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¿Quieres trabajar?


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08/03/2011


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            - ¿Tienes ganas de trabajar?

 

            - Si, por supuesto. - Contesto. Me veo en una situación en la que no quisiera haberme visto nunca. En una entrevista de trabajo, de camarero. El jefe, un enano, está examinando mi grado de motivación, y mi capacidad de hablar ingles, sin duda muy superior a la suya. Pero vamos, ¿Quién quiere trabajar? Nadie. De hecho, mi único propósito en la vida es conseguir llegar a vivir sin trabajar, y hago lo posible por conseguirlo. Y cuando digo vivir sin trabajar, me refiero a un periodo de tiempo prolongado, superior a los seis meses de limosna proporcionada por el estado. Sin embargo, aquí estoy, sonriendo ante este tipo, transmitiéndole que tengo muchísimas ganas de descender al infierno del mundo laboral. Si es que me encanta aguantar a cientos de británicos poligoneros y borrachos pidiéndome gintonics y jarras de cerveza al unísono. Me encanta tener que repeinarme y afeitarme todos los días para causar una "buena presencia", y, sobretodo, me encanta la pajarita. No me había sentido realizado hasta que puse alrededor de mi cuello la pajarita negra del uniforme de camarero.

 

  Y empiezo el primer día, o el segundo, o el quinto. La verdad, no lo se, pues todos los días son exactamente iguales en este trabajo. Hordas de lechosos, algunos al rojo vivo por el excesivo bañado en sol, acuden a la barra de la piscina a por su gintonic, o su cerveza, ansiosos como si se fuera a acabar. Y casi me comen el día que eso pasó. Muestran su pulsera del todo incluido como si fuera un brazalete del poder y beben. Y beben, y vuelven a beber. Son como los peces en el río. Consumición tras consumición. Es como si les provocara dolor el no tener un vaso den la mano. Las tetas protuberantes de los hombres de doscientos quilos se posan sobre la barra cuando éstos piden sus whiskeys, o sus brandis. Y yo no paro de servir bebidas. Una tras otra.

 

  Mientras, sin cesar ni un solo segundo mi actividad, observo a mi compañero. Él pone bebidas animadamente, habla con los clientes y no borra la sonrisa de su cara. Es majo el chaval. No entiendo como lo consigue. Le pregunto como consigue estar tan alegre en el curro y me responde:

 

            - Pues hay que venir contento a trabajar, hombre, el trabajo es la alegría de la vida ¿Qué vas a hacer si no trabajas?, ¿Dónde vas a vivir?, ¿Cómo te vas a comprar un coche?

 

  Vale, he oído suficiente, y casi me entran ganas de llorar. ¿Cómo puede ser que hayamos dejado que esto ocurra? El sistema esclavista de la era feudal, no solo sigue totalmente vigente, sino que además se ha perfeccionado consiguiendo que, la mayoría de los esclavos, se crean que no lo son. Consiguiendo que éstos acepten, e incluso abracen su esclavitud como una suerte. Así acogen en su seno al trabajo como algo positivo y necesario.

 

  Bueno, al menos me queda el grifo. Voy a ponerme en plan Barney, el de los Simpson, boca arriba y con el surtidor de cerveza vaciando litros y litros en mi estómago. Tal vez así consiga que nada de esto me afecte. El refugio del perdedor, lo sé, pero es un refugio, al fin y al cabo. Pero veo frustrado mi plan, al ver aparecer al puto jefe. El maldito barman. El enano cabrón. El paleto inculto. Y me jode agachar la cabeza y acatar sus órdenes. Me jode mucho. Sobretodo cuando pienso que él no tiene ni la ESO, y me pregunto para que sirve mi bachillerato, bueno, mis dos bachilleratos y mi Grado de Formación Profesional. Él, en cambio, con su diminuta capacidad intelectual, rozando el analfabetismo, nos da órdenes a diestro y siniestro, y agachamos la cabeza porque queremos nuestro salario a fin de mes. Poco tengo que decir, y más estando como estoy en mi primer mes, el mes de prueba. Aun si la orden me parece una estupidez, o implica hacer algo totalmente innecesario, yo lo hago.

 

  Por las noches me invade la imagen del enano narizotas, vista como a través de una lente con un muy gran angular, y desde arriba. Cosa imposible, teniendo en cuenta nuestras alturas, necesitaría un cohete que le propulse hacia arriba, un jet pack, o algo parecido, para poder llegar a mirarme desde arriba. Pero es un sueño, y en los sueños ya pasa que ocurren cosas imposibles. Y así, mirándome de manera prepotente y desde arriba, me dice:

 

            -¡Coge la bandeja!

 

            -¡Sirve esta bebida que se van a fundir los hielos!

 

            -¡Mañana no libras, falta personal!

 

            -¡Retira aquella mesa!

 

            -¡Cobra aquella otra!

 

            -¡Aquí faltan treinta euros! - Y acto seguido aspira profundamente.

 

  Así me lo dice, todo a la vez, como si pudiera hacerlo todo al mismo tiempo. Y lo peor, lo de los veinte euros. Todos sabemos que el dinero que falta cada día se lo aspira él solito. Y así cada día, echa una bronca aleatoria a un par de camareros para disimular que se ha metido el dinero en el bolsillo para gastárselo en sus vicios inconfesables. De lo contrario, si realmente hubiera cogido yo esos treinta euros, ya me habrían despedido por hurtar en el primer mes de prueba.

 

  Me despierto sobresaltado, con el corazón a mil y planeando ir al hotel de madrugada para pinchar las ruedas de su coche, romper sus cristales, bañarlo en gasolina y, finalmente, prenderle fuego. Por un momento es hasta gratificante imaginarme que lo hago todo con él aun en el interior del coche. Se que podría hacerlo, tendría tiempo y diferentes rutas de fuga por si aparece alguien, tengo fichado donde siempre deja el coche, y no sería difícil. Lo he planeado en varias ocasiones. Pero no haré nada de ello. No tengo huevos, si soy sincero. En lugar de ello volveré a echarme el pelo para atrás, atármelo bien fuerte y engominármelo, y a reafeitar mi cara ya afeitada para volver allí, a agachar la cabeza mientras acato las órdenes del enano narizón. Es que quiero esos mil y pico euros que me van a dar a final de mes, y, por culpa del sistema esclavista en el que vivimos, casi tengo la sensación de que los necesito. Me consuelo pensando que serán un par de meses, hasta que tenga un poco de dinero para ir tirando un tiempo, aunque quizás, para entonces, mi mente ya haya estallado en una explosión de locura destructiva, crisis sicótica emocional, o algo parecido, y ya haya prendido fuego a todo el hotel. Clientes y personal incluidos.

 

Mas en http://bartwritesit.blogspot.com/





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