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Una melancólica esperanza


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15/11/2019

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Para algunos, ante nosotros está el progreso indefinido, la paz, la democracia, lo políticamente correcto. No es tan seguro, para otros.






Francisco Rodríguez Adrados, El reloj de la historia.









Llovía y hacía frío. Por fin. No me apetecía nada salir de mi cálida habitación. No fui, pues, a casa de Julia. O mejor dicho, demoré mi salida hasta donde pude. Tenía ganas de estar con mis libros y mis cosas, yo solo, leyendo o pensando. En nada concreto, desde luego.





Cansado de leer y estudiar, no pude evitar recordar el absurdo diálogo que había mantenido con un alumno hacía unos días. Quise memorizarlo bien para contárselo más tarde a Julia. El alumno, maliciosamente, en una clase vacía, interrumpiendo mi lectura, me interrogó sobre la democracia y los votos. Lo que trataba de saber, en realidad, era que a quién le había votado yo en las recientes elecciones.





-Cuando se producen las votaciones -le dije no menos maliciosamente, invitándolo a sentarse- es cuando más me acuerdo de Sócrates. Te lo has leído, ¿verdad? Pues entonces recordarás que en un momento determinado dice que no está de acuerdo con que su voto valga lo mismo que el de un zapatero.





-Y eso ¿por qué? -me preguntó demostrando que, efectivamente, no había leído a Platón.





-Pues muy sencillo: porque él, Sócrates, es más inteligente que un zapatero, y, en consecuencia, vota sabiendo lo que hace. El otro, por regla general, hace lo que le dicen. Y más hoy en día con las dichosas televisiones.





-Sí, pero siempre habrá alguien más inteligente que Sócrates -me dijo alegremente.





-Es muy posible -le respondí-. Aunque entonces no se entiende que se desterrara a ciertas personas; otras, él mismo, fueran condenadas a muerte; y triunfen ciertos partidos y ciertos personajillos que es mejor no nombrar. Por no hablar de golpes de estado sobre los que ni se informa: no le interesa al poder, a esa nación que deja llevar armas porque es muy democrático. Dar golpes de estado también lo es. Hoy en día todo es democrático. Menos cumplir con nuestro santo deber.





-Y quien no vote a esos o no apoye a los golpistas no es inteligente, ¿no es eso?





-Dime una cosa -le repuse sonriendo- ¿a ti te gustaría que te uncieran a un carro para hacerte tirar de él como si fueras un animal? ¿Te gustaría que te ataran con cadenas?





-Pues no. Pero nadie propone eso, que yo sepa.





-Estudia un poco de historia y dime qué se puede esperar de un pueblo que grita vivan las caenas, y que desengancha a los caballos del carruaje del rey para hacer ellos el papel de los animales.





-Pero eso fue hace tiempo. Eso ya no pasa ahora.





-De acuerdo. Tienes razón. Eso no pasa ahora. Ahora pasan otras cosas similares. Imagina que hay elecciones en el instituto. Y que un director promete, en campaña, que va a conseguir un instituto modélico, donde los alumnos van a trabajar de lo lindo, pero van a salir de él muy bien formados y preparados. Y otro, por el contrario, promete pantallas, ordenadores, máquinas varias, y que los estudiantes aprueben con el mínimo esfuerzo o sin pegar ni golpe. Y ahora sé sincero, ¿a quién votarías?





-Bueno, la gente -dijo sonriendo y agachando la cabeza- preferiría a este último.





-Por supuesto. Pero si el día de mañana, uno de estos muchachos tiene un accidente, supongamos, y le tienen que amputar una pierna o un brazo, supongo que no se quejara si el médico, o la enfermera, se equivoca y le amputan la extremidad que no toca. ¿O vamos a ser, como siempre, tan hipócritas de exigirles a los demás lo que no queremos para nosotros?





-Pero no todos vamos a ser médicos.





-Pues entonces el fontanero tiene derecho a inundarte la casa con sus chapuzas, o el electricista a hacerte una pésima instalación, o el arquitecto a que una finca se desmorone y etc, etc. Todos tienen derecho a no pegar ni golpe en sus estudios ¿no te parece que así no vamos a ninguna parte?





-Me estás aplicando el método socrático, ¿verdad? -me preguntó sonriendo.





-Tal vez. No lo sé. Pero no quiero molestarte ni influenciarte. Si te parece bien lo dejamos aquí. Olvídalo.





-No, no me molesta lo más mínimo hablar contigo. Tenemos nuestras diferencias; pero siempre me has parecido una persona legal, muy honesta.





-Gracias. Y que conste que también a mí me gusta mucho hablar contigo y con tus compañeros. Es una forma de tomarle el pulso al futuro, de desanimarme... Me parece que lo que acabo de decir es una tontería, pero creo que me entiendes.





-Sí. Lo entiendo. Y siendo honestos, deberíamos reconocer que venimos al instituto a formarnos. Y que es una imbecilidad desaprovechar el tiempo, como hacen muchos, y yo en ocasiones. Es verdad que tenemos tendencia a no hacer nada, o a tirar por el camino que menos esfuerzo conlleva. Pero así, como dices tú, no vamos a ninguna parte. Lo veo por los deportistas: un futbolista no es capaz de recorrer cuarenta o cincuenta veces el campo de fútbol, corriendo, si no se ha entrenado.





