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Reseña "El clamor de los bosques" de Richard Powers


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07/10/2019


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Más de seiscientas páginas en las que explosiona la naturaleza a corazón abierto en un intenso ejercicio de exaltación de los árboles como símbolo de la lucha silenciosa del entorno natural que clama por ser escuchado ante la ceguera general. Los excesos de esta novela no consiguen apagar su fuerza descomunal como testigos de la vida en mayúscula. El activismo que grita en su defensa es trama y pieza clave del libro donde varias historias confluyen para convertirse en pura resistencia.


  Es un relato épico, desbordante de información de raíces, troncos, copas y semillas... Es fácil imaginar la emoción del autor durante su escritura porque esta respira y bombea entre sus páginas, yendo de lo físico hasta lo espiritual, convirtiendo esta obra en una epopeya sobre la lucha contra la deforestación.

  La novela comienza con la presentación por capítulos de personajes y sus respectivas historias. Esperaba que acabaran enlazándose pero me intrigaba por qué dilataba tanto ese momento. Es más, la impaciencia llegó a ganar esa intriga en algún momento. Pero es cierto que algunas de estas historias son... maravillosas. Otras carecen del mismo atractivo y/o están cargadas de descripciones y datos científicos que abruman. Tantos, que a veces me perdía. No solo por la información que aturulla sino porque inicialmente costaba comprender qué estaba contando al mezclar cierta fantasía que me descolocaba.

  Encontramos en “El clamor de los bosques” a un soldado que se salva de la muerte en una caída por los cielos gracias a un árbol llamado baniano; una universitaria que muere electrocutada y regresa a la vida gracias a unas criaturas mágicas con las que convive (esta era una de las historias que me hacía fruncir incrédula, el ceño); un chico que queda inválido tras caerse de un árbol crea vídeojuegos donde reproduce la naturaleza (al principio esta fue otra de las historias confusas) y otras dos, que me parecen absolutamente hermosas.

  En una de ellas una científica descubre que los árboles tienen recursos invisibles a los ojos humanos para comunicarse entre sí. En otra, generaciones de la misma familia acumulan fotografías del mismo castaño realizadas a lo largo de un siglo.

  Con estos dos argumentos el autor ya hubiera tenido para dos novelas. No solo por su fuerza sino por las infinitas posibilidades que lógicamente deben quedar de lado, puesto que el escritor en mi opinión, quiere abarcar demasiado. Y de ahí, los agotadores excesos que engordan innecesariamente el libro.

  Pero bueno, lo importante es que estos personajes junto a varios secundarios se reúnen en una particular cruzada para salvar un grupo de secuoyas gigantes en un bosque virgen. No se conocen entre ellos pero acabarán formando un batallón de la esperanza que representan los árboles.

  Esta novela invita a la rebelión que viene como anillo al dedo en nuestros días donde aún se niega que los recursos del planeta se agotan. Pero en esta novela no hay que quedarse solo con el mensaje ecologista porque va mucho más allá.

  Que los árboles son seres vivos lo sabemos y sin embargo, qué poco sabemos de ellos; sobre su condición de biomarcadores de la salud del entorno y aún así, ninguneados por los grandes despachos donde grande es también el señor dondinero. Y no solo por ellos, también por la población que entre las prisas y el estrés diario piensa en el medio natural como el simple escenario de un domingo de arroz y barbacoa en el campo, olvidado a las puertas del lunes que llama exigente a la rutina.

  No son hippies ni simples locos los que nos presenta Powers. Ellos   son ejemplo de la conciencia verdadera, la que no se queda en un titular de prensa, una pancarta de manifestación o en una original frase de camiseta. Es la conciencia auténtica que mira con otros ojos lo que estaba antes que nosotros y nos sobrevivirá, si es que la extinción no nos llega antes (que por cierto, bien nos la merecemos); la que se detiene a reflexionar en la arrogancia del hombre que considera que los árboles entre otras cosas, son de su propiedad; la conciencia que surge de la dramática separación entre la esencia humana y la naturaleza.

  Puede parecer un mensaje ingenuo, puede que no todo el que lea este clamor de los bosques sienta lo mismo y que hubiera que talar también partes de esta extensa obra. Pero esta novela me ha sabido a lección de vida, aporta información bien documentada y muy interesante (es casi una pequeña enciclopedia), te envuelve en su magia si es que esta te capta, regala escenas dignas de banda sonora de película que suena en tu cabeza junto a frases realmente hermosas y situaciones trágicas en las que el escritor ha trabajado bien.

  La lucha de los activistas –incluso de los que no lo eran antes de la “llamada de los árboles– tiene sus consecuencias en esta novela (como en la vida) y se traslada al ámbito personal de quienes protagonizan este grito a favor de una hermandad de madera que nada tiene de muda.

  «Si los árboles de este planeta pudieran hablar, ¿qué nos dirían? Escucha. Hay algo que debes oír». Son las últimas frases de la sinopsis de este libro que abrió en canal mi curiosidad sobre Richard Powers, que confiesa –según he leído en sus entrevistas– que antes era «un ciego ante los árboles» porque los consideraba una extensión del mundo, un adorno, un simple recurso para el hombre.

  Habla del origen de esta historia a raíz de una profunda experiencia que vivió hace años en el bosque de Redwood en California (sería ideal conocerlo en persona pero internet es un estupendo premio de consolación para viajar allí en unos segundos) donde se encuentran las secuoyas más altas del mundo.

  En fin, para qué negar que esta lectura me ha dejado fascinada aunque no sea alta literatura. No es necesario que lo sea en todo caso para que capte la atención de un lector. Además, no todos los libros persiguen los mismos objetivos. El que buscaba Richard Powers con este, desde luego, me ha encandilado. No porque haya descubierto la gravedad de la cuenta atrás que parece estar viviendo el planeta, sino porque siempre he sido y soy fan de los espectáculos naturales que regala y por los que deberíamos considerarnos afortunados. Reconozco que soy de esas personas que abraza árboles.





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