. Lo que en
principio pudiera ser objeto de crítica no lo es tanto si se tiene
en cuenta que se trata de una organización de la que depende, en el
caso de la burocracia pública, la gobernabilidad real de un país;
de ahí la necesidad de caminar con cautela en interés de la
seguridad. Cierto que, como ya señaló Weber, goza de incuestionable
efectividad, también compaginada con ejemplos de auténtica
incompetencia, pero este problema real atañe en muchos casos al
personal que tiene en plantilla, muy encariñado con un puesto de
trabajo que permite gozar de cierta prepotencia. Sobre este punto se
pueden señalar, para no aburrir, solo un par de insignificantes
ejemplos, de ayer y ahora.
Hace muchos años la
burocracia de por aquí, que todavía operaba manualmente y no se
había perfeccionado como ahora, porque no contaba para prestar
servicios a la ciudadanía con ordenadores ni otros artilugios de la
tecnología de vanguardia, convocaba
concursos periódicamente
para nutrirse de personal eficiente a fin de llevar a cabo su
encomiable labor. Entre las plazas anunciadas ocupaba un lugar
destacado la de controlador de la iluminación pública —o sea, un
operario encargado de recorrer una zona de la ciudad diariamente para
encender y apagar el alumbrado—. Se trataba de un puesto técnico
de singular responsabilidad en cuanto que de él dependía que las
tímidas farolas del mobiliario urbano, además de adornar,
iluminaran las calles. Las pruebas a superar consistían en un
examen de cultura general, conocer las cuatro reglas aritméticas y
saberse de memoria el catecismo político del momento, seguido de un
ejercicio práctico para acreditar la habilidad para manejar un largo
palo plegable, con el que se accionaba desde el suelo el interruptor
que ponía en marcha un sector de luminarias. Ni que decir tiene que
la plaza estaba reservada para los llamados enchufados, seguramente
porque el empleo estaba relacionado con aquello de procurar luz.
Resultaba que una vez que el empleado consolidaba su puesto, para
asegurarse el respeto de sus conciudadanos, se hacía de valer
operando con la pausa exigida por la responsabilidad de su función.
No solo aliviaba el esfuerzo realizado con descansos a cada tramo,
sino que alternaba la jornada laboral —entonces de seis días—
con largos ratos de esparcimiento en los habituales locales de ocio,
a costa de alargar las tinieblas de las calles menos frecuentadas o
permitir que las farolas todavía encendidas compitieran con la luz
del nuevo día. Incluso se daba el caso de si los pobladores de una
determinada zona le caían mal no les encendía la luz y les
castigaba a pasar la noche a oscuras o, en el mejor de los casos, la
retrasaba todo lo posible. Cuando había quejas de la ciudadanía,
sus jefes le tapaban y justificaban estos pequeños descuidos
alegando el exceso de trabajo, el derecho al descanso o simplemente,
por decir algo, echaban la culpa a las inclemencias del tiempo. El
resultado era que los afectados por sus arrebatos de discrecionalidad
tenían que aguantarse o quedarse a oscuras por las ocurrencias del
empleado público. Esto eran cosas de la burocracia de antaño, hoy
todo eso ya no sucede, porque el servicio se ha automatizado, a costa
de amortizar puestos de trabajo para inventarse otros.
