Hace un par de días, un nutrido grupo de mujeres armadas hasta los dientes de miedo, de terror, de coraje, de tristeza y de huevos –sí, dije de huevos-, decidió tomar de nuevo las calles de la ciudad de México para alzar la voz, para exigir que el gobierno preste atención a la problemática de género que va muchísimo más allá de piropos guarros y nacos en la vía pública, que va más allá de un pellizco de nalga en la banqueta, en los vagones del metro, en microbuses y autobuses, que va más allá –incluso- de la violencia doméstica. Debemos recordar –estamos obligados a hacerlo- que la violencia de género en México es un problema mayúsculo que ha sido ignorado por priistas, por panistas, por perredistas e incluso por morenistas, debemos recordar que, dentro de nuestra sociedad, la mujer mexicana ha sido reducida al deplorable grado de moneda corriente, de boleto de paso, de objeto, de ganado y desafortunadamente para todos, desde los ojos de gobernantes, diputados, senadores, jueces, presidentes, regidores, comandantes, coroneles, generales, tenientes y varios más… en estadística.



