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La penúltima manipulación monetaria


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03/12/2019

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Dice la doctrina capitalista a los individuos, que deben consumir porque, en caso contrario, quedarán excluidos de la sociedad moderna. Este es un principio que se aplica a rajatabla, con la colaboración de las empresas y también de los poderes públicos, involucrados en el gran juego.


Es un precepto demasiado conocido que el que no gasta, es decir el que no consume, no está dentro. Mas la doctrina dice que no se trata solamente de consumir, sino de hacerlo sin mesura, a ser posible endeudándose hasta las cejas, para satisfacer a los que mueven el espectáculo. Las sociedades de primera fila, en eso del progreso tecnológico, exigen a sus miembros fidelidad al consumo e imponen al colectivo ese arquetipo de individuo, alienado por el consumismo, que se hace notar en los grandes eventos comerciales exhibiéndose, cargado de bolsas de diversas marcas, tarjeta en mano. Sin embargo, hay personas que, quizás para llevar la contraria al sistema, contemplan los toros desde la barrera y deslucen un poco el el espectáculo. En este caso, no es que se opongan al mandato, porque no se trata de ir contra el consumo, sino de ponerlo al servicio de las personas y no de las empresas, es decir, postulan el sentido común frente a la irracionalidad. Si la balanza se inclina de este lado, la doctrina pierde autoridad, lo que no es grato para el empresariado, porque el negocio se resiente o cuanto menos no hay posibilidad de aumentar los beneficios para sostener el ritmo de beneficios que exigen. Por eso la tesis del consumo racional ha pasado a ser un anatema y el practicante un excluido social. Se dice que hay que entregarse al consumismo por exigencia del progreso.

Conviene aclarar que el proyecto de controlar económicamente a las masas a través del consumismo, para que se desprendan de sus ahorros y atiendan las demandas empresariales, es en realidad más ambicioso. La idea de fondo apunta en la dirección de que no lleguen a hacer competencia al empresariado en el marco del desarrollo capitalista y no emerja en la escena un modelo de potencial capitalismo social movido por ahorradores. De momento basta con instrumentar medios para que sostengan la marcha de las empresas.

Hasta épocas recientes, dando cumplimiento a la norma para ir manteniendo la vigencia de la doctrina, bastaba al mercado alentar prejuicios entre las gentes invitando a seguir las modas y a las empresas con aguzar el ingenio, acudiendo a la publicidad agresiva y a otros artilugios técnicos, para imponer fidelidad a las masas. Pero a veces esta práctica resultaba ineficaz, sobre todo, si de un lado, primaba ese sentido común de subsistencia y, del otro, se va consolidando el despilfarro empresarial. En esas situaciones hay que exigir apoyo a los poderes públicos para que colaboren y alivien el problema expidiendo decretos que impongan la obligación generalizada de consumir, tanto a esos alienados, por si se han distraído de su obligación, como a los que van por libre circulando en distintas direcciones. Ahora mismo es este el caso.

Cabría señalar otros ejemplos, pero resulta significativa como referencia del tema la política monetaria de tipos de interés cero. Se trata de hacer entender a los usuarios que el ahorro, en definitiva su dinero, no vale nada si no se gasta. Asumido este principio, viene la triste realidad para evidenciar que así es. Por consiguiente, solo queda la opción de gastarlo o esperar que lo devore la inflación. En cualquier caso se trata de demostrar que el dinero en manos de los ciudadanos no vale nada. Como el proceso inflacionista no parece tener demasiada prisa por el momento, esto irrita a las empresas al descubrir que la rebaja de tipos a cero no es suficiente y vuelven a exigir que se aprieten las clavijas. Entonces, los tipos de interés pasan a ser negativos, es decir que hay que pagar por tener dinero en el banco. La finalidad es que quien no esté dispuesto a consumir llegue a la misma situación que el que consume, o sea quedarse sin dinero. Optar por el consumo se presenta como la alternativa más razonable y goza de cierta preferencia en razón a sus dosis de bien-estar, aunque sea efímero, por eso, se gasta en comprar lo que sea, antes de que se esfume.

La tesis dominante en épocas recientes ha venido siendo que el cerco al ahorro se debe ir estrechando con sucesivas rebajas de tipos de interés. Pero parece ser que tampoco ha alcanzado el resultado apetecido, por eso hay que apretar todavía más. A los tipos de interés cero, siguen los negativos para algunos y acaban desembocando en los definitivamente negativos para todos los usuarios. Esta es la penúltima manipulación monetaria. Llegados a este punto, el interrogante se centra sobre el siguiente paso a seguir por la política oficial del dinero, orientada a promover la sostenibilidad del consumismo. Toda una incógnita, pero probablemente dirigida, sea directa o indirectamente, a los mismos fines.

Con independencia de que se despeje la duda, lo que ha quedado claro por ahora, es que obligar a comprar más de lo que se necesita, en virtud del principio de que el dinero del ahorro no vale nada, es forzar a consumir sin moderación para enriquecer a unos pocos y empobrecer a la mayoría.

Antonio Lorca Siero







Etiquetas:   Consumismo   ·   Sociedad   ·   Mercado

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