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Establecido lo anterior es necesario que la economía ha cambiado radicalmente pues se enfoca en las tecnologías de la información y las comunicaciones como un pilar que genera miles de millones de dólares en beneficios diariamente a nivel mundial. Aunque la industria tradicional y de transformación de insumos aún tiene un peso respetable sobre la economía, no se puede negar que los beneficios derivados de un aparato productivo y unos beneficios sociales que se han visto favorecidos por los avances tecnológicos (aunque hay naciones con niveles espeluznantes de miseria y atraso económico en todas las áreas) han obligado a una visión de la economía más amplia y con enfoques que, a un mediano y largo plazo, se orientaran a premisas más allá del manejo adecuado de los bienes escasos y las necesidades más básicas. Han surgido, en función de los avances y los cambios a nivel mundial derivados de la globalización, enfoques económicos que se identifican con colores para distinguirlos del modelo económico tradicional (basado en el ciclo económico y las funciones matemáticas derivadas del análisis científico de esta ciencia) a unos modelos que “humanizan” el espectro que esta disciplina tiene en sus conceptos y fines. Se habla de una economía roja que definiría el modelo tradicional de enfoque en el capital y las ganancias, de una economía azul que se determina, según el modelo de Gunter Pauli, en un ciclo productivo circular donde se aprovechan adecuadamente todos los recursos (economía del reciclaje), la economía verde que se establece como aquella enfocada en lo orgánico y amigable con el medio ambiente, la economía amarilla que se enfoca en el desarrollo científico y tecnológico y, la economía gris o negra, que es aquella que se deriva de la ilegalidad y el crimen organizado. Y, al fin, se llega a la “Economía Naranja”, que es aquella que se basa en la explotación de las habilidades creativas como fuente de ingresos para un determinado grupo de personas y, a nivel de un estado específico, en los beneficios generados al promover actividades culturales, recreativas o folclóricas que atraigan el turismo y la inversión local en sus países. Pero este concepto de “economía naranja” no es algo nuevo y, en cierto modo, ha existido siempre pues parte de su razón de ser deriva de actividades que satisfacen necesidades humanas tanto básicas como de niveles más avanzados. Valga una reflexión acerca de lo anterior y es que todas las expresiones humanas requieren de un toque de arte, de sueños, en fin, de creatividad; por eso en las antiguas civilizaciones o en los grupos limitados de comunidades relativamente organizadas de la antigüedad siempre hacía acto de presencia el contador de historias, el artista o el músico para animar actividades y para lograr la distención frente a la ardua jornada de trabajo o de lucha. Los artistas (aunque todo aquel que se dedica con pasión a su oficio es un artista en sí) son una parte fundamental de la sociedad, así era en los albores de la humanidad y, en la actualidad, pues siguen representando un elemento de vital importancia en el sistema social. Es necesario, por supuesto, que toda representación artística sea capaz de generar valor tanto en lo estético como, por supuesto, en lo económico para que podamos hablar de beneficio y crecimiento. La economía naranja no, es más, entonces, que la economía creativa; aquella que se nutre del desarrollo de ideas que, puestas en práctica, ofrecen aspectos originalmente novedosos o innovadores en diferentes esferas operativas como pueden ser, en este caso, la literatura o la gastronomía. Este concepto se desarrolló a partir de los años 90 con la aparición de la herramienta que definiría el final del siglo XX y se abriría paso en el trascurrir del siglo XXI; la red de Internet combinada con su efecto inmediato que fue el proceso de la globalización.El mayor aporte de este tema económico enfocado en la creatividad se debe a los esfuerzos generados en la Gran Bretaña y a uno de sus teóricos más influyentes John Howkins que define la economía naranja como aquella “…en la que las ideas son los principales aportes y los principales resultados. Diría (sic) también que es una economía en la que la gente dedica la mayor parte de su tiempo a generar ideas”[1]. En Colombia esta temática tampoco es novedosa, ya en el año 2005 el Ministerio de Cultura había presentado, en este aspecto, un documento (“Guía para la elaboración de mapeos regionales de industrias creativas”) donde se planteaba la realización de un profundo análisis por regiones de este tipo de motor de la economía en el país. Pero es con la llegada del gobierno del presidente Iván Duque Márquez (Periodo 2018-2022) que este tema adquiere una mayor fuerza pues es el autor, junto al actual Viceministro para la Creatividad y la Economía Naranja, Felipe Buitrago Restrepo, del libro “Economía Naranja: Una oportunidad infinita” que establece los parámetros y beneficios de esta alternativa de desarrollo. Pero, ¿será otra moda o aventura pasajera? Lejos de todo argumento de parcialidad política o de argumentos basados en ideología o de sofismas electorales es importante observar objetivamente a los éxitos que este modelo de generación de ingresos ha proporcionado a naciones como la Gran Bretaña o incluso a la India o a Japón. Para eso se pueden tomar los ejemplos de la promoción artística que ha generado la creación de zonas de desarrollo creativo en Londres o de los festivales de cine y teatro que promueven en diversas zonas de la Gran Bretaña o el exitoso caso de “Bollywood” que es la meca del cine hindú y, por último, el desarrollo de una cultura del turismo basado en su gastronomía y tradiciones ancestrales de Japón. La integración de aspectos e ideas económicas de “diferentes colores” puede ser un elemento impulsor de la resentida economía de Colombia tan duramente golpeada por la caída del precio del petróleo y pasto de desigualdades ocasionadas por un conflicto armado estúpido e inmisericorde, de las bandas criminales que impulsan las economías gris y negra o de las desastrosas consecuencias de la corrupción moral, social, cultural y política que promueven oscuros intereses. La economía naranja es factible siempre y cuando se impulse una iniciativa que vaya desde la clara y constante promoción de los beneficios que este modelo traerá a todos los sectores involucrados directa o indirectamente. Si tomamos un ejemplo tan sencillo como el de la redacción y publicación de un libro podemos establecer los diferentes beneficiados en esa labor creativa: