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Un nuevo negocio


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18/12/2019

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Con ocasión de lo del clima han salido a la luz diversidad de posiciones antes mayoritariamente ignoradas. Algunos pudieran haber entendido que es apremiante tratar de encontrar una solución al problema de la salud del planeta. Otros han llegado a la creencia de que ese problema no les afecta. Los aficionados al cine acaso han entendido las jornadas como un festival cinematográfico que por unos días ha entretenido al auditorio. Aunque no hay que pasar por alto esa parte del turismo que siempre resulta atrayente para cualquiera, especialmente para los participantes. A la vista del espectáculo popular, animado a bombo y platillo, con sus danzas, carteles, pinturas y caretas, se transmite la impresión de que el sentido festivo ha desplazado a la dramática realidad de fondo. Y mientras las gentes batían timbales, los directores de orquesta parecerían tomarse en serio lo del cambio climático y dejaban debatir a unos y otros para lucirse. Habría hasta interés, pero no hay que dejarse llevar por las apariencias. Para un observador situado al margen de toda influencia, el balance al efecto sería de tiempo perdido, lo que, como inútil consuelo, le podría servir eso que dice la publicidad de que todavía estamos a tiempo. Total, que el balance final viene a ser haber llamado la atención sobre la necesidad de que se debiera hacerse algo. Pero nadie hace nada.


No se hace nada porque en la cuestión se entrecruzan demasiados intereses contrapuestos para que el asunto ofrezca soluciones realistas. Prioritariamente si estas aspiran a realizarse al margen del control de los que mandan. Por eso, basta para cumplir las previsiones de que la parte publicitaria se centre en el jolgorio montado por organizaciones subvencionadas por las empresas que esperan obtener beneficios en el futuro, con el fin de, por ahora, llamar la atención del público. A lo que sigue dar un poco de coba a algunos sectores de la juventud para que el espectáculo no decaiga y mantenga su dosis de vigor. En cuanto a soluciones a tomar, de momento basta con eso de fijar cuotas de pago para contaminar. Más allá, se trata de ir tanteando los negocios que surjan al hilo de la nueva situación, como estrategia dirigida hacia otras fuentes de producción de capital. Hay que aprovechar un problema que está ahí, que reclama soluciones y hacerlo de general conocimiento para justificar ante la opinión pública la nueva línea de negocio empresarial.

Lamentablemente debe enfocarse el asunto desde donde le corresponde, y no es otro que el marco capitalista. No se puede pasar por alto que hay una confrontación de intereses empresariales. Por una parte, las poderosas multinacionales, respaldadas por gobiernos fuertes, que precisan de la contaminación ambiental para el desarrollo de sus empresas y, de otra, la nueva línea que demanda la explotación de distintas energías para abrir un nuevo campo de negocio. Esta es la cuestión sustancial. Unas empresas, utilizan como argumento la razón del dinero para inhibirse del problema ambiental; las otras, reclaman un nuevo lugar para ganar dinero. Las últimas, a fin de enfrentarse al patronazgo del dinero, simplemente buscan la complicidad de las masas con la nueva causa. No obstante, cuando ganen en poder económico, sucederá como siempre, se olvidarán de sus aliados y tomaran el lugar que hoy ocupan las poderosas multinacionales de la contaminación y guardarán silencio sobre los nuevos problemas ambientales que se generen con el desarrollo de las tecnologías anticontaminantes, es decir, actuarán como en su caso lo hicieron sus predecesoras.

Mover conciencias para buscar adhesiones a través de la publicidad es típica de cualquier operación guiada por el marketing, propio de toda empresa capitalista. Hay que tener habilidad para ofrecer atractivo al negocio a fin de que así se pueda vender mejor el producto. Bien vendido, se gana la tolerancia de las masas y la complicidad del poder político. Sin duda, en el proceso de venta, el valor de la juventud en este caso es un valor añadido, ya que con su intervención se vende mejor, porque está directamente afectada por el problema y representa una respuesta enérgica. Es utilizada como un elemento más de marketing, sin que quepa realmente entenderse que el negocio está diseñado solamente pensando en su futuro. Si a ello se añade que se trata de sucesivas generaciones adictas al consumismo y dependientes de la tecnología del smartphone y sus derivados, no será difícil mantenerlas bajo control, para que no se salgan del guión previsto, y el interés del negocio empresarial pase a ser prioritario.

Dejando a un lado la publicidad y los discursos que tratan de atraer a las nuevas generaciones, la cuestión de buscar soluciones al cambio climático en el fondo es una disputa por el negocio entre grupos empresariales tradicionales y progresistas que utilizan el tema para imponer su propio modelo. El resultado de la confrontación, si se inclina del lado de lo verde —lo que por ahora no está definitivamente claro—, tendrá algo positivo para todos. Objetivamente considerada la nueva actividad comercial, vender lo verde está mejor visto que vender la industria dependiente de la quema de fósiles y derivados, porque ya se han vivido los nefastos resultados ambientales de esta última. Pese a las circunstancias, aunque las soluciones efectivas al cambio climático estén sujetas con alfileres y se muevan conforme a la perspectiva comercial, hay que ser optimistas. Tal vez no importe que algunos hagan negocio a costa del asunto, si cuanto menos es posible ganar en salud y en calidad de vida.

Antonio Lorca Siero







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