. Fueron días de mucho dolor, angustia y rabia
para el pueblo ecuatoriano. La Defensoría del Pueblo informó acerca de 9
muertos, 1.192
personas aprehendidas y 1.340 heridos. Afirmó, además, que en el 80% de las detenciones
hubo irregularidades e ilegalidades. La CIDH emitió varios
comunicados expresando su preocupación por actos de represión policial y
militar en contra de comunidades indígenas y alertó que varias manifestaciones
fueron reprimidas con fuerte dotación y vehículos blindados. Asimismo, la CIDH
le recordó al Estado ecuatoriano que el uso proporcional de la fuerza es una
obligación de todos los Estados según el derecho internacional. A través de medios
internacionales y redes sociales fuimos testigos de varias escenas de violenta
represión por parte de la policía nacional contra el pueblo. Como es usual en
días de postconflicto, la gente vuelve poco a poco a sus rutinas, los indígenas
movilizados en todo el país vuelven a sus comunidades. Los noticieros informan
sobre los acuerdos alcanzados y, sobre todo, sobre los daños ocasionados por
las manifestaciones, los saqueos y otras actividades vandálicas que
aprovecharon la conmoción del momento.
Extrañamente, lo que
menos se ve o se escucha en los medios son demandas justicia para las víctimas
de la represión estatal. Como en otros tiempos, el bombardeo mediático clamando
investigación y sanción para los responsables no existe más ¿Qué está pasando? ¿Dónde
están todas las voces que en el pasado inundaban con información, reportes y
ruedas de prensa sobre los supuestos malos tratos a estudiantes y manifestantes?
Hace menos de cuatro años durante el gobierno de Rafael Correa sólo se hablaba
de represión estatal, criminalización de la pobreza, los 10 de Luluncoto,
Yasunidos y más ¿Dónde están los colectivos ecológicos y psicosociales que
emitían largos informes (poco contrastados, por cierto) traducidos a varios
idiomas, con extensa cobertura mediática, con ostentosos lanzamientos? En ese
entonces, Rafael Correa era maliciosamente tildado de dictador, represor.
Ahora, la prensa, las élites y muchos de dudosa capacidad cognitiva agradecen a
Lenin por su valentía para proteger la democracia ¡¿Qué nos pasa?! No podemos
dejar que nuestras simpatías políticas nos cieguen el alma, nos impidan
reaccionar con mínimos de coherencia y ética social.
Ahora todo luce
diferente ¿Es que tanto silencio y cobertura de hechos superfluos nos quiere
hacer pensar que todas las imágenes de violencia y represión no fueron reales? ¿Que
la Defensoría y la CIDH se inventaron sus informes? La Ministra de Gobierno ha expresado
que se mintió sobre las cifras de muertos y heridos, afirmando que no hay
asesinatos ni desparecidos ¿Es que podemos llegar a tanto nivel de cinismo y
crueldad? ¿Es que como sociedad es tan cómodo volver a nuestra vida sin ni
siquiera cuestionarnos por la gente que murió o que quedó muy malherida? ¿Es
que la indolencia es tal que dejamos fácilmente que la prensa y el Gobierno nos
hablen del daño de las calles y adoquines, pero no de las vidas que se
perdieron? ¿Es que la vida de los indígenas, al igual que en tiempo de la Colonia,
sigue valiendo menos?
De la misma manera, al
día siguiente de finalizado el paro, varios líderes de la Revolución Ciudadana
fueron detenidos, sus casas allanadas. La persecución política es aún más
evidente. La valiente prefecta de Pichincha, Paola Pabón, filmó su detención. Se
vio obligada a mostrar la intimidad de su hogar cuando esté estaba siendo
violentado por agentes policiales. Aprovecharon la irregularidad del estado de
excepción para acusarla de cualquier cosa. La mayoría de líderes de la
Revolución Ciudadana están hoy presos, asilados en una Embajada o han debido
salir al exilio. Muchos dirigentes temen por su libertad, por su integridad
física. Se ha instaurado un clima de miedo y estigmatización a todos y todas
quienes hemos apoyado esta Revolución.
¿Cómo procesamos a
nivel emocional tanta violencia si es invisible? ¿Cómo los familiares, amigos,
vecinos, estudiantes, voluntarios, médicos y personal humanitario procesan los
hechos traumáticos que tuvieron que ser testigos? La literatura en trauma y
postconflicto nos dice que esas emociones no se quedan así o se olvidan. La
rabia, la impotencia, la imposibilidad de tramitar esta violencia se vuelven
agresividad, se convierten en trastornos psicosomáticos, enfermedades crónicas.
Los niños y niñas empiezan a tener problemas en la escuela y muchas secuelas,
que la mayoría del tiempo pasamos por desapercibidas. Pero, ante todo, esta
violencia sin castigo nos afecta como sociedad. Sin verdad y sin justicia no
distinguimos más entre el bien y el mal. Los límites y los valores se ven
trastocados. Nos volvemos un poco menos humanos.
Todo este clima, ese
miedo, esa irregularidad, del olvidos impuestos y silencios vergonzosos los
vivimos ya los 80s bajo el gobierno autoritario de León Febres Cordero. No hay
duda que la impunidad y una memoria histórica que seguimos negando nos ha
obligado a repetir.