. Algunos pudieran haber entendido que es
apremiante tratar de encontrar una solución al problema de la salud
del planeta. Otros han llegado a la creencia de que ese problema no
les afecta. Los aficionados al cine acaso han entendido las jornadas
como un festival cinematográfico que por unos días ha entretenido
al auditorio. Aunque no hay que pasar por alto esa parte del
turismo que siempre resulta atrayente para cualquiera, especialmente
para los participantes. A la vista del espectáculo popular,
animado a bombo y platillo, con sus danzas, carteles, pinturas y
caretas, se transmite la impresión de que el sentido festivo ha
desplazado a la dramática realidad de fondo. Y mientras las gentes
batían timbales, los directores de orquesta parecerían
tomarse en serio lo del cambio climático y dejaban debatir a unos y
otros para lucirse. Habría hasta interés, pero no hay que dejarse
llevar por las apariencias. Para un observador situado al margen de
toda influencia, el balance al efecto sería de tiempo perdido, lo
que, como inútil consuelo, le podría servir eso que dice la
publicidad de que todavía estamos a tiempo. Total, que el
balance final viene a ser haber llamado la atención sobre la
necesidad de que se debiera hacerse algo. Pero nadie hace nada.
No se hace nada porque
en la cuestión se entrecruzan demasiados intereses contrapuestos
para que el asunto ofrezca soluciones realistas. Prioritariamente si
estas aspiran a realizarse al margen del control de los que mandan.
Por eso, basta para cumplir las previsiones de que la parte
publicitaria se centre en el jolgorio montado por organizaciones
subvencionadas por las empresas
que esperan obtener beneficios en el futuro, con el fin de,
por ahora, llamar la atención del público. A lo que sigue dar un
poco de coba a algunos sectores de la juventud para que el
espectáculo no decaiga y mantenga su dosis de vigor. En cuanto a
soluciones a tomar, de momento basta con eso de fijar cuotas de
pago para contaminar. Más allá, se trata de ir tanteando los
negocios que surjan al hilo de la nueva situación, como estrategia
dirigida hacia otras fuentes de producción de capital. Hay que
aprovechar un problema que está ahí, que reclama soluciones y
hacerlo de general conocimiento para justificar ante la opinión
pública la nueva línea de negocio empresarial.
Lamentablemente debe
enfocarse el asunto desde donde le corresponde, y no es otro que el
marco capitalista. No se puede pasar por alto que hay una
confrontación de intereses empresariales. Por una parte, las
poderosas multinacionales, respaldadas por gobiernos fuertes, que
precisan de la contaminación ambiental para el desarrollo de sus
empresas y, de otra, la nueva línea que demanda la explotación de
distintas energías para abrir un nuevo campo de negocio. Esta es la
cuestión sustancial. Unas empresas, utilizan como argumento la
razón del dinero para inhibirse del problema ambiental; las
otras, reclaman un nuevo lugar para ganar dinero.
Las últimas, a fin de enfrentarse al patronazgo del dinero,
simplemente buscan la complicidad de las masas con la nueva
causa. No obstante, cuando ganen en poder económico, sucederá como
siempre, se olvidarán de sus aliados y tomaran el lugar que hoy
ocupan las poderosas multinacionales de la contaminación y guardarán
silencio sobre los nuevos problemas ambientales que se generen con el
desarrollo de las tecnologías anticontaminantes, es decir, actuarán
como en su caso lo hicieron sus predecesoras.
Mover conciencias para
buscar adhesiones a través de la publicidad es típica de cualquier
operación guiada por el marketing, propio de toda empresa
capitalista. Hay que tener habilidad para ofrecer atractivo al
negocio a fin de que así se pueda vender mejor el producto. Bien
vendido, se gana la tolerancia de las masas y la complicidad del
poder político. Sin duda, en el proceso de venta, el valor de la
juventud en este caso es un valor añadido, ya que con su
intervención se vende mejor, porque está directamente afectada por
el problema y representa una respuesta enérgica. Es utilizada como
un elemento más de marketing, sin que quepa realmente entenderse que
el negocio está diseñado solamente pensando en su futuro. Si a ello
se añade que se trata de sucesivas generaciones adictas al
consumismo y dependientes de la tecnología del smartphone y sus
derivados, no será difícil mantenerlas bajo control, para que no se
salgan del guión previsto, y el interés del negocio empresarial
pase a ser prioritario.
Dejando a un lado la
publicidad y los discursos que tratan de atraer a las nuevas
generaciones, la cuestión de buscar soluciones al cambio climático
en el fondo es una disputa por el negocio entre grupos
empresariales tradicionales y progresistas que utilizan el tema
para imponer su propio modelo. El resultado de la confrontación, si
se inclina del lado de lo verde —lo que por ahora no está
definitivamente claro—, tendrá algo positivo para todos.
Objetivamente considerada la nueva actividad comercial, vender lo
verde está mejor visto que vender la industria dependiente de la
quema de fósiles y derivados, porque ya se han vivido los nefastos
resultados ambientales de esta última. Pese a las circunstancias,
aunque las soluciones efectivas al cambio climático estén sujetas
con alfileres y se muevan conforme a la perspectiva comercial, hay
que ser optimistas. Tal vez no importe que algunos hagan negocio a
costa del asunto, si cuanto menos es posible ganar en salud y en
calidad de vida.
Antonio Lorca Siero