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En el tren de cercanías


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13/12/2019

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Hay que restarle importancia a todo y aguantarlo con una actitud optimista: es más humano reírse de la vida que reconcomerse con ella.






Séneca, Sobre la tranquilidad del espíritu.









Siempre me sucede lo contrario de lo que dice la gente. Más de una vez he oído y leído que, en la actualidad, en el tren, y en cualquier transporte público, las personas se sientan, si es posible, unas de espaldas a las otras, se ponen los auriculares de sus móviles u ordenadores, y no hablan con nadie. Yo nunca llevo auriculares: me molestan. Y mi buena tía Julia, cuando hablamos del asunto, me dio a leer un libro de Gustavo Adolfo Bécquer, Desde mi celda, a fin de que me riera con todas las peripecias que pasó este yendo de Madrid al monasterio de Veruela. Sí, hoy en día una situación así es impensable.





Leyendo aquel magnífico libro, no obstante, recordé que también a mí me abordaron más de una vez en el tren. Ni de lejos, sin embargo, me sucedió algo similar a lo que vivió Bécquer. Era yo joven entonces. Y siempre iba leyendo. Por recomendación de Julia, que quería completar mi educación, estaba terminando Libro de la vida, de santa Teresa de Jesús. He de reconocer que el libro me gustó, aunque no recuerdo nada de él. Recuerdo eso sí, que en la portada estaba la imagen de la santa, y su nombre, escrito con grandes letras amarillas.





Subí al tren como quien teme perderlo, aunque todavía faltaban unos minutos para que se le diera la salida. Me senté en el primer asiento libre que vi. El vagón estaba más vacío que lleno. E inmediatamente, con la cabeza apoyada sobre la ventanilla, me puse a leer. Vi por el rabillo del ojo que un hombre, de pie, estaba indeciso. Miró aquí y allá. Y, al final, decidió sentarse frente a mí. Me puso nervioso: durante unos largos segundos me estuvo observando como si buscara en mi cuerpo el sitio más vulnerable donde clavarme un cuchillo. Hice ingentes esfuerzos por concentrarme en la lectura. Lo conseguí mal que bien, aunque para mi desgracia se terminó el libro. Decidí volverlo a empezar. Pero apenas lo cerré, el hombre, avanzado su cabeza, como buque insignia, sin darme tiempo a nada, comenzó a hablar.





-En cuanto lo he visto -me dijo con una amplia sonrisa- me he dado cuenta de que usted es de los míos. No todo el mundo lee a la santa.





Así de bote pronto me entró una pereza terrible. No tuve ganas de explicarle que el hecho de leer aquel libro no suponía que yo fuera creyente, que no lo soy. Como tampoco creo en Zeus cuando leo a Ovidio, ni me parece posible que se produzcan las metamorfosis de las que habla él tan magistralmente. Pero el buen hombre no iba por ahí. Resulta que él pertenecía a un partido político cuyo fundador era oriundo de Ávila, y daba por sentado que santa Teresa, abulense de nacimiento, sería de su partido, y yo también. Lo dejé hablar, qué otra cosa podía hacer. Me supo mal, por educación, cambiarme de sitio; y no me apeteció lo más mínimo bajarme en la primera estación donde se detuvo el tren. Aprovechándose de todo aquello me puso la cabeza como un tambor. Y cuando llegó el momento de despedirnos, por fin, me apretó la mano con tal fuerza y entusiasmo que creí me la iba a romper.





-En todo es menester espiriencia y maestro -murmuré citando a la monja-.





-¿Decía?





-No, nada. Una frase de la santa.





-Gran mujer. De Ávila.





-Gran ciudad Ávila. Y qué buena la carne. La de Ávila.





Guardé el libro en la cartera. Y al devolvérselo a Julia le hice prometer, sonriendo, que nunca volvería a dejarme un libro sin forrarlo antes con un material que no fuera transparente. Se rió de buena gana cuando le conté la absurda conversación mantenida en el tren.