-Efectivamente. Y de eso te está hablando Sócrates, y no de otra cosa.





-Ahora sí que estoy perdido.





-Sócrates quiere que el hombre sea feliz -expliqué-. Para ello debe reconocer sus limitaciones, las falsedades, las ilusiones que toma por realidades…





-Como la existencia de los dioses y demás.





-No nos metamos en esos berenjenales. Por lo menos por ahora. Dime una cosa, ¿Tú irías a ver un “partido de fútbol” jugado por borrachos que no se pueden tener en pie o por personas que se ahogan caminando?





-No podrían jugar…





-Efectivamente. Sócrates quiere que defiendas tus intereses, dialogando, sin utilizar la fuerza ni la violencia. Eso los animales lo hacen muy bien, aunque no tanto como nosotros. Utilicemos lo que nos separa de ellos. Así pues, ¿le votarías a alguien que se empeñe en privatizar la enseñanza, la educación y los demás servicios básicos de los ciudadanos? ¿A alguien que no tiene más recursos, ante los problemas, que la policía, el ejército, la violencia y la fuerza bruta? ¿Tiene tu padre dinero para pagarte una intervención quirúrgica si la necesitas, o la carrera que quieras emprender? ¿Lo tienen los padres de tus compañeros? ¿Eres solidario con quienes no tienen esos medios? ¿Con quienes llegan de otros países huyendo del hambre, la miseria y la muerte? ¿No tienen derecho a la vida? ¿Te dejas llevar por espejismos y paraísos que no existen y ocupas, con otros como tú, carreteras y avenidas sin importarte los derechos de los demás a la libre circulación?





-Demasiadas preguntas -se quejó un tanto abatido-. Me apabullas. Ya estoy pillado -añadió sonriendo-. No -confesó- mis padres no tienen dinero para eso. Mi padre, además, siempre está con el miedo a quedarse en el paro. En la empresa ya han tirado a varios… y no tienen la culpa los emigrantes de que él se pueda quedar en el paro...





-Pues aprovecha y estudia…





-¡Joder! -exclamó un tanto irritado- no puedo hacer que desaparezcan las fronteras, ni es justo que nos carguen con esos temores.





-Tienes toda la razón del mundo. No es nada justo. Pero la vida no lo es. Aunque nosotros, creo, tenemos que contribuir para que no sea tan desigual. Al menos en la medida de nuestras fuerzas. De ahí la importancia de la formación, de la filosofía, de la historia, de las lenguas, de la literatura. Y de ahí que quieran suprimir las humanidades, y os hagan creer que eso no sirve para nada. ¿De qué le sirve a un médico o a un arquitecto haber estudiado música o literatura?





-Quizás -me respondió tímidamente- para lograr personas mejores, ecuánimes, honestas…





-Quizás. Pero eres tú quien tiene que decir si esa educación está siendo realmente válida o no. Creo que sois demasiado hedonistas, demasiado egoístas, aunque, tal vez, eso sea cosa de la edad. No lo sé. Espero que sí.





-Sí. Creo que tienes razón, que somos demasiado hedonistas. A veces. Pero no todos somos así, ni siempre. Hay compañeros en clase que tienen problemas en casa, y no ocupan ninguna carretera ni queman contenedores. Yo, por ejemplo, siempre estoy temiendo que mi padre se quede en el paro. ¿Qué va a ser entonces de mí? ¿Podré seguir estudiando? ¿Encontraré trabajo? ¿Tendré que mantener a mis padres? Y no soy el único.





-Lo sé. Se nota en el comportamiento en clase…





-Sí, lo hemos discutido entre nosotros. A veces nos comportamos con vosotros como si los profesores tuvierais la culpa de todo.





-Soy consciente de ello. Y deberíamos estudiar la situación. Y hacer algo al respecto.





-Tal vez una solución sería -me dijo sonriendo- votar por aquellos políticos que buscan una sociedad más justa y no el interés particular o de unos pocos.





-Difícil me lo pones. Pura utopía. Pero vivamos con esa ilusión. Además, muchos problemas se pueden solucionar sin la intervención de esos personajes. Afortunadamente.





-Parece que no te fías mucho de los políticos.





-Poco no, nada. Ni de ellos ni de muchos, muchísimos, de mis semejantes. Todos, sin embargo, necesitamos creer en algo. Me parece. Yo tengo mi pobre y raquítica fe puesta en algunos de vosotros. Veo que, pese a todo, algunos alumnos, pocos, por desgracia, sois buenas personas y honestos. Si a eso le damos un toque de inteligencia y de amor por la cultura, tal vez el futuro no sea tan negro ni tan excluyente con la sufrida humanidad. Creo que me entiendes.





-Te entiendo. Me parece que sí.





Sonó en ese momento el timbre anunciando el cambio de clases.





-Tenemos que irnos a clase. Ha pasado el tiempo. Tempus fugit. Léete a Platón. Te gustará -le dije levantándome.





-¿Algo en especial?





-Lo que quieras. Todo es cuestión de empezar. Y, por favor, organiza algún debate en clase para que puedan hablar tus compañeros. A ver si así me acusan de adoctrinaros a todos, y paso un tiempo alejado del mundanal ruido.





-¡Jo! Eso está hecho, lo del debate. Cuenta con ello. Lo otro...





-Cuento con ello y con mi melancólica esperanza.



Etiquetas:   Hedonismo

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