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Nada nuevo bajo el sol (Nihil est novum sub sole)


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18/12/2019

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¡Triunfe el bien, al fin, sin confusión alguna! Que de los muchos bienes que se ofrecen este es, sin duda, aquel que yo prefiero1.






Esquilo, Agamenón.









Sé que mucho de lo que he visto y vivido esta semana se debe a bulos, propaganda interesada, desde luego, y a mentiras, más o menos solapadas, pero con un proyecto bien definido. No consiste dicho proyecto en provocar admiración, interés o algo que pudiéramos llamar positivo, ganas de estudiar o profundizar en un tema, por ejemplo. No, evidentemente no se trata de eso. Así que no deja de ser curioso, al respecto, que algunos programas de televisión, no sé si científicos o absurdos, dado que no tengo suficiente preparación para juzgarlos, se asemejen cada vez más al famoso Apocalipsis, último libro de la Biblia, como se sabe. A algunos de esos programas he recurrido esta nefasta semana. Harto de películas insustanciales, de alguna serie televisiva que no hay por donde cogerla, y de entrevistas absurdas y noticias sin interés, me pasé a los programas sobre la vida, el cosmos, y la historia del mismo. Todos ellos de producción norteamericana. Es normal dado que Estados Unidos ha sido, y es, el pionero en el estudio y exploración del espacio.





Resulta curioso constatar que las noticias y predicciones que se ofrecen en estos pretendidos documentales más que explicar el espacio, la formación de la tierra, los planetas, el sol y la galaxia, se dedican, por el contrario, a proclamar, una y otra vez, sin descanso, el peligro que corre la tierra: meteoritos que nos pueden caer sobre cabeza el día menos pensado, tormentas solares que nos van a achicharrar cuando menos nos lo esperemos, y el colapso solar con la consiguiente desaparición de toda la vida conocida y por conocer. A tantas desgracias, unidas o por separado, sólo les falta haber sido grabadas, ya que no escritas, en una cueva de Patmos. Podrían, así, formar el último capítulo de la Biblia, tras el citado Apocalipsis, que pasaría de esta forma a ser el penúltimo. O añadir un disco, con estos documentales, por eso de poner al día tan milenario libro. El disco contendría el mismo mensaje que el redactado en Patmos, pero con el aporte de pretendidas pruebas científicas. Y no ofrece ninguna posibilidad de redención. Todo son avances.





En la Biblia le queda al creyente la certeza de salvarse, de ir, tras tanta catástrofe, al cielo a disfrutar de la compañía de las buenas personas que deben morar allí, de los angelitos y de Dios, el hacedor de todo esto. No así en los documentales. En estos la única esperanza que se nos da a los seres humanos es que explosiones y colapsos solares, todas estas desgracias, salvo la de los meteoritos, acaecerán dentro de millones y millones de años. Tal vez mucho después de que la Humanidad haya decidido, al paso que vamos, eliminarse a sí misma antes que caer en manos del enemigo, tal como hicieran los numantinos, los saguntinos y tantos otros. El enemigo, ahora, es el señor sol. Así que si nos matamos los unos a los otros, burlaremos a tan temido enemigo. El sol morirá en vano. O no morirá matando. Triunfo seguro de la Humanidad, una vez más.





Tanta catástrofe y tanta desgracia, venida del cielo en un tiempo incierto, me ha hecho sospechar de la intención de dichos y pretendidos documentales. Algo así como me sucede con alguna que otra película que, al igual que cuando era joven, alcanza predicamento no por ella misma sino por lo que se cree que quiere decir. En mi época era suficiente que un actor dijera o insinuara que luchaba contra la dictadura para que el cine o el teatro se llenara de gente hambrienta, y saliera de allí más que contenta y satisfecha. O que apareciera en pantalla alguna actriz mostrando alguna zona más o menos erógena para provocar lo mismo. No hay más que recordar el éxito que tuvo una película titulada Helga, el milagro de la vida, cuyo único interés, película didáctica para estudiantes de medicina, era la visión de un parto. En España se convirtió en una película pornográfica. No en vano somos el país del esperpento.





Días atrás, para acabarlo de redondear, apareció, en periódicos, móviles y demás instrumentos, la reseña de una película que, seguramente, necesitaban promocionar. La película tiene el pretendido encanto de estar dirigida por una mujer, palabras mayores hoy en día. Ni es la primera directora, ni será la última. No obstante, eso, en los momentos actuales parece que tiene un fuerte tirón, tanto como en mi juventud mostrar un puño cerrado. Es políticamente correcto verla, y políticamente correcto alabarla.