Algunos conocidos y compañeros me dicen que, con el paso del tiempo, se me ha hecho cara de pocos amigos. Es posible. Ahora bien, no debo infundir mucho pánico cuando, el otro día, volvió a sucederme lo mismo. Sí, también llevaba un libro, y también tenía intención de leer durante el viaje. No tuve la más mínima oportunidad. Un hombre, ligeramente mayor que yo, bien vestido, con traje de chaqueta, abrigo, camisa blanca y corbata, se sentó frente a mí.





-Le podría decir -comenzó así una especie de saludo- lo que dijo aquel, aunque tergiversando las palabras: a los libros siempre los tendrá con usted, y a mí no.





-No nos conocemos de nada -respondí asombrado.





-Es cierto. Perdone. José Pérez -me dijo alargándome una mano que estreché en tanto me presentaba yo también-. Un nombre bastante vulgar, el mío, como puede observar.





-Usted parece que no lo es.





-Podría decirle lo de don Sandalio… ya he visto que lleva usted un libro, y que no es, desde luego, literatura de consumo. Sí, ya sé que aún así no tiene porqué conocer a Unamuno. Don Sandalio, su personaje, viene a decir que nos presentamos a los demás como queremos que nos vean estos; y los demás escogen de lo contado aquello que les interesa o les llama la atención.





-Es decir que es imposible el conocimiento humano. Entre las personas, quiero decir.





-¿A usted qué le parece?





-No lo sé. Nunca me lo he planteado. Yo soy más de mitología, con su toque de filosofía… Es una tontería lo que acabo de decir. No lo sé. Tal vez tenga usted razón, o Unamuno o don Sandalio.





-¿Conoce usted la teoría de la cristalización de Stendhal?





-No. Lo siento. A mí si me saca usted de Grecia y de Roma y voy perdido. Tengo una tía que me obliga, de vez en cuando, a leer cosas más modernas. Pero, de verdad, se me amontona el material. Leer en griego y en latín me cuesta mucho. No tengo tiempo para más.





-Lo comprendo. Es normal. Bueno, resumiéndolo: la teoría de la cristalización viene a ser lo mismo que dice don Sandalio. Según Stendhal cuando nos enamoramos es como el fenómeno ese de la cristalización. Él observó, en unas minas, que un palito, introducido allí, comenzaba a cubrirse de pequeños cristales de colores… El amor es algo así: se escoge a una persona y se le añade lo que uno desea encontrar.





-Y al salir de la mina viene el desengaño -dije divertido.





-O no. ¿Qué le parece a usted?





-Que es muy difícil creerse ciertas cosas.





-Ya. ¿Por ejemplo?





-Pues -le dije improvisando- eso de que en Grecia y en Roma, la mujer estaba para tener hijos y las hetairas para el placer… Siempre se me ha hecho cuesta arriba pensar que no hubo ningún romano o griego que no amara a su mujer, y viceversa. ¿Quién sabe lo que sucedía en su cubículo una vez mataban la llama del candil? Tal vez se amaran, y mucho, tal y como eran.





-Desconociéndose los unos a los otros.





-¿Y qué más da? ¿Qué importancia tiene? Se desconocían pero se amaban. No sabemos lo que pensaban o sentían.





-Tenemos las palabras de los poetas. Y en estas abundan las mujeres abandonadas. Parece que el amor no era tan fuerte en los hombres.





-No es cierto. No tiene más que leerse las apariciones de Héctor en la Ilíada. O leer la historia de Hero y Leandro. Y algunas más que ahora no recuerdo.





-En la historia de Hero y Leandro, ¿no se confunde el amor con el sexo?





-Eso, y perdone, me parece una verdadera estupidez. En otra escena de la Ilíada, Paris abandona la lucha contra los enemigos para irse a su palacio a meterse en la cama con Helena. La acción es cantada como todo un homenaje al amor. Hoy en día eso le hubiera costado a Paris un consejo de guerra. Y no lo hubieran absuelto, se lo aseguro. La pregunta es, ¿le apetecía a Paris estar con Helena o se hubiera conformado con otra mujer cualquiera?





-Es cierto. Ahí tiene usted razón: hay hombres a los que, al parecer, les resulta muy difícil acostarse con otra mujer que no sea la suya. ¿Es eso el amor?¿O una faceta del mismo?





