. Este es
un principio que se aplica a rajatabla, con la colaboración de las
empresas y también de los poderes públicos, involucrados en el gran
juego.
Es un precepto demasiado
conocido que el que no gasta, es decir el que no consume, no está
dentro. Mas la doctrina dice que no se trata solamente de
consumir, sino de hacerlo sin mesura, a ser posible endeudándose
hasta las cejas, para satisfacer a los que mueven el espectáculo.
Las sociedades de primera fila, en eso del progreso tecnológico,
exigen a sus miembros fidelidad al consumo e imponen al colectivo ese
arquetipo de individuo, alienado por el consumismo, que se
hace notar en los grandes eventos comerciales exhibiéndose, cargado
de bolsas de diversas marcas, tarjeta en mano. Sin embargo, hay
personas que, quizás para llevar la contraria al sistema, contemplan
los toros desde la barrera y deslucen un poco el el espectáculo. En
este caso, no es que se opongan al mandato, porque no se trata de ir
contra el consumo, sino de ponerlo al servicio de las personas y no
de las empresas, es decir, postulan el sentido común frente a la
irracionalidad. Si la balanza se inclina de este lado, la doctrina
pierde autoridad, lo que no es grato para el empresariado,
porque el negocio se resiente o cuanto menos no hay posibilidad de
aumentar los beneficios para sostener el ritmo de beneficios que
exigen. Por eso la tesis del consumo racional ha pasado a ser
un anatema y el practicante un excluido social. Se dice que hay que
entregarse al consumismo por
exigencia del progreso.
Conviene aclarar que el
proyecto de controlar económicamente a las masas a través del
consumismo, para que se desprendan de sus ahorros y atiendan
las demandas empresariales, es en realidad más ambicioso. La idea de
fondo apunta en la dirección de que no lleguen a hacer competencia
al empresariado en el marco del desarrollo capitalista y no emerja en
la escena un modelo de potencial capitalismo social movido por
ahorradores. De momento basta con instrumentar medios para que
sostengan la marcha de las empresas.
Hasta épocas recientes,
dando cumplimiento a la norma para ir manteniendo la vigencia de la
doctrina, bastaba al mercado alentar prejuicios entre las gentes
invitando a seguir las modas y a las empresas con aguzar el ingenio,
acudiendo a la publicidad agresiva y a otros artilugios técnicos,
para imponer fidelidad a las masas. Pero a veces esta práctica
resultaba ineficaz, sobre todo, si de un lado, primaba ese sentido
común de subsistencia y, del otro, se va consolidando el
despilfarro empresarial. En esas situaciones hay que exigir apoyo
a los poderes públicos para que colaboren y alivien el
problema expidiendo decretos que impongan la obligación generalizada
de consumir, tanto a esos alienados, por si se han distraído de su
obligación, como a los que van por libre circulando en distintas
direcciones. Ahora mismo es este el caso.
Cabría señalar otros
ejemplos, pero resulta significativa como referencia del tema la
política monetaria de tipos de interés cero. Se trata de
hacer entender a los usuarios que el ahorro, en definitiva su
dinero, no vale nada si no se gasta. Asumido este principio,
viene la triste realidad para evidenciar que así es. Por
consiguiente, solo queda la opción de gastarlo o esperar que lo
devore la inflación. En cualquier caso se trata de demostrar que el
dinero en manos de los ciudadanos no vale nada. Como el proceso
inflacionista no parece tener demasiada prisa por el momento, esto
irrita a las empresas al descubrir que la rebaja de tipos a cero no
es suficiente y vuelven a exigir que se aprieten las clavijas.
Entonces, los tipos de interés pasan a ser negativos,
es decir que hay que pagar por tener dinero en el banco. La finalidad
es que quien no esté dispuesto a consumir llegue a la misma
situación que el que consume, o sea quedarse sin dinero. Optar
por el consumo se presenta como la alternativa más razonable
y goza de cierta preferencia en razón a sus dosis de bien-estar,
aunque sea efímero, por eso, se gasta en comprar lo que sea, antes
de que se esfume.
La tesis dominante en
épocas recientes ha venido siendo que el cerco al ahorro se debe ir
estrechando con sucesivas rebajas de tipos de interés. Pero parece
ser que tampoco ha alcanzado el resultado apetecido, por eso hay que
apretar todavía más. A
los tipos de interés cero,
siguen los negativos para algunos y acaban desembocando
en los definitivamente negativos
para todos los usuarios. Esta es la penúltima manipulación
monetaria. Llegados a este punto, el interrogante se centra sobre
el siguiente paso a seguir por la política oficial del dinero,
orientada a promover la sostenibilidad del consumismo. Toda
una incógnita, pero probablemente dirigida, sea directa o
indirectamente, a los mismos fines.
Con independencia de que
se despeje la duda, lo que ha quedado claro por ahora, es que obligar
a comprar más de lo que se necesita, en virtud del principio de que
el dinero del ahorro no vale nada, es forzar a consumir sin
moderación para enriquecer a unos pocos y empobrecer a la mayoría.
Antonio Lorca Siero