. ¿No es
esa nuestra misión?
Aceptarnos con nuestras limitaciones y debilidades, nuestras
fortalezas potenciando las mismas.
Cada día intentar conocernos y amarnos a
pesar de todo, Perdonarnos, comprendernos, no ser jueces implacables, ser
misericordiosos con nosotros mismos por
las cosas que no hicimos bien. Dar vuelta a la pagina y empezar otra vez, ¿No
es lo que debemos hacer?
A veces llegamos a la vida de otras personas para
confrontarlas consigo mismas, para que acepten su autenticidad y actúen en
consecuencia. De toda relación por efímera que parezca algo se aprende, aunque
en su momento, una piense que no. Cada situación deja una enseñanza, cada
problema una moraleja, algo que nos
mueve en nuestro interior. Comprender cada evento que nos sucede, ser más
sensibles a lo que vivimos, también es necesario.
No estamos solos en el mundo, estamos unidos por hilos
invisibles, y aun cuando nosotros no lo creamos, aceptemos o percibamos,
nuestras acciones desencadenan otro tipo de eventos que incluyen a otros seres
humanos, que ante nuestros ojos nada tiene que ver, pero como todos somos parte
del todo, esa seria la explicación.
Podemos mentirnos a nosotros mismos siempre, ¿O dejaremos
que aflore nuestra verdad, consintiéndonos rectificar en un contínuo aprendizaje? Esta es la
reflexión.
Debemos escuchar nuestra voz interior, dejar que ella hable
alto y claro, seguir nuestra intuición, saber que este minuto, este segundo, posiblemente es el único que
tenemos, o puede ser el último del que dispone la persona a nuestro lado.
Entonces, ¿Vamos a malgastar el tiempo en recriminaciones, en agravios, cuando
podemos comprender, perdonar y dar las gracias por todas las bendiciones que
hemos recibido por el solo hecho de estar vivos
e interactuar con los demás?