. Sin embargo, no
por eso desaparece totalmente, porque lo viejo, aunque sea viejo o
simplemente nada a la vista, queda ahí, en alguna parte, ya sea como
materia o como idea. Lo contranatural es esa otra forma
de obsolescencia, llamada obsolescencia programada, que hace
inservibles intencionadamente determinados bienes. Un proceso
ampliamente extendido por imperativo del mercado en el terreno de los
objetos de uso.
Aunque es el propio sistema de mercado, que demanda la permanente
necesidad de vender nuevos productos, el que fija las reglas
que rigen el envejecimiento de las mercancías de manera artificial,
es decir, antes de su fecha de caducidad natural, es la moda
quien se encarga de acelerar la obsolescencia de determinadas cosas.
Utilizando la publicidad para adentrarse en la mente de los
individuos, potenciando una mayor vulnerabilidad a los consejos si
falta criterio propio, es frecuente que decida por ellos cuando se
debe declarar en desuso un objeto y la necesidad de reemplazarlo por
otro. Jugando en este sentido con la persuasión para
sobrevalorar las virtudes reales o simplemente falsas de cualquier
producto lanzado al mercado, el proveedor de lo nuevo se empeña en
tratar de desplazar lo existente, para que su lugar sea ocupado por
lo que él lanza al mercado, ofertando verdades o mentiras como
envoltorio del mismo. Echando mano de la moda, el consumista
cumple fielmente con los mandatos que impone el sistema, simplemente
por algo tan fútil como presumir ante los otros de que vive en un
mundo de actualidad. Por tanto, la moda pasa a ser una cuestión
de necesidad malentendida, que facilita de forma sutil la
obsolescencia de lo existente con anterioridad. Criticable actuación
por aprovecharse en gran medida de la candidez, pero no reprobable a
ojos de la ley.
No es ese el caso de la obsolescencia provocada
intencionadamente, mediante de la cual un producto queda
inutilizado para su uso normal, merced a los artificios de la
tecnología, en una determinada secuencia temporal previamente
programada. Si se merece un calificativo, tal estrategia comercial
para vender más y más rápido, siendo benévolos, sería el de
reprobable, cuando realmente se trataría de una simple estafa
al consumidor. Quien está legitimado como poseedor para determinar
el uso o declarar la antigüedad del objeto es el propio usuario, sin
embargo, como si se invirtiera el derecho de propiedad, resulta
estarlo el fabricante. De otro lado, el simple agotamiento del
producto determinaría también su obsolescencia, pero ya no entraría
en juego la voluntad del productor con la finalidad de vender otro.
La determinación sobre la compra del nuevo objeto corresponde al
comprador, decidiendo libremente y sin coacciones. Queda la opción
de, al sentirse estafado, no volver adquirir cualquier otro artículo
de la marca en el mercado, pero el fondo del asunto permanece
intacto, porque el engaño sigue en pie.
Las legislaciones,
que suelen ser tolerantes con algunos aspectos del mercado, es
frecuente que pasen por alto tales estafas. La ciudadanía
ha llegado a asumir con una mezcla de impotencia e indiferencia que
este es el peaje que los consumidores afectados han de pagar
por disponer de objetos que en condiciones normales no se verían
sustancialmente alterados por el desgaste debido al paso del tiempo.
Los consumistas
entregados a la pasión de comprar ignoran el problema porque viven
con la actualidad de la moda y entienden la obsolescencia como una
necesidad del mercado. Mientras las empresas
beneficiadas con
la estrategia comercial se frotan las manos, porque así el
negocio marcha a velocidad de crucero.
Soluciones legales y institucionales, prácticamente ninguna. Hacer
la vista gorda y a seguir con el engaño consentido, porque no
hay que olvidar que se vive en una sociedad capitalista en la que el
mercado es el que manda.
Antonio Lorca Siero