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La semana laboral de tres días


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26/11/2019

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La semana laboral de tres días”

Podría decirse que la semana laboral de tres días, con un día de descanso en el medio, es algo que flota en el ambiente. Una exigencia social que viene impuesta por el progreso y la buena marcha de la economía de las sociedades del primer mundo. Sobre el progreso no es preciso preguntar, porque es evidente, basta con internet, el smartphone y otros artilugios electrónicos para confirmarlo sin lugar a dudas. Lo de la economía ya sería menos convincente, porque tan pronto se tambalea como marcha a buen ritmo, todo depende del producto que se quiera vender para la ocasión. Vamos que, al final, sería cosa de lo que interpretara el personal, pero está claro que se va tirando. De ahí la mejora, que avanza discretamente hacia la realidad —aunque por el momento solo sea un sueño—, pero lo hace de manera imparable.

Todo funciona tan bien que si progresamos un poco más —quiere decirse que si se mejora en el ritmo de consumo— y la locomotora marcha —asunto un poco dudoso porque se dice que a la gran locomotora de por aquí últimamente le patinan las ruedas—, la vieja aspiración de enviar la nómina directamente a casa o a la cafetería —para conciliar las necesidades de cada uno—, sería el siguiente paso. Como no hay que ser demasiado optimista, habría que quedarse por el momento con lo de los tres días, declarando vacacional el del medio, pero estableciéndolo con carácter general para todos los trabajadores y no para unos pocos privilegiados. Porque esto de los tres días solo queda para algunos, a la espera de un decreto oficial que lo consolide a nivel general.

Cualquiera diría que lo de la semana laboral de tres días, menos el del medio, es una exageración, porque se trabaja mucho, incluso toda la semana —nueva exageración—. Habría que precisar que al argumento no le falta razón, siempre que se matice que solo se trata de algunos. Una segunda puntualización sobre la semana obliga a tener en cuenta vacaciones, permisos, bajas justificadas, bajas injustificadas, fiestas de guardar, puentes y viaductos, con lo que quedaría aún más reducida, también para algunos.

Vamos a pasar ese detalle por alto y centrémonos en la semana llamada normal, que suele ser una excepción, dada la forma en la que se prodiga el ambiente festivo. Esa semana de trabajo de tres días para algunos, para otros ni eso y para una apreciable mayoría continúa en seis días, y gracias, hay que desglosarla convenientemente. De sábado y domingo, nada que decir porque no es preciso. El lunes es mal día, hay que ir calentando motores. Martes y jueves son laboralmente agobiantes, por lo que requieren el merecido descanso intermedio del miércoles. En cuanto al vienes, hay que hacer proyectos para el fin de semana e ir pensando donde gastar el salario o el último crédito.

Como se verá, trabajar tres días es demasiado, fundamentalmente porque no deja tiempo para estar conectados, vivir en las redes, seguir a los influenciers del momento y cumplir con las obligaciones del mercado. Por eso, hay que aliviar el peso de la jornada no solo evitando horas extraordinarias, sino reduciéndolas. Todo lo más a cinco horas, pero sujetas a estricto control horario. Claro está que con pausas para el café, la charla, el cigarro, las comidillas, …, vamos que para lo que sea. He aquí algo más para añadir a lo anterior, que también flota en el ambiente entre aquellos que trabajan confortablemente bajo techo.

Pudieran tener razón los que señalan que, con tanta dedicación a la cosa del trabajo, apenas queda tiempo para la conciliación con el ambiente, por ello habría que posibilitar el trabajo a través de internet. Visto el desarrollo tecnológico, ya es posible operar desde cualquier parte, por ejemplo, disfrutando de un crucero, en una playa idílica o aprovechando cualquier experiencia viajera. Hay que laborar en ello.

Estando en estas ocurrencias, sonó el despertador, el sueño se acabó, y resultó que eran las siete y media.

Antonio Lorca Siero.



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