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"Poetas y Poesías" la poeta Anne Carson


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15/10/2019


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Oigo pequeños chasquidos dentro de mi sueño.


La noche gotea su taconeo de plata

espalda abajo.

 

(ORIGINAL: I can hear little clicks inside my dream.

Night drips its silver tap

down the back.)

(Fragmento del poema Yo, de la obra The Glass Essay de Anne Carson)

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Otoño. La tarde amenazaba tormenta. Unas terribles nubes grises se habían apostado entre el sol y la ventana del salón, obligando a la luz a salir de él, dejándolo en la más absoluta penumbra.

Encendí la lamparilla de mesa para continuar con mi lectura. Pero con los primeros relámpagos, seguidos de unos truenos llegados directamente del averno, tuve que dejar el libro que estaba leyendo y me dediqué a contemplar cómo la naturaleza es capaz de descargar toda su furia contra la tierra y el hombre, sin darle siquiera la posibilidad de defenderse.

El ambiente era fresco y la lluvia densa. Me senté a esperar que pasara, al tiempo que deslizaba la vista en derredor. Entonces me fijé en uno de los libros que dormían en el estante que tenía enfrente. Era un libro usado que alguien me regaló hacía ya tanto que ni recordaba quién ni cuándo y que no había tenido oportunidad de leer. Tipos de agua: el camino de Santiago, rezaba su misterioso título. Llevaba ahí años. Lo rescaté del estante y le eché una ojeada. Se trataba de un ensayo a modo de diario sobre el peregrinaje de la autora, la canadiense Anne Carson, por el Camino de Santiago.

Iba a devolverlo a su lugar, cuando algo captó mi atención: De su interior, asomaba un sobre blanco, con los bordes un tanto desgastados. Lo extraje con cuidado y vi que estaba abierto y que tenía una hoja dentro. La saqué y la desplegué. Estaba manuscrita con pluma y tinta negra, con una letra en exceso barroca para mi gusto, pero que no dejaba de tener cierto encanto.

Era un poema, uno de la misma autora del ensayo. Su lectura me resultó tan extraña como reveladora. En ese momento no supe si lo había entendido y si realmente me había gustado o, por el contrario, me parecía ininteligible. Pero lo que sí sé es que movió algo dentro de mí, llamémosle curiosidad, extrañeza o como prefiramos.

Eso me llevó a querer averiguar algo más sobre su autora y así supe que Anne Carson es una poeta y ensayista canadiense, nacida en Toronto en junio de 1950, que en la actualidad imparte clases de griego y literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan.

Considerada poeta de vanguardia, pero cuya obra se nutre de los clásicos, podemos decir que, desde el punto de vista literario, Carson es de todo menos “clásica”. Al contrario, la forma rompedora con que expresa su arte nos reta a profundizar en su obra y querer conocerla mejor, entenderla y compartirla.

La poesía de Anne no es una poesía al uso. La escribe tanto en verso como en prosa e incluso mezclando verso y prosa en una misma composición, combinando además ideas y temas de diferentes ámbitos. Muchos dicen de ella que es la poeta actual más importante en lengua inglesa; sin embargo ella dice de sí misma que “si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir. Es algo que busco a tientas en la oscuridad”.

Galardonada con diferentes premios, como el Premio Lannan de Poesía 1996, el Premio de Poesía Griffin 2001 por Hombres en sus horas libres (Men in the Off Hours), el Premio T.S. Eliot 2001 por La belleza del marido (The Beauty of the Husband) o el Premio Griffin de Poesía 2014 por Red Doc> >(El símbolo “>” apareció en el texto cuando pulsó una tecla por error, pero le gustó y decidió dejarlo), fue nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Toronto en 2012.

Su obra no deja indiferente a nadie y la sensación que causa cuando se lee por primera vez puede ser tanto de amor como de odio, pero en ambos casos, especialmente en el último, conforme nos adentramos en ella y la vamos comprendiendo, ese sentimiento tan radical se va matizando y suavizando hasta llegar a interiorizar la sensibilidad y acierto, además de la inmensa inteligencia, con que Carson escribe y refleja el mundo.

