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Señores del dinero


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13/12/2019

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“Señores del dinero”


Entre otras señaladas propuestas que han aparecido en escena en los últimos tiempos hay una que suena con fuerza. Dice la izquierda, que se deben poner límites a los señores del Ibex, porque parece ser que mandan mucho y no les ha elegido nadie. Esto último no es del todo cierto, porque elegidos si han sido, ya que son el resultado de las distintas componendas accionariales en las que no están presentes los accionistas minoritarios. Y eso de que mandan mucho no se puede decir abiertamente, porque se trata de guardar las apariencias en interés del Estado de Derecho, que concede solo a los partidos el derecho legal de gobernar, siempre que hayan obtenido mayoría o sean el resultado de esos arreglos poselectorales en los que la voluntad mayoritaria electoral se diluye. Posiblemente lo que se quiera decir es que deban aportar más dinero al fondo común, que dejen de mangonear y permitan gobernar a su aire a los políticos, porque esto de tener que pasar por las decisiones empresariales es una carga demasiado pesada para los ejercientes del poder oficial. También se podría entender de cara al electorado, ya en un lenguaje rondando lo subliminal, que lo que se pretende con la propuesta es que, al haber más dinero a repartir, toquen a más los desfavorecidos de turno.

Habría que matizar algunas cosas sobre semejantes ocurrencias. Es posible que lo que en realidad se pretenda sea lo de siempre, aquello de quitar el dinero a unos y dárselo a otros, pero adaptado a la época y con los requisitos que imponen los nuevos tiempos, pensando siempre en ganar clientela electoral. A esta actividad se ha acabado llamando hacer políticas sociales, concebidas para justificar el sueldo de los que gobiernan y con la pretensión de realizar esa justicia social que suena bien a los oídos del electorado. Probablemente hablen del Ibex en representación de la riqueza nacional, como que allí estuviera concentrado el capital del país. Aunque así pudiera entenderse de manera simbólica, no pasa de ser una pequeña fábula, puesto que el capital con el que cuenta pertenece en buena parte a fondos foráneos. Por lo que, para abordar el problema, además de los que dan la cara al frente de las empresas, habría que tener en cuenta a los verdaderos dueños del dinero del Ibex, y eso ya sería otra historia. De otro lado, si su valor se compara con una gran empresa que suene —por ejemplo, estos días ha salido a bolsa una que pisa fuerte— se queda por el camino. En definitiva, hablar del Ibex como representación del poder económico nacional solo sirve para andar por casa y de mala manera.

Sobre el asunto de que el empresariado deje de mandar es sencillamente un sueño. No se puede impedir que el que tiene la fuerza, que ya se sabe que es el que cuenta con el dinero, pese a quien pese, pretender que se abstenga de mandar es pura fantasía. Por tanto, resulta impensable que el capital se deje dominar de forma altruista, o sea, sin obtener beneficios a cambio, simplemente acogiéndose a utopías trasnochadas concebidas para ilusionar a los incautos de otras épocas. El asunto es claro, puesto que, no nos engañemos, el poder efectivo está en quienes disponen del medio —el dinero— que permite manipular, coaccionar y ejercer la violencia contra quien se oponga a sus intereses.

En cuanto a que aporten al fondo estatal más dinero, es una nueva ilusión, porque les queda poco para esos fines. Partamos de que no todos los que cotizan en el Ibex son ejemplos acertados de verdaderas empresas capitalistas, más bien habría que hablar solamente de unos pocos de esos 35, que no sería necesario citar porque saltan a la vista como empresas capitalistas de verdad a la vista de sus cotizaciones. Otras empresas están ahí una temporada, para que se conozca que existen, y a los seis meses salen de la tabla. De los que suelen quedar como fijos, si se señala a la banca, ya se ha visto que hasta puede quebrar algún banco y otros que no lo hacen acuden al dinero estatal para que les ayude a salir del trance. Teniendo en cuenta que les han aligerado de sus cosas rentables, como aquello de las hipotecas, la morosidad no desciende de manera efectiva y les han recortado los intereses a cobrar, el panorama no pinta bien, ni aun auxiliados por las comisiones y otros productos sacados de al manga llegan a fin de mes. Y si se habla de alguna empresa relacionada con la telefonía, lo de empresa capitalista parece ser de nombre. Primero, porque es incapaz de generar capital, tal vez pueda hablarse de que obtiene riqueza para repartir, no solo entre los accionista, sino entre sus seguidores; segundo, el pufo que tiene es monumental y, tercero, su tendencia histórica a la generosidad la desborda. Sobre ella planea, pese a internet, seguir dedicándose a un negocio que está en parte agotado y sujeto a una dura competencia, en el que escasea la capacidad para inventar algo realmente innovador. Así pues, la que en su tiempo fue vanguardia del Ibex, hoy languidece plácidamente a la espera de que algún fondo americano la compre a precio de saldo — y en eso está alguno—, aprovechando su cotización a precio de saldo. En el caso de las utilities en general, se las da mucho bombo, pero de crecimiento poca cosa y de dinero que aportan al fondo se lo sacan, haciendo de recaudadoras, a los usuarios.

Si se quiere tener en cuenta que los verdaderos dueños del negocio no son los que salen a escena, habría que poner el foco de atención en los fondos que controlan el Ibex. Y eso ya sería harina de otro costado. Capital patrio escaso, hasta el punto de que con poco dinero cualquier fondo americano o europeo que se lo propusiera podría comprar no solo el Ibex, sino la Bolsa entera por cuatro cuartos. De ahí que a todas luces, los considerados metafóricamente señores del dinero andan apurados de capital y poco pueden contribuir a la buena marcha del país. No obstante, cierto es eso otro de que mandan más que lo políticos. Claro que es probable que el motivo esté en que los políticos ocupan un puesto de mando provisional y los señores del Ibex lo hacen casi de manera vitalicia, y eso cuenta. Tal vez la izquierda, para intentar controlar a los que mandan y que paguen más para repartir entre todos, podría fijar la mirada—solamente la mirada— en las multinacionales que campean por esta tierra libremente sin pagar peajes.

Antonio Lorca Siero





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