"Hablando claro sobre quien manda"

Es frecuente en política hablar sin decir nada. Sobre todo cuando se trata de que el auditorio no interesa que capte el mensaje. En caso contrario se le machaca sin cesar, echando mano de la propaganda que hoy goza de amplios medios de difusión, servida por legiones de fieles especialistas asalariados. De manera que solo permanece visible lo que interesa a los que tienen el poder, sobre lo otro se procura pasar de puntillas o simplemente ignorarlo. Debiera hablarse sin tapujos, pero eso, para la dignidad, propia de las elites, está mal visto porque conviene contar cuentos para guardar distancias con las masas.

. Sobre todo cuando se trata de que el auditorio no interesa que capte el mensaje. En caso contrario se le machaca sin cesar, echando mano de la propaganda que hoy goza de amplios medios de difusión, servida por legiones de fieles especialistas asalariados. De manera que solo permanece visible lo que interesa a los que tienen el poder, sobre lo otro se procura pasar de puntillas o simplemente ignorarlo. Debiera hablarse sin tapujos, pero eso, para la dignidad, propia de las elites, está mal visto porque conviene contar cuentos para guardar distancias con las masas.
Ahora, hablando claro, resulta que en las sociedades declaradas capitalistas, que son casi todas, las libertades y los derechos individuales se despliegan a plenitud, pero con condiciones. Solamente prosperan cuando dan lustre y resultan inofensivos para el poder, ya que en caso contrario se dan de lado o simplemente se ignoran y, si molestan en exceso, se liquidan sin contemplaciones. Hay que tener en cuenta que para eso existe el Estado de Derecho, donde rigen el imperio de la ley y el de los intérpretes de las leyes. A tal fin, si el ejercicio de esos derechos y libertades comprometen intereses de quien tiene el poder formal o real, basta con interpretarlos debidamente por quien tiene el poder para ello y así ponerlos en su lugar. A partir de entonces pasan a ser inofensivos, porque dejan de ser derechos y menos aún libertades. Problema resuelto.

Por otra parte, y siguiendo con el tema de la claridad, la democracia representativa es el modelo para hacer uso de las libertades políticas en la sociedad capitalista. Toda vez que es el pueblo soberano el que, según dicen sus más fervientes defensores, gobierna, pero expresándose por boca de unos supuestos representantes —que, aunque resulte paradójico, no le representan—, surgidos de un proceso electoral diseñado para recoger la mal llamada voluntad popular. Con ese modelo de democracia, que no pasa de ser un simple procedimiento electoral, todos contentos.

Si con los derechos de las personas, siglos atrás concedidos por las elites, los individuos se sienten personalmente satisfechos, más lo están los ciudadanos con la democracia, porque se da la impresión de que son ellos los que cortan el bacalao político. Pero los que así piensan resulta que su ingenuidad no tiene límites porque, bajo este panorama idílico, quien mueve los hilos no son ni los individuos ni las masas ni incluso el poder formalmente establecido, sino un entramado empresarial internacional fiel servidor de la ideología capitalista que dispone de la fuerza real para mantener el sistema y la propia democracia, útil para sus intereses. El origen de la creencia popular deriva de un error de apreciación, al no entender que los derechos, para ser reales, se conquistan y apenas sirven si son otorgados.

El capitalismo utiliza la democracia representativa con una doble finalidad, poner en orden a la elite política y a las masas. A una, haciéndola temporal y dependiente de la imaginaria voluntad del pueblo y de la suya propia, puesto que del dinero depende en buena parte el proceso electoral, en base a que, por lo general, el que no se anuncia no vende. A las otras, se las engaña haciendo creer que el pueblo es soberano, cuando resulta que la soberanía popular no solamente cojea, sino que camina en silla de ruedas empujada por el que manda. Sobre ambas está situada la realidad capitalista, soportada en algo que se palpa y no en retórica, se trata de la fuerza económica, que se mantiene como tal por tolerancia social. Aquella fuerza es de tal magnitud y violencia que, aunque aparentando ser suave, está dispuesta a arrasar con lo que se oponga a sus intereses, ya sea utilizando fórmulas legales o ilegales, con tal de sobrevivir e imponer sus determinaciones totalitarias.

En cuanto a los derechos y libertades de los individuos son un muro de contención complementario al de la democracia, para que esas elites temporales que copan las instituciones de los Estados no se desborden en sus atribuciones y se pasen de la raya. Singularmente considerados, tales adornos ciudadanos permiten transmitir sentimiento de libertad a los individuos para no caer en la cuenta de que no lo son, porque en la jaula de la libertad se imponen los dictados consumistas. Es ahí donde reside el negocio del que viven las empresas capitalistas. Si resulta que las masas consumidoras se sienten halagadas, es decir, se las da un poco de coba, tanto por la publicidad como por la propaganda, consumen libremente, o sea, sin mesura, el negocio marcha.

No hay que ser pesimistas, teniendo en cuenta que, desprovistos del componente ornamental, derechos individuales y democracia representativa han contribuido al orden social aunque sea en interés del empresario que busca seguridad en sus negocios, porque también las masas han ganado en calidad de vida. Si a eso se añade que el consumo permite ciertos niveles de bienestar material, el sistema regulador de la existencia colectiva establecido por el capitalismo, aunque totalitario en el fondo, es útil para garantizar el bienvivir de las personas, por lo que merece ser tomado en consideración.

Dicho lo anterior, cuando se pretende hablar claro sobre quien manda realmente en las sociedades capitalistas, basta con decir sin tapujos que el empresariado, porque de él depende colmar las necesidades para vivir, que es lo fundamental. Aunque gobierne legítimamente el poder formalmente establecido, el edificio político ornamental de las modernas sociedades se ha construido bajo la dirección burguesa, sirviendo a sus conveniencias en aquella época, y hoy el panorama no ha cambiado. Por lo que se está obligado a responder a los intereses del poder real, como expresión racionalizada de esa fuerza soportada en el dominio del capital. Si se vive en una sociedad declarada capitalista, se piensa en términos de consumo y todo gira en torno al dinero, no es difícil concluir que quien dirige la orquesta es aquel que, en definitiva, procura cierto nivel de bien-estar a la existencia colectiva. Se llama capitalismo.

Antonio Lorca Siero






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