Sorprendentemente, a pesar de los avances movidos por el progreso,
parece ser que no han cambiado demasiado los burócratas desde
entonces, al menos en lo que se refiere a prestar servicios por los
que, a primera vista, el ciudadano no está obligado a pagar
directamente, porque si se trata de recaudar, con la tecnología no
se deja pasar ni una. Ahora, quedando en el tintero otras cosas mucho
más relevantes, ya no se trata de la iluminación, se puede sacar a
la luz otro asuntillo parecido, se trata de esa televisión pública
al alcance de casi todos. Se dice de casi todos, porque en ciertas
zonas declaradas habitables, aunque algo alejadas del cogollo urbano,
se las priva en ocasiones de las ondas correspondientes en
determinados tramos horarios, a menudo regulares y coincidiendo con
el horario extralaboral. Lo que parece tratarse de un asunto de
naturaleza mecánica, o sea, que se refiere a un servicio no
automatizado. Como seguramente consiste en algo que hay que accionar,
la cuerda que tiene el artilugio se agota rápidamente y hay que
estar al pie del cañón día tras día para que luego los usuarios
puedan acceder por esta vía a la información y al ocio virtual. Tal
vez bastaría sustituir al empleado público, privado o subcontratado
—irrelevante por cuanto la cuestión de fondo es eminentemente
pública—por un aparato automático y eficiente, a fin de que los
usuarios del servicio quedaran debidamente atendidos. Pero se
perdería un empleo o un negocio. De otro lado, hay que ser
tolerantes con tales deficiencias, comprender que las cosas hay que
hacerlas dentro de la jornada laboral del operario, también
considerar la falta de presupuesto para horas extraordinarias, los
periodos de descanso semanal y vacacional, junto con todos esos otros
detalles del mundo laboral, por ejemplo, el merecido respeto al
horario del café, del pincho, del periódico, de la charla, del
internet o la semana laboral de tres días y otra colección
de derechos que se podrían enumerar. Total, aunque todo eso cuente,
resulta que si se le acaba la cuerda al aparato encargado de regular
las ondas fuera del horario laboral, a ratos no hay televisión, y
los afectados que se fastidien. Pudiera ser que el problema se
obviaría acometiendo la tarea de dotar del debido instrumental a lo
que afecta a la zona, pero, probablemente con la finalidad de
economizar oficialmente en las cuentas de la hacienda pública, se
prefiere proveer una plaza o acudir a un contrato para procurar la
recepción de ondas a determinadas televisiones y de paso crear
puestos de trabajo, aun a costa de la desatención del usuario del
servicio. Pese a todo, las cosas parece que marchan.
Viene empujando la llamada del progreso insistiendo en que
seguridad, eficacia y economía demandan la sustitución de algunos
trabajos manuales por sistemas automatizados. No obstante, semejante
ocurrencia no es bien vista porque liquida puestos de trabajo. En
esto la burocracia no está dispuesta a renunciar a parte de la
plantilla, por lo que opta por quedarse con las nuevas tecnologías y
el cuerpo de empleados, incluso lo engorda para atender a las
máquinas. Sin duda no tiene buena acogida que los robots quiten el
trabajo a las personas, por eso, pese a que se sacrifique el progreso
y la rentabilidad, hay que asumir el coste laboral y retrasar en lo
posible la inevitable invasión de las máquinas. El caso es que,
echando números, pese a que la práctica acabe resultando ruinosa
para la burocracia, aunque le resulta indiferente, al menos no se
puede decir que no es humana, dicho sea a costa del contribuyente.
Pero la generosidad y lo que podría llamarse tolerancia y hasta esa
palabra tan en boga para anestesiar voluntades y sentido racional
como es la de solidaridad, no es infrecuente que del otro lado sea
correspondida con el simple abuso por el empleado de turno, que no
tiene en cuenta que está allí por consideración del administrado
al que desprecia.
Si los asuntos se destapan, los argumentos justificativos de la
simple incompetencia burocrática, bien sea directamente o en su
función de fiscalización, son variados, aunque convincentes para
ella. En el caso reciente de las televisiones se hablaría como
responsables del calor, del frio, de la niebla, del sol, de la
lluvia, en fin de todos los elementos atmosféricos que parecen ser
se dedican a devorar las ondas para fastidiar a los videntes. Sin
embargo se pasa por alto lo fundamental, el poder de la burocracia
para obrar a voluntad de los burócratas, que no son solo los
burócratas de papel sino cuantos realizan funciones técnicas o que
corresponden a esa tarea conocida como administrar lo público. Está
claro que todo puede ser justificado con sesudos razonamientos, datos
y estadísticas, del otro lado, a tenor de los simples hechos, al
ciudadano no le sirven las justificaciones.
Estas son las pequeñas cosas, junto con otras más sonadas, que
afectan a la imagen de la burocracia, quien, a su pesar, se acomoda a
las exigencias de las nuevas tecnologías. No se trata solamente de
hacer uso de ellas para incordiar en lo posible al administrado, sino
para cumplir con eficacia y, entre otras reflexiones, abrirse al
progreso con auténtica voluntad de servicio público. Pese a algunos detalles insignificantes, la burocracia, no obstante las reticencias de los
burócratas de cada época, acaba por caminar hacia adelante.
Antonio Lorca Siero