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Errores y mentiras. Un argumento de Mario Vargas Llosa


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07/11/2019


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"Creo que hay un error gravísimo en creer que el progreso consiste en combatir la riqueza. No, el enemigo con el que hay que acabar es la pobreza, y también, por supuesto, la riqueza mal habida.”* El razonamiento lo firma Mario Vargas Llosa y son muchos los que lo esgrimen con total convencimiento y sin pudor alguno.


Sin embargo, bajo su redacción aparentemente sencilla, directa y conciliadora se nos ofrece un argumento escandalosamente falaz. Un análisis detenido así lo demuestra. Veámoslo.

“Hay un error gravísimo —nos advierte el escritor peruano— en creer que el progreso consiste en combatir la riqueza”. De entrada reconozcamos que no se puede decir más con menos. Con todo, ¿quién comete el gravísimo error? ¿Qué entiende el escritor por riqueza? ¿Combatir la riqueza es lo mismo que combatir a los que la poseen? ¿En qué consiste el progreso? Vayamos por partes. Acudamos primero al diccionario en busca de ayuda y aclaremos primero la cuestión de la riqueza. RIQUEZA: Abundancia de bienes y cosas preciosas. ¡No puede ser! ¿Realmente cree Mario Vargas Llosa que hay alguien —insensato reformador social, revolucionario de salón u utopista trasnochado— capaz de proponer que se combata la abundancia de bienes y cosas preciosas? Sin duda debe haber aquí un error (o una mentira). O bien en el texto se está aludiendo a ciertos movimientos sociales —mormones, hippies, ecologistas o eremitas postmodernos— que, efectivamente, tienen y predican cierta aversión por la riqueza, y de ser así estamos ante un contrasentido, pues estos movimientos, al extender su aversión también al progreso, difícilmente pueden dedicarse a combatir lo que lo impide. O bien, en realidad, el articulista se está refiriendo a los que han combatido, no la riqueza, sino su distribución y titularidad, y entonces, el error (o la mentira) está en confundir el ataque a los ricos con el ataque a la riqueza.

Pero sigamos con nuestro análisis. Una vez que el autor ha descartado la riqueza como obstáculo para el progreso, señala a las que sí que son sus auténticas rivales: “No, el enemigo con el que hay que acabar es la pobreza, y también, por supuesto, la riqueza mal habida” Bien! Muy bien! No obstante, henos de nuevo asaltados por la perplejidad. ¿En qué sentido puede la pobreza ser enemiga del progreso? Que el propósito de acabar con ella sea un índice inequívoco de voluntad progresista y que, el conseguirlo, sea propiamente progreso, no nos permite calificarla de "enemiga". A no ser, claro está, que estemos dispuesto a catalogar al cáncer como "enemigo" de la medicina. Pero no. Los médicos luchan contra los tumores, no porque estos sean sus enemigos, sino porque lo son de la salud. Igualmente, el progreso lucha contra la pobreza no porque esta sea su enemiga, sino porque lo es de la dignidad y la felicidad. En cuanto a la bondad o maldad del haber riqueza ¿qué significa “mal habidas"? Y lo que resulta mucho más intrigante: ¿qué tiene todo ello que ver con el progreso? Al error (o a la mentira) ahora se suma la confusión más absoluta.

Parece que el premio Nobel es incapaz de entender lo que a todas luces resulta evidente: es imposible determinar el papel que desempeñan tanto la riqueza como la pobreza en el desarrollo social sin antes dilucidar cuál es el origen de la una y de la otra. Efectivamente. La posesión abundante de bienes y cosas preciosas no podrá ser juzgada en términos morales de bien o mal habidas sin plantear antes el problema de a quién legítimamente pertenecen. A su vez, parece obvio que sólo el mérito y el trabajo y el talento necesarios para crearlos y producirlos pueden otorgar esa legitimidad. Tanto es así que el único modo de relacionar sensatamente las ideas de Progreso, Riqueza y Pobreza sería la ecuación que igualara el progreso con la proporción directa entre trabajo y riqueza. Y por lo tanto, el interrogante fundamental, el que sorprendentemente nuestro autor no plantea, podría formularse del siguiente modo: ¿Es la riqueza de unos la causa de la pobreza de los otros? O en otras palabras, ¿es la propiedad de abundantes bienes y cosas preciosas por parte de una minoría producto de su mérito, talento y trabajo? Y de ser así ¿cómo es posible que unos pocos posean tanto talento y trabajen tanto? O a la inversa ¿es la pobreza de una mayoría efecto de su falta de talento y esfuerzo? Y de ser así ¿cómo es posible que tantos trabajen tan poco y posean tan poco talento? No, señor Vargas Llosa, no es posible. Su candidez, o su mala fe, han amañado de antemano el argumento al distraer la única premisa objetiva capaz de explicar realmente el problema: los pobres producen más bienes y cosas preciosas de las que disfrutan porque los ricos disfrutan más bienes y cosas preciosas de las que producen. Nadie, señor Vargas Llosa, pretende, ni ha pretendido jamás, combatir la riqueza sino a los que se arrogan su propiedad más allá de su trabajo, mérito, talento y necesidad.

En fin, aunque su fantástica inventiva pretenda embalsamar y reducir la verdad a mera tautología: La riqueza es la riqueza y la pobreza es la pobreza, nada hay en la primera que no tenga que ver con la segunda, ni nada hay en la segunda que no tenga que ver con la primera. Dicho con otras palabras: toda riqueza que vaya más allá de la necesidad, el trabajo, el mérito o el talento que la produce, es necesariamente causa de pobreza y, por lo tanto, además de "mal habida", enemiga del progreso. Como aclara Jean Paul Sartre en "El Ser y la Nada": ¨No se miente sobre lo que se ignora."



*Este texto pertenece al artículo de Mario Vargas Llosa que lleva por título “El ciudadano rabioso” y se halla disponible en la web de El País con fecha 30/10/2016 aquí tu artículo

Etiquetas:   Filosofía   ·   Pobreza   ·   Capitalismo   ·   Neoliberalismo   ·   Desigualdad   ·   Riqueza   ·   Justicia Social   ·   Mario Vargas Llosa

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