patético su final político.

Las elecciones de noviembre de 2019 no hicieron sino certificar el fracaso naranja y condenar a España a un gobierno de coalición entre el psicópata Sánchez y los comunistas bolivarianos de Podemos, aderezado con el apoyo del independentismo xenófobo de vascos y catalanes.

Lo que queda de Ciudadanos es un muñeco roto en el que uno no sabe si adivinar estertores o capacidad de reacción. En Castilla-La Mancha entregado con armas e impedimenta a Page. En Castilla-León con Igea deseando entregarse, y ofreciendo los gobiernos de Madrid y Murcia como si fueran suyos. En Andalucía con Marín a rebufo de Bonilla, para hacer olvidar que estuvo a rebufo de Susana la de los ERE. En Madrid con Aguado y la Bego esperando a ver si lo de Arrimadas es niño o niña.

Y mientras, los de las terminales mediáticas como “Bustos” parlantes que, cómo Bruce Willis en El sexto sentido, aún no se han enterado de que están muertos, y siguen haciendo campaña contra el PP como si no hubiera un mañana.

En resumen, de la deriva de Ciudadanos deberían extraerse lecciones de lo que no se debe hacer, y de lo que, mucho me temo, repetiremos una y otra vez, unas veces de naranja y otras de verde.

Será por colores....



Etiquetas:   Política   ·   Partidos Políticos

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