Su primera obra fue Eros (1986), en la que medita sobre el amor romántico, intercalando versos en prosa. A los cuarenta y dos años publicó su primer libro de poemas, Short Talks (1992), pero su obra más conocida es Autobiografía de Rojo, “novela” en verso sobre el mito de Hércules y Gerión. Más tarde llegarían Hombres en sus horas libres (2000), conjunto de epitafios, poemas de amor y ensayos en verso, y La belleza del marido (2001), subtitulado como “un ensayo ficticio en 29 tangos”, obras todas ellas que le han reportado elogios de la crítica y el público.

En 2010, tras la inesperada muerte de su hermano, escribe Nox, obra inspirada en cada uno de los objetos que le fueron entregados y que habían pertenecido a aquel. Se trata de veintidós textos sobre los temas más dispares, que puede considerarse como un conjunto de poemas, pero también de memorias.

Para Carson “La gran paradoja es escribir con placer sobre algo trágico”, pero lo que está claro es que adentrarnos en la obra de Anne Carson implica deshacernos de todos los prejuicios a la hora de leer y comprender la poesía, porque de otro modo, nunca llegaríamos a apreciarla como merece.

Hoy cerramos este post con ese poema que leí aquella tarde lluviosa y que, posiblemente, el anterior propietario del libro en cuyo interior se encontraba transcribió de su puño y letra en esa cuartilla, y decidió encerrarla en el libro a la espera de que alguien la encontrara, Doble 2 (Double 2):

 

Doble 2

“Piensa en Helena. Oh, Helena fue un desastre. En Grecia todos los hombres se habían enamorado de ella; se escapó a Troya; allí igualmente los embrujó a todos. En parte se debió a su belleza/a su preciso espíritu en parte. Homero ni siquiera describe esa belleza, pero de su espíritu nos da muchos detalles. Ocurrió en una de esas larguísimas tardes de la guerra. Homero corta la escena de batalla y muestra el sosiego de la recámara de Helena:

Helena [estaba]

en su alcoba tejiendo un gran paño

de trama doble y rojo, y sobre él esparcía

las muchas contiendas entre los troyanos

            que-domaban-caballos

y los aqueos broncíneos

que a manos de Ares sufrían

por el bien de ella.

(Homero, La Ilíada 3. 126–9)

Por supuesto, en Homero tejen todas las mujeres, esa es la quintaesencia del trabajo femenino—porque en cada hogar tiene que haber algún paño bordado. Porque los designios de una mujer son tan enrevesados y reveladores como cualquier tejido. Porque hay una madeja en el vientre. Helena, sin embargo, teje algo especial—de trama doble y rojo, y aún más extraño en ese justo instante. Desde la antigüedad los críticos han admirado la paráfrasis recíproca de Helena y Homero. A su modo están ambos hondamente cautivos, son hondamente astutos, hacedores de signos. En la narración de él la de ella está “esparcida”—gracioso verbo, como si habláramos de sal o de semillas—en una especie de eterno retorno de la fulana franqueza. Helena no es un objeto cualquiera que un hombre coge y usa por el bien de su arte, ella nos mira desde dentro.”

Double 2 (versión original)

“Consider Helen. Oh Helen was a package. She had all the men of Greece in love with her, fled to Troy, charmed everyone there too. It was partly her beauty, partly her accurate private mind. Homer doesn’t bother describing her beauty but he gives us a close-up of her mind. It was one of those long afternoons of the war. Homer cuts from the battlefield to everything quiet in Helen’s chamber:

Helen [was]

in her chamber weaving a great cloth

doublefolded and red and she sprinkled into it

the many contests of horsetaming Trojans and bronzeclad Achaians

which for her sake they were suffering at the hands of Ares.

(Homer, Iliad 3. 126–9)

Of course all the women in Homer weave, it is the quintessential female work—because a household needs cloth. Because the designs of women are as tangled and purposeful as webs. Because of that skein in the belly. Yet Helen’s weaving is special—double and red and weirdly now. Since antiquity critics have admired this reciprocal paraphrase of Helen and Homer. They are both in their different ways deeply unfree, deeply wily, makers of marks. Into his telling hers is “sprinkled”—funny verb, like salt or seeds—in a sort of infinite regress of candor. She is not just another object taken up and used by a man for the sake of his art, she glances out.”



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