-La vida es complicada -le dije asumiendo ya que no me iba a dejar abrir el libro que quería leer-. Y estos asuntos todavía la complican más.





-Quizás la mitología sirva para explicar esto que se nos escapa. ¿Cuál es la historia mitológica que más le ha impresionado a usted? -me preguntó dejándome un tanto asombrado.





-No lo sé -respondí divertido-. Imagino que muchas. Depende del momento. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, ni leemos el mismo libro o poema dos veces seguidas.





-Unamuno no es tan novedoso como me parecía… A mí siempre me ha impresionado, y mucho, la historia de Medea. No cabe más brutalidad… Aunque Jasón aparece siempre como una especie de pisaverde, ¿qué le parece a usted?





-Me parece que, a veces, contamos historias con la mente fija en un punto, y el lector descubre cosas que no había visto el autor. Me explico: en las historias, mitológicas o no, del abandono de mujeres, Medea, Ariadna, Dido, etc., la mujer siempre aparece como el ser fuerte, recio, indomable. El hombre es todo lo contrario: o un pisaverde, como dice usted, caso de Jasón o un necio, Eneas, que se cree el enviado por los dioses y es capaz de abandonar al gran amor de su vida…





-¿No lo era? ¿No fue enviado por los dioses para fundar un reino?





-Tanto como Moisés para hacerse con la Tierra Prometida. Además, la brutalidad de Medea será superada por aquellas otras que, al sentirse abandonadas o traicionadas, matan a sus hijos y los ofrecen como banquete a sus respectivos maridos. También hacen lo mismo los hombres con hermanos, amigos o compañeros que los han traicionado1.





-Todo eso me parece demasiado terrible como para que sea cierto.





-Yo…





-Sí, ya, ni quito ni pongo rey, pero defiendo a mi señor.





-No. Yo no defiendo nada. Le diré, eso sí, que el pueblo griego vivió con un bello ideal: el equilibrio, la rectitud, la paz… Y tal vez esos relatos sean una advertencia de lo que sucede cuando se pierde este. Todos sus relatos sobre la guerra no causan sino horror. Dieron ellos la mejor definición de la guerra que he leído nunca: en la paz los hijos entierran a los padres; en la guerra los padres entierran a los hijos. Imagino que nada debe haber más terrible que eso, por mucho que luego nos vengan con historias de que los engendraron mortales, etc, etc.





-Es decir que para usted Eneas se tenía que haber quedado con Dido, y no abandonarla para ir a fundar Roma y su consiguiente imperio.





-Yo no soy quien para decirle a nadie lo que tiene que hacer o dejar de hacer. ¿Hubiera sido distinta la historia si Eneas hubiese permanecido con Dido? Sí, no cabe duda. Pero no creo que nos hubiéramos evitado las guerras y las matanzas. Eso y la estupidez va en nuestros genes.





-¿Cree que cambiaremos algún día? -me preguntó cuando el tren estaba perdiendo velocidad y la gente comenzaba a preparase para bajar del vagón.





-No lo sé -le dije poniéndome de pie, metí el libro en la cartera y le apreté la mano al tiempo que repetía lo mismo-: no lo sé. Ha sido una placer. Y perdone pero tengo prisa.





-Espero no haberle molestado.





-En absoluto.





Me dirigí a la puerta más cercana. Pasé por entre varias personas y me alejé todo cuanto pude. Tenía prisa y ganas de estar solo. Y no por desprecio a aquel buen hombre. Ni mucho menos. Creo que incluso me había alegrado la mañana. Una abierta sonrisa, desde luego, iluminaba mi cara. No sé muy bien porqué.









1Tiene razón el personaje. Al respecto pueden verse, entre otras muchas, la historia de Astiages y Harpago. El primero mata al hijo del segundo y se lo ofrece en un banquete, Heródoto, Historia, I, 118, y la conocida historia de Procne y Filomela en Metamorfosis, de Ovidio, VI, 425.



Etiquetas:   Viajes   ·   Lectura

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