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Doctrina y adoctrinamiento


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26/12/2019

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En buena parte de occidente, donde por lo general imperan los reinos de la libertad gobernados por sistemas democráticos capitalistas, la ciudadanía asiste al concierto permanente de una serie de imposiciones sostenidas en ideas preconcebidas exportadas por grupos de interés, que obligadamente tienen que ser acatadas por las masas, porque van acompañadas del marchamo oficial. Ya se sabe, si no obedeces lo tienes crudo. Tales ideas, aportadas por distintos grupos, marcan la vida de las personas, pero lo hacen con tal intensidad que ya no es posible la introspección y además cuentan con la fuerza asistida del rigor de lo público, hasta el punto de que fuera de la doctrina no es posible la reflexión.

Cabría matizar que esa libertad tan cacareada, propia de las democracias progresistas, opera en la práctica como apariencia, ya que en cuanto se trata de salir del guión preconcebido se liquida y pasa a ser leyenda. Por lo que parece, se asemeja a un derecho sobre el papel que embellece y aporta prestigio a las constituciones. No es preciso entrar en detalles concretos, como a menudo sucede con tantas otras cosas, y basta con señalar que se trata de una libertad sujeta a control, tal y como se puede comprobar simplemente abriendo los ojos. Si bien, para justificar que existe algo parecido a aquella, trata de mantenerse vigente el sentido positivo del término. No sucede así en el plano de la libertad negativa berliniana, porque toda doctrina tiene por finalidad arrasar con el principio de que un hombre es libre en la medida en que ningún otro hombre ni ningún grupo interfieren en su actividad. Ahí está la doctrina al uso para decir lo que se tiene que hacer, y así aliviar la tarea de pensar, con lo que el hombre unidimensional se lo agradece. De ahí su éxito. El hecho es que, como casi todo está prohibido, siempre vienen a recordarlo mostrando la senda a seguir y solo queda la opción de dejarse llevar por la corriente.

El problema de que alguien trabaje intelectualmente por otro es que le permite engordar a su costa. Se impone el paternalismo y la intolerancia, con lo que la cuestión gira en torno a respetar verdades absolutas promovidas por grupos de interés, cuya finalidad es imponer sus verdades a medias a la generalidad. La complicidad de los servicios de comunicación, dedicados a transmitir las posiciones de esos grupos, amplifica el alcance de la doctrina y la hace estar permanentemente presente. A medida que se fortalece, es asumida por la colectividad y acaba imponiéndose por ley. Ya no hay posibilidad de reflexión y solo cabe el acatamiento. De esta manera se coacciona abiertamente lo esencial del ser humano, que es su capacidad de pensar, imponiendo un pensamiento unidireccional, donde la libertad queda bajo mínimos. La individualidad es rehén de esos grupos protegidos, no tanto por el poder grupal natural como por la presión oficial. Todo el rebaño está obligado a seguir la misma dirección, al individuo que se dispersa le envían los perros.

Desde este lado, en las sociedades avanzadas, donde empresas mercantiles y aparatos estatales benefactores resuelven todos los problemas existenciales, apenas queda espacio para ser uno. Educados en la libertad de la obediencia no existe vida más allá del dogma, con lo que el pensar subjetivo solo puede ejercitarse dentro de la estructura del andamiaje. Sin embargo, habría que recordar al dogmatismo que cabe aleccionar en el obrar, pero no condicionar la libertad de pensamiento.

Dentro del juego de intereses impositivos, el sentido de ilustrar —si es que algún momento está presente—solo es como tapadera del dogma. Lo que parece razonable en sus planteamientos queda desvirtuado por la pretensión de imponer, sin posibilidad de abrirse a la reflexión.

Viene a decir la doctrina, divulgada a conveniencia, para educar en asuntos sociales como si fueran producto de su sentido de la exclusividad que, por citar algún ejemplo, ciertos hombre son malos porque matan a otros y mucho más malos porque matan a las mujeres, estas son víctimas porque son mujeres, hay que ser solidarios porque está bien visto, no se debe odiar o hay que amar a todo el mundo. Todo ello razonable. Sin embargo, cuando interviene la doctrina y sus conclusiones se tornan impositivas la causa decae. Primero, por el efecto de la publicidad excluyente que acaba desplazando la realidad por la tendencia al espectáculo. Segundo, porque lo que es razonable para el sentido común se enturbia cuando detrás se mueven los intereses mercantiles de los tutores de la doctrina.

Otras veces se trata de crear una visión política de lo que tiene que pensar la gente y obrar en consecuencia Así, dicen que USA es el buen ejemplo a seguir por el mundo civilizado, mientras que Rusia no es de fiar o China limita la intimidad y la libertad, porque nos espía y lo controla todo —parece ser que los adoctrinadores no hacen esas cosas —.

Cuando la doctrina se mete de lleno en la economía de la calle, en ocasiones lo hace para ordenar a la muchedumbre comprar solamente productos occidentales, boicotear las exportaciones rusas y no adquirir mercancías a los chinos porque no son de fiar —pero resulta que muchas empresas de occidente importan sus productos de China—. En sus asuntos, la doctrina que se ha impuesto ante la pasividad de las masas adormecidas por el mundo virtual no permite hacer preguntas, exige obediencia ciega, porque está en posesión de la verdad e incluso, avasallando todavía más, ordena fidelidad de pensamiento a la ciudadanía.

Habría que poder gritar abiertamente a los adoctrinadores sordos por conveniencia que cada uno es libre de pensar, sin verse sometido al golpeteo propagandístico-publicitario cotidiano para ponerle en la dirección marcada por la doctrina oficial. Dejen que cada cual piense lo que quiera, incluso que comulgue con creencias. Permitan que disienta, hasta de los dogmas, por que la individualidad reclama el derecho de pensar sin ser tutelada. No hablemos del obrar, pero al menos hay que reclamar un recinto para pensar libre de influencias. Porque, en definitiva, los pensamientos individuales son solamente pensamientos y las palabras simplemente palabras. Resulta razonable proponer que, si no es posible obrar —porque para eso está la represión—, al menos cabría dejar pensar libremente y suavizar las presiones de la propaganda y de la publicidad. Pero parece ser que no ha lugar, porque ambas tienen que seguir con sus respectivos negocios y, de otro lado, ya está todo pensado, vamos que han pensado por todos. Aparquen las enseñanzas de la doctrina, para que algunos puedan extraer sus propias conclusiones y percibir un soplo de esa libertad de papel de la que se enorgullece occidente. A los inquisidores —puesto que a lo que conducen la doctrinas es al retorno de semejante casta— habría que hacerles ver que la individualidad suele ser inocua y que el problema reside en que exista una maquinaria detrás que la manipule a conveniencia. Y en lo de manipular a las masas, para que ni piensen ni formen sus propias convicciones, los adoctrinadores son expertos, porque cuanto menos se deje pensar a las personas, más sencillo resultará continuar con el negocio que dirigen desde detrás de la cortina.

Antonio Lorca Siero













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