La película, sin embargo, Lionheart, de Genevive Nnaji, es tan vieja como el mismo sol que nos alumbra, y que nos ha de matar. Novedosa en cuanto a la música, a los actores, y a la actriz-directora. Pero nada más. Es el cuento de Blancanieves ambientado en Nigeria, con actores negros. Ni reivindicación de la mujer, ni cosa que se le parezca. Es el cuento de la mujer de alta alcurnia que lucha, como Cenicienta y Blancanieves, por recuperar su trono. Pero ahora el trono, los tiempos cambian que es una barbaridad, es el butacón de un despacho, de una sala de juntas y de la presidencia de una empresa en crisis. La misión de esta Blancanieves nigeriana es reflotarla. Aparece, cómo no, el tío de la protagonista, bondadoso, dicharachero y supuestamente inteligente, lleno de buenos consejos, en lugar de los siete enanitos. Su misión es guiar a la inexperta princesa, asunto en el que es ayudado por el azar. El príncipe azul, que si bien ahora no da el beso que vuelve a la vida porque nadie muere, está encarnado por un joven que convence a su papá para que ponga el dinero, sustituto del beso redentor, y salve a la empresa de la señorita Blancanieves de fieros y malos acreedores. El papá pone el dinero. Y fueron felices y comieron perdices. Y como los cuentos, la película se desarrolla en ambientes de lujo y de dinero. De la Nigeria corriente y moliente, de la señora que pierde el autobús y convierte eso en un drama, no sabemos nada. Como tampoco sabíamos nada de la vida de los campesinos a través de Cenicienta, Blancanieves y demás. El único apunte sobre la vida del campesino medio del momento está en el pobre Pulgarcito, abandonado por sus padres en el bosque porque no lo podían alimentar.





En tanto veía esta historia tan bonita, de pretendida reivindicación de la mujer, y me enteraba de que un asteroide asesino, así lo llaman repetidas veces en esos documentales sobre el espacio, vuela sobre nuestras cabezas amenazándolas, llega una terrible noticia. En Pakistán una niña de nueve años ha sido condenada a morir lapidada2. Y aunque parezca mentira la han ejecutado. Hace falta ser bestia Ni los animales más feroces. Nadie, sin embargo, ha dicho ni una palabra sobre estas pequeñas piedras, o grandes, más asesinas que los pobres e inocentes asteroides, no por ellas, sino por las manos que las manejan. Ni una crítica, ni una voz más alta que otra. Silencio sepulcral. Mientras los asteroides asesinos, se les hace la boca agua con el calificativo, sobrevuelan sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles.





Nada nuevo bajo el sol, desde luego. De hecho ya se narra un famoso intento de lapidación en la Biblia. Siempre que lo he leído me ha parecido un cuento tan encantador como el de Cenicienta, Blancanieves y aledaños. Aunque la narración bíblica ofrece una novedad, de ahí su interés: cuando le dicen a Jesús que van a lapidar a una mujer adúltera, este responde aquello tan famoso: “El que de vosotros no tenga pecado, tírele una piedra el primero”. Hace falta tener valor para decir semejante cosa ante una turba enfurecida y armada con piedras. Lo que más me llamó la atención, no obstante, fue la reacción de la gente, puro cuento, como el ambientado en Nigeria: “A estas palabras (a lo de tirar la primera piedra), ellos se fueron unos tras otros, comenzando por los más ancianos; y se quedó Jesús solo, con la mujer...”3





Hay noticias que de tan duras como son adquieren las características de la vieja Medusa: petrifican, dejan sin respiración, aunque luego, recuperado el pulso y el aliento, obligan a replantearse muchas cosas. Si es cierto que el planeta tierra está condenado a la extinción, no por los abusos que se hace de los bosques y de los ríos, no por la contaminación, la proliferación de coches, aviones y barcos, de lo cual nada se dice en esos documentales, sino por el sol y los asteroides asesinos, si es cierto todo ello, y se está buscando la solución con repoblar Marte o cualquier otro planeta, la pregunta es: ¿nos iremos todos allí? ¿También estos bestias que lapidan a mujeres y a niñas? ¿Hay piedras en Marte para tal operación? ¿Y gravedad para que el choque de la piedra con la persona sea mortal? De no ser así más valdría dejar a estos animales, y a otros muchos, en manos de los asteroides asesinos: igual se pueden defender de ellos arrojándoles otras piedras igualmente asesinas. Y, desde luego, visto lo visto, tal vez sería deseable que uno de esos sádicos asteroides, el más grande posible, como temía el jefe de la aldea gala, el de Asterix, cayera sobre nuestras cabezas acabando de esta forma con tanta película, tanta necedad y tanta bestialidad.





La pobre niña, ejecutada el otro día, no tuvo la suerte de que estuviera Jesús por allí. Aunque seguramente, de haber pronunciado las palabras que pronunció, eso de estar libre de pecado, hubiera sido él quien hubiera recibido el primer pedrazo, y el segundo y el tercero. Y ni la niña ni la mujer se hubieran salvado de ser lapidadas, por supuesto.





De vez en cuando me complazco soñando con un mundo mejor, más justo e igualitario con hombres y mujeres, se vaya a terminar o no. Un mundo en el que triunfe el bien. Trato de evitar los pensamientos apocalípticos. Y recuerdo entonces que lo más precioso que tenemos es la vida. Y me dan ganas de vivirla, de seguir leyendo, estudiando, viendo películas. Es lo que le recomendaba Séneca a su madre cuando le escribió su famosa consolación: el estudio como refugio del dolor y búsqueda del conocimiento. Añado a ello, por ser un tanto novedoso, lo de protestar, como puedo y donde puedo, por tanta bestialidad y tanta mentira y tanta zafiedad. Sobre le otro, como diría Sancho, contra los asteroides, no tiene poder mi señor. Vale.









1Esquilo, Agamenón, en Tragedias completas, Madrid, 1990. Traducción de José Alsina Clota.





2Diario Público, 11 de diciembre de 2019







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